martes, 13 de diciembre de 2016


Desde el momento en que se nace, se tiende a imitar, de forma natural, a otros seres humanos. Se imitan gestos, expresiones, palabras, deseos y valores, y esta simple acción vuelve a los individuos tan parecidos que los lleva al borde del conflicto. Se empieza a desear lo que los demás tienen, a tal grado que todos quieren lo mismo, sin importar que solo puede ser obtenido por unos cuantos. Por ejemplo, solamente uno puede ser el jefe, el más rico del grupo, el más talentoso en cierta área, el más atractivo, etc. Entonces, se empieza a considerar al que tiene lo que uno quiere como el enemigo, incitando a acciones competitivas y problemáticas cuyo fin es obtener eso que se desea. Es cuando se presentan estas discrepancias que entra la autoridad.  Esta regula y administra los problemas entre individuos con el objetivo de asegurar una convivencia armoniosa y ordenada. Si no se cumple lo que la autoridad dice, habrá consecuencias. La autoridad tiene la función de supervisar que los límites establecidos por la sociedad se cumplan para evitar situaciones que afecten y dañen a terceros.

Por otro lado, existen puntos de vista que difieren a este orden. Los anarquistas, según Savater (1992), insisten que cada quien debería de actuar de acuerdo con su propia conciencia, y por lo tanto, no reconocer ningún tipo de autoridad. Afirman que la existencia de la autoridad es la culpable de que exista la esclavitud, los abusos, la explotación y las guerras. El ideal anarquista es el siguiente: que cada uno haga lo que quiera hacer, obedeciendo solamente a la bondad del ser humano, la cual propicia la cooperación y el apoyo mutuo. Sin embargo, si a una persona se le antoja violar a la esposa de su vecino y robarle todas sus pertenencias, no habría un poder para regular tal acción, y es por eso que es tan necesario algún tipo de regulación, y por ende, una autoridad que la lleve a cabo.

En la actualidad, la autoridad se encuentra presente en todos los aspectos de la vida cotidiana. Por ejemplo, en el hogar, el mando lo tienen los padres de familia. En la escuela, los maestros y directivos. En la medicina, los especialistas. En el gobierno, los políticos. En la nación, el presidente. Y la lista sigue, pues en donde existe un grupo de personas, también está presente una serie de regulaciones vigiladas por una figura que juega el papel de la autoridad, pues si no, tanto las diferencias y similitudes de pensamiento llevarían al caos.

Estas figuras adquieren su importancia porque tienen acceso a información y al poder, por lo que tiene mucho sentido estar de acuerdo con los deseos de autoridades formalmente constituidas (Cialdini, 2001). Entonces, las personas empiezan a obedecer de forma casi inconsciente, pues la mayoría de las veces, lo que se decide por este grupo distintivo es lo que le conviene a la mayor parte de las personas. Lo peligroso es que, es muy poco probable que se cuestionen estas decisiones, pues se tiene fe ciega en que la autoridad sabe exactamente qué es lo que está haciendo. Por ejemplo, es muy probable que si un policía toca la puerta de tu casa y te pide que si puede entrar a inspeccionar, digas que sí por el simple hecho de que es una autoridad, y por lo tanto, debe de haber una razón detrás de su petición.

Distintos psicólogos se dieron a la tarea de explicar este fenómeno. Stanley Milgram condujo un experimento cuyo propósito, supuestamente, era estudiar los efectos del castigo en el aprendizaje. Milgram, tras poner un anuncio en el periódico, le explicó a 40 sujetos por separado que su trabajo era enseñarle a un estudiante, que se encontraba en el cuarto adyacente, que memorizara una lista de pares de palabras, y que cada vez que el alumno cometiera un error, este debía castigarlo dándole electroshocks pulsando una palanca en una máquina. Había 30 niveles de shock, variando desde el menor, de 15 volts, hasta el máximo de 450 volts. Lo interesante del experimento fue que el alumno en realidad era un actor, y que la persona siendo investigada era el sujeto que iba a decidir si aplicar o no las descargas.


Los experimentadores esperaban que no más del 3% no dejaría de hacer las descargas, pues creían que si lo hacían tendrían que estar marcados por tendencias psicóticas. Para su sorpresa, más del 60% de los sujetos obedecieron las órdenes del experimentador y continuaban dándole al alumno electroshocks, a pesar de que este gritaba que se detuviera. Casi todos los participantes mostraron signos de tensión, incluso hubo 3 de ellos que tuvieron ataques largos e incontrolables. A pesar de mostrar indicios de incomodidad, los 40 sujetos obedecieron hasta los 300 voltios y 20 de los 40 siguieron dando descargas hasta el máximo nivel (Milgram, 1963).

Este experimento demostró que muchas personas están dispuestas a obedecer órdenes que discrepan con sus principios morales y a cometer actos que ellos, por su propia iniciativa, nunca harían. Sin embargo, cuando existe una autoridad que se considera que tiene credibilidad, se le pasa la responsabilidad a esta y se le permite definir qué es lo que es correcto e incorrecto, sin importar las consecuencias.


Casi una década después, Philip Zimbardo (1973), construyó una prisión simulada en el departamento de psicología de Stanford con el fin de entender si la brutalidad reportada sobre los guardias de prisiones estadounidenses se debía a personalidades sadistas de estos o si estaba más relacionado con el ambiente de la prisión. Zimbardo, igual que Milgram, puso un anuncio en el periódico, y posteriormente, recibió más de 70 solicitudes. A cada uno de estos sujetos se les realizó una prueba de personalidad para eliminar a los candidatos que presentaron problemas sicológicos, algún tipo de discapacidad y/o historial de crimen y droga. El experimento se llevó a cabo con 24 estudiantes, todos hombres, que serían remunerados con $15 dólares diarios por participar en el experimento.

