"No puedo imaginarme descendiendo derrotado de la montaña". George Mallory
Muchas personas me preguntan por qué subo montañas. La verdad es que yo misma me hago esta pregunta todo el tiempo. Llega un punto en que me cuestiono si estoy loca por querer arriesgar mi vida de tal manera y de someterme a tantos retos emocionales. La verdad es que subir montañas no puede ser descrito en palabras. Es una sensación de libertad única e incomparable. Estar en la montaña te da una paz interior que no sentirás en ningún otro lado. Sin embargo, lo que sí puedo compartirles es lo que he vivido y aprendido en el poco tiempo que llevo haciendo esto. A continuación, les platico lo que la montaña me ha enseñado.
La montaña, sin importar cuál, sin importar cuántas hayas subido, siempre va a presentarte un reto, o por lo menos así ha sido para mí. En mi experiencia, el reto puede ser físico, como cuando te das cuenta que faltan horas, o cuando crees que estás a punto de llegar a la cumbre pero no es así, como cuando tus piernas ya no ceden y crees que vas a caer desmayado en cualquier segundo. El reto también puede ser mental, por ejemplo, cuando el único pensamiento en tu mente va algo así como: “ya no puedo más, no voy a poder llegar, no puedo hacerlo”.
Todos los que hacemos montaña nos hemos encontrado alguna vez en una de estas situaciones. Y lo más gratificante es ese momento en el cual el siguiente paso que das es en la cumbre, donde el resto del mundo se desenvuelve a tus pies. Esta es una sensación incomparable de victoria y paz, pues logras lo que pensaste que no podrías hacer, y te demuestras a ti mismo que eres capaz de hacer eso y todo lo que te propongas si así lo quieres. Te das cuenta de que, a pesar que no fue fácil, y a pesar de que te costó muchísimo esfuerzo, eres capaz de hacerlo, sin importar todos esos momentos en que pensaste todo lo contrario.
El vivir esto cada vez que decido salir a alguna montaña me ha dado la oportunidad de aprender a creer en mí misma, y a tener la fortaleza de dar el siguiente paso cuando mi cuerpo y mi mente solo quieren detenerse y dar la vuelta. Y no solo en la montaña, sino en todos los aspectos de mi vida. Cuando me encuentro en una situación en la que pienso que no podré completar o llevar a cabo alguna tarea a cabo o alcanzar “x” meta, recuerdo los momentos en los que estaba en medio de la nada, rodeada de árboles y pensamientos negativos, pensando exactamente eso mismo. Y encuentro la fortaleza de seguir en el hecho de que sí pude hacerlo.
2. Un error es solo un error
Las primeras montañas que subí fueron las más difíciles. Sin embargo, lo que más me hacía sufrir, al principio, eran las bajadas. No sé qué pasaba con mis tobillos, pero no eran lo suficientemente fuertes para sostener mi cuerpo. Me caía todo el tiempo, tanto que mis compañeros inventaron un juego que consistía en contar cuántas veces se caía cada uno de nosotros. Yo siempre ganaba, por supuesto.
Tantas caídas no fueron en balde. Aparte de fortalecer mi cuerpo y aplicar técnicas de bajada, estar en el piso y levantarme me enseñó que no pasaba absolutamente nada. No sé por qué tenía tanto miedo de caerme. Lo veía como un error y me reclamaba constantemente por no hacer las cosas bien. Sin embargo, tanto regaño no sirvió de nada porque seguía cayéndome. No me quedó otra opción más que aceptar que lo único que podía hacer era levantarme y seguir caminando.
Empecé a aplicar esta filosofía al resto de las situaciones de mi vida cotidiana. Solía tomarme en serio cada error y cada fracaso tan a pecho que no era capaz de disfrutar mis logros y victorias. La montaña me enseñó a dejar ir los errores, me enseñó que no importa lo mala o terrible que sea una situación, lo mejor que puedo hacer es levantarme y salir adelante.
Antes de empezar a subir montañas, pasaba todo el día preocupada y totalmente inmersa en situaciones triviales como calificaciones, tareas, responsabilidades que yo misma me inventaba, escenarios que creaba en mi cabeza y que nunca sucedían, y en personas que solo perdían mi tiempo. Aún más con el uso del celular; no me dejaba en paz esa necesidad de checar mensajes y estar al corriente con lo que mis amigos publicaban.
En la montaña no hay nada de eso. Solo somos ella y yo. El tiempo se detiene, y todas mis responsabilidades también. Al estar presente en esta soledad, me di cuenta que ya no me daba el tiempo de reflexionar sobre mi persona. Había dejado de ser mi prioridad. El estar sola con mis pensamientos me obligó a enfrentarme, a conocerme, a valorarme, y lo más difícil de todo, a quererme. Aprendí a escuchar a mi cuerpo, aprendí a ser honesta en lo que en verdad quería, y aprendí a aceptar mis errores.
La montaña se convirtió en mi lugar sagrado de meditación, donde tomo decisiones importantes con la mente clara y despejada, sin prisa y sin ansiedad.