Los participantes fueron asignados, al azar, el rol de prisionero y guardia. Los guardias trabajaban en grupos de 3 en jornadas de ocho horas. Los prisioneros fueron distribuidos tres por celda. El simulacro fue tan real que incluso se implementó un cuarto de confinamiento solitario. El experimento inició cuando los prisioneros fueron arrestados en sus hogares sin previo aviso, para después ser llevados a la estación. Al llegar, fueron desnudados, se les privó de todas sus pertenencias y se les asignaron uniformes con un número impreso. También tenían una gorra de nylon apretada para cubrir su cabello y una cadena alrededor de un tobillo. Por otro lado, los guardias estaban vestidos en uniformes idénticos, y portaban un silbato y un garrote. También usaban lentes de sol, para que el contacto visual con los prisioneros fuera imposible. Los guardias fueron instruidos de hacer lo que creyeran necesario para mantener el orden en la prisión, sin embargo, se prohibió la violencia física.


Al pasar unas cuantas horas, los guardias comenzaron a agredir a los prisioneros. De un segundo para otro, adquirieron un comportamiento brutal. Se burlaban constantemente de los prisioneros y los obligaban a llevar a cabo tareas sin sentido. A su vez, los prisioneros también empezaron a adquirir comportamientos específicos. Hablaban todo el tiempo sobre cuestiones relacionadas a la prisión y comenzaron a tomarse las reglas de la prisión muy en serio, como si estuvieran ahí para su beneficio y el romperlas desataría un caos. Incluso hubo algunos prisioneros que se aliaron con algunos guardias contra los que no obedecían las órdenes de estos. Los prisioneros se volvían cada vez más dependientes y sumisos, provocando que los guardias los trataran de forma aún más agresiva.

Al segundo día, los prisioneros se revolucionaron y hicieron una barricada dentro de las celdas, usando sus colchones para prohibir el paso de los guardias. El castigo fue severo: los guardias, usando un extinguidor, destruyeron la barrera y después obligaron a los prisioneros a desnudarse. Los líderes de la revuelta fueron colocados en solitario. Este suceso volvió a los guardias aún más violentos, a tal punto que el prisionero #8612 tuvo que ser liberado al ver que comenzaba a presentar indicios de una depresión severa. Los comportamientos de los guardias y el efecto que tenía en los prisioneros fue tan grave que el experimento se detuvo al sexto día (Konnikova, 2015).


Este experimento demostró que las personas se adaptan rápidamente a los roles sociales que se espera que cumplan, especialmente si son roles previamente estereotipados, como en el caso de los guardias. Es importante mencionar que el ambiente de la prisión fue un gran factor en el desarrollo del comportamiento sadista de los guardias. Por otro lado, los prisioneros cada vez se volvían más sumisos por el hecho de que no importa qué hicieran, los guardias iban a tener la decisión final, por lo que dejaron de responder y empezaron a estar de acuerdo con todo lo que ellos decían.

Los resultados de ambos experimentos son increíbles. Sin embargo, es importante aclarar que los seres humanos no son incapaces de pensar y solamente realizan acciones porque se les dice. Al contrario, para que una autoridad sea obedecida, la persona debe de aceptar que es legítima. La voluntad del individuo de seguir a una autoridad está directamente relacionada con el nivel de identificación que este siente y con la creencia que tiene de que la autoridad está en lo correcto. Por ejemplo, a través de la historia se han justificado las acciones de los líderes Nazis con la premisa de que solamente estaban siguiendo órdenes, como fue el caso de Adolf Eichmann, quien coordinó las deportaciones de los judíos de Alemania y de otras partes de Europa a los campos de exterminación y planeó la deportación detalladamente. En su juicio, en 1961, expresó que no entendía por qué era tan odiado por los judíos, si él solamente estaba obedeciendo órdenes. En su diario escribió que las órdenes, para él, eran lo más importante, y que debía de seguirlas sin cuestionarlas. Este estratega fue declarado sano por 6 psiquiatras, no había ningún tipo de indicio de que su personalidad fue lo que lo llevó a cometer tales atrocidades, lo que ha llevado a investigadores a pensar que su comportamiento fue el producto de las circunstancias sociales en las que se encontró (USHMM).


Sin embargo, es claro que estos soldados estaban conscientes de lo que estaban haciendo, y que se enorgullecían de su trabajo. Es importante destacar que en esa época las órdenes eran bastante ambiguas, entonces, quienes querían alimentar a la causa Nazi debían de ser creativos y trabajar para cumplir las metas del régimen. En el caso de Eichmann, las decisiones que tomó fueron elaboradas por él mismo, y las llevó a cabo porque estaba determinado a consolidar la causa de su partido a toda costa (Haslam, 2012).

El experimento de Stanford también ha sido criticado por la posición que Zimbardo tomó en el proceso. Fue él quien le dio a los guardias la perspectiva general de cómo debían comportarse con los prisioneros al decirles que debían de hacerlos sentir como si sus vidas fueran totalmente controladas por el sistema y que debían hacerlos creer que su individualidad ya no les pertenecía. Algunos de los guardias, al recibir esta información, simplemente utilizaron su imaginación y dejaron fluir su creatividad, lo que fue un gran factor en los resultados obtenidos.

En cuanto al experimento de Milgram, no se trata de interpretar los resultados desde el punto de vista de que las personas responden de forma ciega a las órdenes, sino más bien, desde el análisis de que las personas actúan en relación a lo que creen que es lo correcto. Cuando el experimentador justificó sus acciones en términos del beneficio científico del estudio, los sujetos obedecieron. Sin embargo, cuando el experimentador les dijo que no tenían opción, los participantes se negaron a continuar. Entonces, la influencia que puede llegar a tener la autoridad depende del compromiso de los participantes, y no se trata solamente de acciones que se realizan de forma robótica y automática.

Esta premisa se ve apoyada por el sonado caso de la masacre de Jonestown. En Guyana, en 1978, 912 personas se tomaron un ponche de cianuro, y los que se negaron, fueron asesinados, al seguir las órdenes de Jim Jones, el líder del Templo de Pueblo. El Templo del Pueblo fue un grupo religioso que se fundó en los años 50 por Jim Jones, con el objetivo de constituir el ideal socialista que en esos tiempos era perseguido, en una comunidad donde no existiera ningún tipo de frontera de raza o nacionalidad. Con su capacidad de persuasión y sugestión, los convencía de que él era un "salvador", quien había venido a la Tierra para luchar contra el racismo, la diferencia de clases y el holocausto nuclear (Piqué, 1998). Tras escándalos e investigaciones por parte de las autoridades, en 1974, Jones tuvo la idea de crear una comunidad utópica en Guyana, donde estaría fuera del alcance de quienes quisieran deshacer el grupo y serían libres de construir un paraíso aislado del resto del mundo donde subsistirían de la agricultura.


Sin embargo, con el paso del tiempo, Jonestown se convirtió en una pesadilla de tortura y sufrimiento. Los miembros eran obligados a trabajar jornadas largas, con poco alimento, y eran constantemente humillados. La única forma de sobrevivir era mantenerse en silencio y siempre ser obediente, sino, las consecuencias serían graves. Estaba prohibido estar en desacuerdo con sus ideales; si alguien alzaba la voz ante las atrocidades que cometía, Jones los llevaba a la unidad médica y les inducía un coma, otros eran envueltos con una víbora pitón, los niños que hacían berrinche eran puestos en el fondo de un pozo en la noche, y eran colocados en una caja debajo de la tierra por días enteros (Zimbardo, 2013).


La situación empeoró cuando Leo Ryan, un congresista, viajó a Guyana con el fin de investigar las prácticas de este grupo, pues se rumoraban tragedias por todo Estados Unidos. La visita iba bien hasta que unos miembros le pidieron si podían irse con él, lo que desató el enojo de otros integrantes, que posteriormente asesinaron a Ryan y a sus acompañantes. Jim Jones, intentando huir del crimen que había cometido y proteger a sus súbditos, convenció a la comunidad de que era el tiempo de terminar con todo e ir al paraíso. Entonces, sucedió la increíble escena del suicidio masivo, con los seguidores más fieles haciendo fila para tomar el cóctel de cianuro y jugo de fruta que "El Padre" iba entregando desde su altar en medio de la selva (Piqué, 1998). Todos murieron, incluido Jones, y quienes no estuvieron de acuerdo con el método fueron asesinados a balazos.

Las personas, al llegar a Guyana, no tenían ningún medio de comunicación con el mundo exterior, y es importante aclarar que escapar no era una opción, pues eran constantemente vigilados. Estaban aislados en medio de la nada, lo que los volvió vulnerables ante los mensajes de Jones. Lo que sucedió fue que las personas empezaron a perder su propia identidad y todo lo que hacían era debido al miedo que sentían. Al verse en una situación en donde no se sabía qué hacer, las personas dependieron de las acciones de los demás y del conocimiento de la autoridad en el momento que decidieron tomarse el vaso con cianuro, lo que ocasionó uno de los suicidios masivos más grandes de la historia.


Como vimos anteriormente, la apariencia de una autoridad, por más ilegítima que puede llegar a ser, es un gran influencia en las acciones de grupos de individuos. Por ejemplo, se le da más importancia a una persona cuando tiene un título rimbombante, pues se sabe que para obtener un título, uno tuvo que haber pasado por años de estudio y esfuerzo. Sin embargo, si alguien dice tener un título (sin que sea verdad), probablemente va a ser tratado de la misma manera, y no se le es cuestionado de sus conocimientos en absoluto. El mismo efecto se puede ver presente a través del uso de elementos como la vestimenta. Por ejemplo, hay un estudio que encontró que el utilizar el uniforme de un bombero aumentó la capacidad de la persona de persuadir a un transeúnte de darle cambio a otra persona para que esta pudiera pagar el parquímetro. Por otro lado, al utilizar este elemento a su favor, estafadores han sido capaces de realizar hazañas únicas al adoptar la vestimenta de autoridades, como doctores, sacerdotes, militares y policías. Incluso las personas que portan vestimenta fina, son tratados diferentes, porque reflejan una apariencia de poder y sabiduría (Cialdini, 2001).


Entonces, qué se puede hacer ante fuerzas que influyen nuestros niveles de obediencia de manera casi inconsciente? Primeramente, como propone la “American Psychological Association”, debemos cuestionar qué tan legítima es la autoridad. Uno no se debe permitir realizar acciones con las que uno no está cómodo, porque sino, poco a poco, uno se encontrará atrapado obedeciendo órdenes cada vez más destructivas, lo que lo hace aún más difícil confrontar a la autoridad y aceptar que lo que uno hizo fue incorrecto.