4. Superar mis miedos
Como mencioné anteriormente, cada montaña presenta un reto. El lugar en donde he sentido más miedo, hasta la fecha, es en la montaña. Especialmente la primera vez que tuve que caminar en una cresta con un vacío infinito rodeándome. O esa vez que no sé ni cómo me atreví a aventarme al agua desde una altura de 14 metros. O la primera vez que hice rapel. Todas estas veces, y las sigue habiendo, lo único que quería hacer era llorar. Algunas veces sí lo hice. Lloré pensando que nunca lo lograría. Sentía que no podía respirar y que alguien tendría que rescatarme porque no podría hacerlo sola. Y sin embargo, todas estas veces pude lograrlo. Superé mis miedos y me superé a mí misma. Logré hacer cosas que nunca pensé que haría.
De nuevo, empecé a aplicar esta forma de pensar a las situaciones que se me iban presentando en la vida. ¿Por qué me preocuparía por una mala calificación si la preocupación y el miedo que sentí haciendo ese rapel no tenía comparación alguna? ¿Por qué me estresaría o perdería mi tiempo siento negativa por alguna circunstancia de mi trabajo cuando no puedo ni explicar el nivel de ansiedad que sentí cuando la piedra se movió mientras caminaba sobre la cresta? En la montaña he vivido tantas emociones que me he dado cuenta que no vale la pena darle importancia a situaciones pequeñas e insignificantes que si dejas que te afecten, te pueden llegar a consumir por completo sin que te des cuenta. Y creanme, desde que hago esto, mi vida es 100 veces más sencilla. Hay peores situaciones en las que uno se puede encontrar, entonces para qué desgastarse en lo que verdaderamente no tiene importancia.
5. Ser humilde
Todos los que están leyendo esto tienen baño, suelen comer en restaurantes, tienen una cama y cuarto donde dormir, y más ropa de la que necesitan. Me incluyo en este grupo. Sin embargo, en la montaña no hay nada de esto. En la montaña tampoco importa cuánto dinero tengas, o cuántos títulos hayas obtenido, pues en comparación a la grandeza de la naturaleza, tú solo eres un ser humano común y corriente.
Una de las lecciones más grandes que la montaña me ha enseñado es la humildad. En mis primeras salidas me obligaba a aguantarme las ganas de ir al baño durante todo el día. El simple hecho de pensar en bajarme los pantalones y hacer mis necesidades en la intemperie me quitaba las ganas. Sin embargo, un día tuve que hacerlo, y la verdad, no estuvo tan mal. Mi grupo y yo ahora lo tomamos en broma, y describimos este acto como nuestro contacto con la naturaleza. Lo mismo pasa con la comida. No nos podemos dar el lujo de llevar la comida más elaborada, de comer con platos, o de comer comida caliente, sino todo lo contrario. Sin embargo, comes con gusto, y es tal el esfuerzo que has hecho, que la comida sabe a gloria. Y el estar en la cumbre, viendo una vista impactante, y rodeado de personas increíbles con las que puedes compartir historias y sonrisas, hace que valga la pena.
Después está la dormida. A muchas personas les da miedo acampar por los animales que hay o por la incomodidad de la experiencia. Pero una vez que lo haces, te das cuenta que no necesitas todas las cosas que tienes para estar satisfecho. Te das cuenta que con una lata de atún y una casa de campaña, puedes ser más feliz que comiendo en los restaurantes más caros el resto de tu vida. Aprendes a apreciar y a valorar demasiado ese momento en el que puedes llegar a bañarte en una regadera o dormir en tu propia cama o ponerte ropa limpia. Al vivir esto, empecé a dejar ir las cosas, pues aprendí es que las cosas que tengas no tienen valor al menos que estés con las personas correctas para compartirlas y disfrutarlas.
6. Las verdaderas amistades
La montaña no sería igual sin las personas correctas a tu lado. He tenido la oportunidad de vivir todas experiencias con un grupo de personas que no solo son mis compañeros, sino mi familia. El estar con personas que solo quieren lo mejor para ti y que se esfuerzan y buscan que crezcas, es uno de los mejores regalos que la vida nos puede dar. Estas personas no piden nada a cambio, simplemente te felicitan y se emocionan junto contigo cada vez que superas un reto o logras superar tus miedos. Son personas que te dan ese aliento de motivación en el momento en el que quieres darte por vencido. Son personas que a pesar de haberte visto en tus peores condiciones, están ahí sin importar qué. Son personas que te toman de la mano mientras lloras. Y te das cuenta que junto con estas personas, eres capaz de lograr mucho más cosas que si lo intentaras hacer tú mismo.
Si quienes están leyendo esto han tenido la oportunidad de estar rodeados de seres humanos de este tipo, les ruego que nunca los dejen ir. Me di cuenta que en mi vida había personas que hacían todo lo contrario, que me hacían sentir mal de mi misma, y constantemente me pisoteaban. Si alguien no aporta algo positivo en tu vida, no tiene que ser parte de ella.
Aprendí que soy yo misma y soy mi versión más feliz rodeada de personas que sacan lo mejor de mí.
Esto, en resumen, es un recuento de las maravillosas experiencias que he vivido subiendo montañas. Ha sido difícil, ha sido cansado, pero lo volvería a hacer. No te quedes con las ganas, sube esa montaña simplemente porque puedes, y te aseguro que no te arrepentirás. Como dijo John Long, la cima es solo la mitad del camino.









Ale, gracias por compartir, me encantó.
ResponderBorrarMuchas Felicitaciones Nena me siento orgulloso de ti. Te adoro por ser como eres
ResponderBorrarMuy buena reflexión, felicidades!
ResponderBorrarY a seguirle, nos vemos en la cumbre de alguna montaña.