Robert Cialdini (2001) propone dos soluciones alternativas: hacerse dos preguntas. La primera es: ¿acaso esta autoridad es verdaderamente es un experto?  Al cuestionarnos esto, las credenciales de la autoridad se vuelven relevantes, y ahora se es capaz de orientar la decisión en base a la evidencia que se obtuvo sobre el estatus de esta. La segunda pregunta es: ¿qué tan honesto es el experto? En muchos de los casos, hasta las autoridades más informadas no presentan la información de forma honesta, y sin embargo, continúan proporcionando un nivel de confianza impresionante. Este análisis nos permitirá identificar de forma más sencilla si lo que la autoridad propone nos beneficiará o si simplemente es otro mecanismo de manipulación.

Los sistemas establecidos como autoridad surgieron de la necesidad de poner límites dentro de la sociedad. Sin embargo, esta idea ha mantenido un estatus utópico, en el que existen abusos de poder que se alimentan de la confianza que tienen los individuos en figuras distintivas que generan sabiduría, y en mucho de los casos, miedo. Las personas, antes de actuar, deben cuestionar cuáles son las razones por las que van a tomar una decisión, y en vez de dejarse guiar por lo que los expertos del tema proponen, deben de hacer un análisis crítico que los beneficie y no los lleve a formar parte de prácticas manipuladoras. Es importante destacar que en muchos de los casos, las personas actúan principalmente por el miedo a mantenerse vivos o por el miedo a las consecuencias de rechazar ciertas órdenes, como sucedió con los miembros de la comunidad de Jonestown.

Desafortunadamente, la mayor parte de los individuos pertenecen a una sociedad en la cual el concepto de bien y mal está tergiversado. Las personas no son capaces de distinguir hasta qué límites se debe de llegar, ya sea por falta de información y conocimiento, o por el nivel de compromiso que se tiene con alguna causa o idea. Esto lleva a la conclusión de que la autoridad, en la actualidad, se ha vuelto un concepto subjetivo en el cual los límites se definen en base a las creencias y necesidades, tanto la de la figura que la ejerce, como la de quien la sigue. Como dijo Platón, cuando una multitud ejerce la autoridad, es más cruel aún que los tiranos.


Referencias
(1998). Hace 20 años, la masacre de Jonestown conmovía al mundo. La nación. Recuperado el 1 de julio de 2016 de: http://www.lanacion.com.ar/118360-hace-20-anos-la-masacre-de-jonestown-conmovia-al-mundo
(2015). Jonestown: ¿cómo ocurrió el mayor suicidio colectivo de la historia? BBC MUNDO. Recuperado el 1 de julio de 2016 de: http://www.bbc.com/mundo/noticias/2015/11/151117_jonestown_guyana_suicidio_colectivo_testimonio_amv
Cialdini, R.B. (2001). Influence: Science and practice (4th ed.). Boston: Allyn & Bacon.
Dittmann, M. (2003). Lessons from Jonestown. American Psychological Association. Recuperado el 1 de julio de 2016 de: http://www.apa.org/monitor/nov03/jonestown.aspx
EL JUICIO DE EICHMANN. United States Holocaust Memorial Museum. Recuperado el 1 de julio de 2016 de: https://www.ushmm.org/wlc/es/article.php?ModuleId=10007185
Konnikova, M. (2015). THE REAL LESSON OF THE STANFORD PRISON EXPERIMENT. The New Yorker. Recuperado el 1 de julio de 2016 de: http://www.newyorker.com/science/maria-konnikova/the-real-lesson-of-the-stanford-prison-experiment
McLeod, S. (2008). Stanford Prison Experiment. Simply Psychology. Recuperado el 1 de julio de 2016 de: http://www.simplypsychology.org/zimbardo.html
Milgram, S. (1963). Behavioral study of obedience. Journal of Abnormal and Social Psychology, Vol. 67, pp. 371-78.Milgram, S. (1974). Obedience to authority: An experimental view. New York: Harper & Row.
Neighbors, J. Obey Your Father: Jim Jones’ Rhetoric of Deadly Persuasion. Alternative Considerations of Jonestown & Peoples Temple. Recuperado el 1 de julio de 2016 de: http://jonestown.sdsu.edu/?page_id=34307
Obeying and Resisting Malevolent Orders. American Psychology Association. Recuperado el 1 de julio de 2016 de: http://www.apa.org/research/action/order.aspx
Savater, F. (1992). Política para amador. Ariel: España.
Zimbardo's Stanford Prison Experiment. Psychologist World. Recuperado el 1 de julio de 3016 de: https://www.psychologistworld.com/influence_personality/stanfordprison.php
Zimbardo, P. (2003). On the transformation of Jim Jones: From God’s minister to the Angel of Death. Alternative Considerations of Jonestown & Peoples Temple. Recuperado el 1 de julio de 2016 de: http://jonestown.sdsu.edu/?page_id=33244




jueves, 24 de noviembre de 2016


Después de haber publicado mi primer artículo sobre mi experiencia con una enfermedad mental, recibí un par de mensajes de personas batallando con vivencias similares, las cuales no podían ni explicar ni entender. Sin embargo, algo me llamó la atención. De los testimonios que escuché, había un elemento en común: su círculo cercano, especialmente la familia, al escuchar por lo que estaban pasando, simplemente se burlaron e hicieron comentarios como “no digas estupideces” o “no seas exagerado/a”. Peor aún, al pedir apoyo para ser llevados con un psicólogo, respondieron que eso es “para locos” o “los problemas mentales no existen, todo es un invento tuyo”.  

Yo recuerdo perfectamente días en los que simplemente no podía conmigo misma y no era capaz de levantarme de la cama porque era demasiado grande el miedo a enfrentar el día. Y en esas veces, mi familia me criticó por ser “floja”, por “desperdiciar mi vida” y ser “no productiva”. Uno crece escuchando comentarios como: “todo está en la mente” o “deja de ponerte excusas”.


Estos comentarios me lastimaban. Estaba frustrada porque no entendía qué era lo que me hacía sentir así. Tenía la idea de que algo en mi persona estaba terriblemente mal por no poder simplemente dejar de estar triste de un segundo para otro, como los demás. Quería controlar mi mente, pues las personas a mi alrededor hablaban de ello como si fuera lo más sencillo. Quería dominar mis pensamientos repetitivos, quería suprimir esa voz que no dejaba de pisotearme. Pero no podía, y eso tenía que ser mi culpa, pues no tenía la fortaleza suficiente para lograrlo.

Las pocas veces que atreví a desahogarme, solo escuchaba: “ánimo”, “hay personas pasando por cosas mucho peores que tú”, “así es la vida”, “puede ser peor”, “eres fuerte, tú puedes”. Y lo peor de todo es que estas conversaciones siempre terminan sonando como “todo está en tus manos, si en verdad quieres ser feliz, tienes el poder de hacerlo tú misma si te lo propones”.

Sin embargo, e irónicamente, no pude hacerlo yo misma. No estaba todo en mis manos. Y cada día era peor que el anterior. Y tenía miedo de hablar. Me sentía como un estorbo para los otros. Otra vez yo con mis problemas, otra vez yo con mi negatividad y mi falta de capacidad de agradecer todo lo bueno de mi vida.  Tenía miedo de hablar porque no podía tomar control sobre mis emociones, por lo que preferí quedarme callada y dejar que mi tristeza me exprimiera hasta la última gota.


Al recibir mi diagnóstico, lo primero que hice fue llegar a mi casa y escribir en google “qué es el trastorno obsesivo compulsivo”. Yo también tenía la idea de que las personas con ese desorden limpiaban exageradamente por miedo a los gérmenes y que si no tenían todo bajo cierto orden se volverían locos. Yo, así como muchos, también viví mucho tiempo creyendo a ciegas en los estereotipos relacionados con la salud mental.

Y ahora yo era parte del club. ¿Significaba entonces que estaba loca? ¿Qué me depararía el futuro? Estaba segura que nadie querría ser mi amigo y que iban a querer distanciarse de mí porque les daría miedo convivir conmigo. Yo también tenía miedo. Entonces, decidí que lo mejor era mantenerlo en secreto y actuar como si todo estuviera perfectamente bien, cuando el caso era todo lo contrario.


Esto cambió algunas semanas después. Estaba de vuelta en casa, e iba en camino a pedir una segunda opinión sobre mi diagnóstico. A los 15 minutos de la consulta, fui mandada de emergencia a un psiquiatra. Iba en el carro con mi mamá, y en eso, ella recibió una llamada. Contestó, y era una de sus alumnas (mi mamá es maestra de piano) preguntando sobre el horario de la clase de ese día. Ella respondió que no iba a poder llegar a tiempo porque: “tengo que llevar a mi hija al dentista ahorita”.

Ahí fue cuando me di cuenta que, no solo yo estaba avergonzada de mi situación, sino que también mi familia tenía miedo de que otros supieran que estaba enferma de la cabeza. ¿Por qué? Porque este tipo de cosas solo le pasan a los demás y no a nosotros, por lo que debe mantenerse bajo las sombras.

Fue en ese momento que decidí que no iba a dejar que los demás me vieran como un espécimen. No iba a tolerar la discriminación por algo que no era mi culpa. Yo no escogí estar enferma.  Así como un diabético no es capaz de regular sus niveles de insulina por voluntad propia, yo no puedo regular mis niveles de serotonina. Yo no pedí esto. Simplemente sucedió.


Cuando empecé a aceptar mi enfermedad, también la comencé a tratar como lo que es: solo una enfermedad. Afortunadamente, mi familia hizo lo mismo. Nos informamos, le hicimos todas nuestras preguntas a profesionales, y trabajamos en equipo para ayudarme a salir adelante.

Sin embargo, este no es el caso para todas las personas. El tabú relacionado a una enfermedad mental sigue siendo demasiado fuerte, lo que lleva al estigma. El estigma se trata de toda actitud y creencia que lleva a una persona a rechazar, evitar y temer a aquellos a quienes perciben diferentes. En este caso, cuando se piensa en “enfermo mental”, se piensa en una persona mala, peligrosa e inestable.

Tomemos en cuenta que para todos es sumamente difícil entender lo que no somos capaces de explicar. Si de la nada llegas con un miembro de tu familia, con la noticia de un diagnóstico que incluye las palabras “desorden mental”, lo primero que van a hacer es rechazarlo y rechazarte a ti. Es una reacción natural. Y es una reacción que afecta en gran parte a quien está padeciendo la dificultad.

Idealmente, esperaríamos que fuera nuestra familia la que más nos apoyaría e hiciera el esfuerzo de ayudarnos, pero ese no siempre es el caso. Sin embargo, no debemos sentir rencor hacia ellos, pues eso no va a mejorar la situación en absoluto, solamente la empeorará. Veámoslo como es: una falta de comprensión o una falta de empatía. La verdad es que nadie lo entiende al menos que también lo haya vivido, entonces, ¿cómo culparlos?

El que alguien no comprenda qué es la depresión o en qué consiste un desorden mental no significa que no le importamos. Son sus opiniones, y por “x” o por “y” piensan de esta manera. No se tiene la capacidad de entender el concepto, pues no es algo que hayan experimentado. Para ellos, entonces, es una realidad compleja y confusa, y es más fácil evitarla y actuar como si no existiera el problema. No es la mejor reacción, pero sigue siendo una reacción humana, y aunque duela, natural.
¿Qué hacer entonces? Primeramente, no podemos imponerles nuestro punto de vista. Es exactamente igual que los fanáticos religiosos que quieren que a fuerzas pensemos de la misma manera que ellos; solamente nos llevará a mayor rechazo.

Sin embargo, pienso firmemente que es importante hacer el intentó de comunicar qué es lo que sentimos y entablar conversación con el objetivo de responder las preguntas y desmentir los mitos que la persona tiene entorno a la salud mental. El diálogo es el punto clave. Es esencial expresarse detalladamente, e intentar que el otro se ponga en nuestros zapatos. Pero no puedo prometer que esto va a funcionar, pues cada persona es un mundo de ideas y opiniones que se han ido formando por diversas razones, y solo el tiempo dirá si cambian de parecer.
Por más duro que sea, no siempre vamos a poder contar con nuestra familia para poder salir adelante. Lo que sí podemos hacer es enfocarnos en las personas que sí entienden y crear una red de apoyo entorno a ellas. Debemos rodearnos de seres queridos en los que podamos contar no importa la hora y el momento. Es mucho más fácil que estar desgastando nuestras energías en personas que no van a cambiar de opinión.

Salir adelante requiere paciencia, amor, comprensión y apoyo incondicional. Debemos entender que uno no puede solo, que así como cualquier otra enfermedad, se requiere tiempo y tratamiento para que la persona pueda estar sana otra vez.

A todos ustedes que siguen escondiéndose en las sombras, no están solos, aunque se sientan como la persona más solitaria del mundo. Hay ayuda. Hay apoyo. No tengan miedo de hablar. Si alguien los rechaza, intenten de nuevo. Se sorprenderán de la cantidad de personas a su alrededor que están pasando por lo mismo que ustedes, y que al igual, tienen miedo. Entablen el diálogo. Inicien la conversación. Una vez que tomen ese paso, los problemas con los que están cargando se volverán más ligeros. Porque no necesitamos que alguien nos resuelva la vida, sino necesitamos que alguien esté a nuestro lado mientras nosotros mismos la resolvemos.

Gracias y hasta pronto.

Ella y yo
Alejandra Cerecedo Reyna

viernes, 4 de noviembre de 2016

One, two, three, four, five, six, seven, eight, nine, ten
One, two, three, four, five, six, seven, eight, nine, ten
One, two, three, four, five, six, seven, eight, nine, ten

Do, re, mi, fa, sol, la si, do
Do, si la sol, fa, mi, re, do
Do, re, mi, fa, sol, la si, do
Do, si, la, sol, fa, mi, re, do

Cada paso es un número.

Cada nota forma parte de un patrón. Un toque en la pierna derecha.

El dedo pulgar, el índice, el medio. Dedo pulgar, índice, medio. Meñique, anular, medio, índice, anular, medio, índice, pulgar. Una y otra vez. Una y otra vez. Una y otra vez. Una y otra vez. Una y otra vez. Una y otra vez.

Secuencias y patrones. Trazos. Tensión. Pensamientos que aparecen sin precedente. Dolor muscular. Insomnio. Ideas sin sentido. Pulso acelerado. Respiración limitada. Mareos. Miedo. Pavor. Pánico. Aislamiento. Prisión. Soledad. Eternidad.

Culpa. Culpa constante. Culpa todo el tiempo. Trazos. Secuencias. Patrones. Culpa. Trazos. Secuencias. Ideas. Pavor. Trazos. Secuencias. Pánico. Culpa.

“No eres suficiente”

“Pudiste haber hecho un mejor esfuerzo”

“No vales nada”

“No eres nadie”

“Solo eres una carga para los demás”

“Todos te odian”

“Eres un estorbo”

“Eres un fracaso”

“No le importas a nadie”

“Te lo mereces”

Les presento a “ella”. El repetir las frases anteriores es su pasatiempo favorito. Es una persona a la que veo todos los días en el espejo, y de la que casi no se absolutamente nada. “Ella” vive en mi cabeza, todo el tiempo. Es una voz constante, la voz de mi desorden obsesivo compulsivo.



Empecé a presentar los síntomas a partir de los 12 años. Por razones que no me podía explicar, me entró una idea de que tenía que contar las letras de cada palabra. Veía alguna palabra en un anuncio o en una oración, y tenía que contar las letras, de forma individual.

Piensen en cuántas palabras no hay alrededor de nosotros. Contaba todo lo que veía en publicidades, subtítulos, libros de texto, letreros. Contaba tanto que incluso tomaba en cuenta las palabras de las conversaciones que yo tenía con las personas y que las personas tenían entre ellos. Todo el día estaba contando, contando sin cesar. Era desgastante, pero no podía parar.

Un año después, el conteo excesivo tomó otro hábito. Ahora, tenía que dividir todo número que viera hasta llegar a su número primo. Por ejemplo, veía el número 120 en algún lado, y mi cabeza comenzaba a dividir hasta que llegara a la última posibilidad de división, que en este caso era 2. No importa lo grande que fuera el número, llegaba hasta su estado primo. Sin excepciones. No entendía por qué hacía esto. Lo único que sabía es que tenía que.

Después, el rango de cosas que contaba aumentaba con el tiempo. Semáforos, pasos, escalones, respiraciones, líneas en la banqueta, horas, minutos, segundos. Mi obsesión con el tiempo fue la que adquirió la mayor cantidad de poder. La idea de que podía controlarlo de alguna forma, y que tenía que, no se salía de mis pensamientos. Contaba cuántos minutos me tomaba hacer cualquier actividad, desde levantarme de la cama, vestirme, hasta el trayecto en carro del viaje hacia la escuela. Todo tenía que estar calculado. Sino, algo malo pasaría.

Al mismo tiempo, ideas sin sentido sobre perfección empezaron a frecuentar más por mi mente. Sentía una necesidad de tener todo planeado antes de hacerlo. Si las cosas no salían como esperaba, sentía que el mundo iba a explotar. No podía respirar.  Por ejemplo, si ese día quería llegar a la escuela a las 9:00 y llegaba a las 9:01 me sentía como el fracaso más grande por no haber previsto lo suficiente y por no haber cumplido mi orden mental inicial. Y si alguien me decía que iba a pasar por mi a las 7:00, y llegaba a las 7:03, ya no podía estar bien el resto del día, porque iba a estar pensando en que era mi culpa por no haber podido calcular el tiempo en el que esa persona iba a pasar. Y no solo eso, cualquier evento que no salía como esperaba, traía recuerdos de todos las otras situaciones en las que no había sido capaz de calcular correctamente, llevándome a un abismo de ideas de fracaso y a la destrucción de mi autoestima.

Y es donde empezó a desarrollarse “ella”. El ponerse expectativas tan altas, con situaciones imposibles de controlar, lleva, evidentemente, al constante fracaso. No entendía por qué siempre existía una voz en mi cabeza que me decía que todo lo que hacía estaba mal, y que si me equivocaba, todo iba a ser terrible.  Y aunque no sabía qué era “todo” la simple idea de imaginarlo me hacía hiperventilar.  “Ella” también me introdujo a la pesadilla de la duda.


“No cerraste la puerta de la casa. No cerraste el carro con llave”, eran oraciones que se repetían una y otra vez en mi mente. Y tenía que volver a revisar, una y otra vez. Y nunca podía estar verdaderamente segura.


Yo: ¿Puse la alarma a la hora correcta? Sí... ¿Pero sí la puse? Debería de checar….Muy bien, la alarma ya está puesta. Es hora de dormir.

Ella: Pero no pusiste la alarma.

Yo: Tienes razón, aún no he puesto la alarma, tengo que checar, porque no estoy segura si sí la puse. Perfecto, ya está puesta, ya me voy a dormir.

Ella: Pero la alarma no está puesta, ¿estás segura de que está puesta?

Yo: Sí, acabo de revisar, creo que sí la puse, pero espera, no estoy tan segura.
Ella: Si no suena no vas a poder ir a la escuela, y mañana van a hacer lo más importante de toda la semana, si no vas lo más probable es que repruebes. Si repruebas no tendrás una buena calificación y vas a ser una fracasada. Todos se van a avergonzar de ti, dejarán de ser tus amigos y vas a acabar viviendo en la calle.

Yo: Tienes razón, mejor debería revisar si sí puse la alarma. Ya estoy segura de que está puesta ya me voy a dormir.

Ella: ¿Pero qué si no suena? No la pusiste bien. ¿Estás segura de que va a sonar?

Yo: No, no estoy segura, pero mejor me levanto a revisar de nuevo.

En la preparatoria fue cuando empecé a pensar que había algo verdaderamente mal conmigo. Sentía un odio terrible hacia mi persona. ¿Por qué hacía todo el tiempo actividades sin sentido? ¿Por qué contaba? Por qué hacía tantas secuencias? ¿Por qué tenía que tocar ciertas cosas para sentirme mejor? Por qué pensaba en cosas tan tontas y exageradas? ¿Por qué no podía filtrar las imágenes terribles que pasaban por mi cabeza por días enteros?



¿Por qué eres así? ¿Por qué no puede ser normal? Me preguntaba eso todo el tiempo.

Estaba cansada de siempre oír esa vocecita y no poder hacer nada para callarla. Sentía que “ella” me tenía encerrada en una jaula. Y creía todo lo que me decía. Estaba segura de que yo no era suficiente, de que no valía nada, de que era un fracaso, y que todo era mi culpa, aunque no tuviera nada que ver conmigo.

Ideas como, “si no salvas el mundo no vales nada”, o “si no resuelves los problemas de todos eres una fracasada” y “todo es tu culpa, los problemas del mundo entero son tu culpa, y mereces sufrir por eso”.

Todo esto se presentó con mareos constantes, bolas de estrés en la espalda, problemas de respiración, dolores musculares, insomnio, desórdenes alimenticios. Y con los años, sumado de eventos específicos que desarrollaron aún más estas ideas y hasta nuevas, las obsesiones aumentaron, al igual que las compulsiones. Cada vez era más difícil salir de la casa, de convivir con las personas. El solo imaginarme lo que podría pasar, me convencía de que la mejor idea era quedarme debajo de las cobijas, donde estaría segura. El miedo era cada vez peor. El pánico nunca se iba. Ahí estaba siempre. Y a donde volteara “ella” estaba a mi lado.



Ya no podía soportar esa voz. Cada minuto, y cada momento del día estaba ahí. Juzgando todo lo que hacía. Criticando cada movimiento.

Llegó a un punto en donde dejé de dormir. Duraba horas haciendo patrones, contando y haciendo trazos específicos. Estaba viviendo solamente en mi cabeza y repitiendo los escenarios que producía sin voluntad en donde cosas terribles me iban a suceder a mí y a mi familia. Duraba noches sin dormir porque estaba segura de que tenía una enfermedad como cáncer. Sino simplemente repetía eventos triviales y los descomponía durante horas sin objetivo alguno, pensando en qué pudo haber salido diferente, y qué pude haber hecho yo para cambiar el desenlace. No podía de dejar de repetir, no sabía por qué. El cansancio era terrible. La vida se volvió tortura.

Y no podía decírselo a nadie porque “ella” me tenía convencida de que me merecía todo ese sufrimiento. Quería gritar, quería llorar, quería que alguien lo supiera; pero el miedo era demasiado fuerte. Entonces, entré en depresión. Dejé de comer. Dejé de intentar. Dejé de hacer un esfuerzo de pelear contra “ella” y simplemente dejé que me consumiera. La dejé hacer lo que quisiera. Y toqué fondo.

El 13 de abril del 2015 fui diagnosticada con trastorno obsesivo compulsivo. Ese momento cambió mi vida por completo. Había una razón detrás de esa voz que tanto detestaba. Existía ayuda. Tenía posibilidad. Había esperanza.

La mayoría de las personas asocian el trastorno obsesivo compulsivo (TOC) con el querer tener todo limpio y acomodado. Sino, piensan que es algo relacionado con la fobia hacia los gérmenes. También existe el repetido ejemplo de la persona que tiene que tener todo en orden simétrico y que si le mueves algo su mundo se sale de control. Sin embargo, el TOC es muchísimo más complicado que eso.

También veo a otros burlarse de esta enfermedad porque a ellos mismos les gusta organizar su ropa en orden y tener su cuarto recogido. Veo también fotos y cuestionarios en internet que tienen títulos como “Qué tanto TOC tienes?”, seguido de imágenes sobre sopas de letra desordenadas y de M&M's organizados en diferentes colores.


Sin embargo, el TOC no es un juego, no es una preferencia, es una condición que llega a definir por completo la vida entera de una persona, volviéndolo completamente disfuncional si llega a extremos. Personas con este trastorno tienen pensamientos e ideas, también conocidas como obsesiones, que provocan un nivel de ansiedad no manejable, y por lo tanto, la manera en la que intentan deshacerse de ella es a través de compulsiones (contar, limpiar, hacer secuencias, etc.) Sin embargo, estas compulsiones solo dan alivio a corto plazo, y al final terminan alimentando aún más a las ideas obsesivas, volviéndolo un círculo vicioso.

Los síntomas más comunes son el miedo excesivo a los microbios, necesidad de que haya orden, pensamientos prohibidos, el tener que verificar acciones y el conteo excesivo. Sin embargo, los miedos de cada persona son completamente diferentes. La diferencia que tiene alguien con tendencias algo obsesivas contra una persona con TOC es que esta no es capaz de controlar sus pensamientos ni sus acciones, y pasa la mayoría del tiempo consumido por estas ideas, volviendo su vida cada vez más miserable.

El trastorno obsesivo compulsivo es una condición de por vida. Es una lucha de todos los días. Cada momento es un reto, un esfuerzo de no dejarse consumir por el abismo de posibilidades que mi cabeza puede inventar. Sin embargo, es una vida de altas y bajas. Un día puede que sí sea funcional, y al día siguiente entro en un episodio obsesivo tan fuerte que no puedo hacer absolutamente nada.

En este mismo momento que estoy escribiendo, “ella” me está diciendo que todos ustedes van a pensar que estoy solo estoy haciendo esto por atención, que quiero que tengan lástima y me traten diferente, y que estoy exagerando.

Pero el hecho de que existe la posibilidad de que alguien que esté en la misma situación en la que estuve yo hace un año lea esto es lo que me motiva a dejar por un lado los miedos del “qué dirán”. Yo misma he podido salir adelante tras escuchar los testimonios de otros que pasaron lo mismo que yo, que siguen viviendo y que han sido capaces de salir adelante, sin importar lo dura que ha sido la lucha.

Todo lo que he compartido hoy es meramente una introducción a lo que es vivir con esta condición. En verdad, para mí es difícil ponerlo en palabras, porque la mayoría del tiempo  ni yo entiendo qué es lo que me está pasando ni por qué. Y luego existe otro factor: la falta de información que las personas tienen sobre las enfermedades mentales y el tabú que gira alrededor de ellas.
Poco después de que empecé a compartir mi condición con los demás, otros compartieron conmigo también sus historias. Tenía tanto miedo de que me juzgaran y que se alejaran de mí, pero lo que pasó fue increíble: me di cuenta que todos han sido afectados ya sea directa o indirectamente por una enfermedad mental. Y me di cuenta que si uno tiene el valor de empezar el diálogo, las personas van a entablar la conversación.

Espero que el compartir mi experiencia y la forma en la que esto ha afectado pueda ayudar a cambiar la perspectiva que se tiene sobre enfermedades mentales y a inspirar a alguien de tomar la iniciativa de buscar la ayuda que necesita.

"Ella y yo"

Gracias y hasta pronto.


 
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