jueves, 24 de noviembre de 2016


Después de haber publicado mi primer artículo sobre mi experiencia con una enfermedad mental, recibí un par de mensajes de personas batallando con vivencias similares, las cuales no podían ni explicar ni entender. Sin embargo, algo me llamó la atención. De los testimonios que escuché, había un elemento en común: su círculo cercano, especialmente la familia, al escuchar por lo que estaban pasando, simplemente se burlaron e hicieron comentarios como “no digas estupideces” o “no seas exagerado/a”. Peor aún, al pedir apoyo para ser llevados con un psicólogo, respondieron que eso es “para locos” o “los problemas mentales no existen, todo es un invento tuyo”.  

Yo recuerdo perfectamente días en los que simplemente no podía conmigo misma y no era capaz de levantarme de la cama porque era demasiado grande el miedo a enfrentar el día. Y en esas veces, mi familia me criticó por ser “floja”, por “desperdiciar mi vida” y ser “no productiva”. Uno crece escuchando comentarios como: “todo está en la mente” o “deja de ponerte excusas”.


Estos comentarios me lastimaban. Estaba frustrada porque no entendía qué era lo que me hacía sentir así. Tenía la idea de que algo en mi persona estaba terriblemente mal por no poder simplemente dejar de estar triste de un segundo para otro, como los demás. Quería controlar mi mente, pues las personas a mi alrededor hablaban de ello como si fuera lo más sencillo. Quería dominar mis pensamientos repetitivos, quería suprimir esa voz que no dejaba de pisotearme. Pero no podía, y eso tenía que ser mi culpa, pues no tenía la fortaleza suficiente para lograrlo.

Las pocas veces que atreví a desahogarme, solo escuchaba: “ánimo”, “hay personas pasando por cosas mucho peores que tú”, “así es la vida”, “puede ser peor”, “eres fuerte, tú puedes”. Y lo peor de todo es que estas conversaciones siempre terminan sonando como “todo está en tus manos, si en verdad quieres ser feliz, tienes el poder de hacerlo tú misma si te lo propones”.

Sin embargo, e irónicamente, no pude hacerlo yo misma. No estaba todo en mis manos. Y cada día era peor que el anterior. Y tenía miedo de hablar. Me sentía como un estorbo para los otros. Otra vez yo con mis problemas, otra vez yo con mi negatividad y mi falta de capacidad de agradecer todo lo bueno de mi vida.  Tenía miedo de hablar porque no podía tomar control sobre mis emociones, por lo que preferí quedarme callada y dejar que mi tristeza me exprimiera hasta la última gota.


Al recibir mi diagnóstico, lo primero que hice fue llegar a mi casa y escribir en google “qué es el trastorno obsesivo compulsivo”. Yo también tenía la idea de que las personas con ese desorden limpiaban exageradamente por miedo a los gérmenes y que si no tenían todo bajo cierto orden se volverían locos. Yo, así como muchos, también viví mucho tiempo creyendo a ciegas en los estereotipos relacionados con la salud mental.

Y ahora yo era parte del club. ¿Significaba entonces que estaba loca? ¿Qué me depararía el futuro? Estaba segura que nadie querría ser mi amigo y que iban a querer distanciarse de mí porque les daría miedo convivir conmigo. Yo también tenía miedo. Entonces, decidí que lo mejor era mantenerlo en secreto y actuar como si todo estuviera perfectamente bien, cuando el caso era todo lo contrario.


Esto cambió algunas semanas después. Estaba de vuelta en casa, e iba en camino a pedir una segunda opinión sobre mi diagnóstico. A los 15 minutos de la consulta, fui mandada de emergencia a un psiquiatra. Iba en el carro con mi mamá, y en eso, ella recibió una llamada. Contestó, y era una de sus alumnas (mi mamá es maestra de piano) preguntando sobre el horario de la clase de ese día. Ella respondió que no iba a poder llegar a tiempo porque: “tengo que llevar a mi hija al dentista ahorita”.

Ahí fue cuando me di cuenta que, no solo yo estaba avergonzada de mi situación, sino que también mi familia tenía miedo de que otros supieran que estaba enferma de la cabeza. ¿Por qué? Porque este tipo de cosas solo le pasan a los demás y no a nosotros, por lo que debe mantenerse bajo las sombras.

Fue en ese momento que decidí que no iba a dejar que los demás me vieran como un espécimen. No iba a tolerar la discriminación por algo que no era mi culpa. Yo no escogí estar enferma.  Así como un diabético no es capaz de regular sus niveles de insulina por voluntad propia, yo no puedo regular mis niveles de serotonina. Yo no pedí esto. Simplemente sucedió.


Cuando empecé a aceptar mi enfermedad, también la comencé a tratar como lo que es: solo una enfermedad. Afortunadamente, mi familia hizo lo mismo. Nos informamos, le hicimos todas nuestras preguntas a profesionales, y trabajamos en equipo para ayudarme a salir adelante.

Sin embargo, este no es el caso para todas las personas. El tabú relacionado a una enfermedad mental sigue siendo demasiado fuerte, lo que lleva al estigma. El estigma se trata de toda actitud y creencia que lleva a una persona a rechazar, evitar y temer a aquellos a quienes perciben diferentes. En este caso, cuando se piensa en “enfermo mental”, se piensa en una persona mala, peligrosa e inestable.

Tomemos en cuenta que para todos es sumamente difícil entender lo que no somos capaces de explicar. Si de la nada llegas con un miembro de tu familia, con la noticia de un diagnóstico que incluye las palabras “desorden mental”, lo primero que van a hacer es rechazarlo y rechazarte a ti. Es una reacción natural. Y es una reacción que afecta en gran parte a quien está padeciendo la dificultad.

Idealmente, esperaríamos que fuera nuestra familia la que más nos apoyaría e hiciera el esfuerzo de ayudarnos, pero ese no siempre es el caso. Sin embargo, no debemos sentir rencor hacia ellos, pues eso no va a mejorar la situación en absoluto, solamente la empeorará. Veámoslo como es: una falta de comprensión o una falta de empatía. La verdad es que nadie lo entiende al menos que también lo haya vivido, entonces, ¿cómo culparlos?

El que alguien no comprenda qué es la depresión o en qué consiste un desorden mental no significa que no le importamos. Son sus opiniones, y por “x” o por “y” piensan de esta manera. No se tiene la capacidad de entender el concepto, pues no es algo que hayan experimentado. Para ellos, entonces, es una realidad compleja y confusa, y es más fácil evitarla y actuar como si no existiera el problema. No es la mejor reacción, pero sigue siendo una reacción humana, y aunque duela, natural.
¿Qué hacer entonces? Primeramente, no podemos imponerles nuestro punto de vista. Es exactamente igual que los fanáticos religiosos que quieren que a fuerzas pensemos de la misma manera que ellos; solamente nos llevará a mayor rechazo.

Sin embargo, pienso firmemente que es importante hacer el intentó de comunicar qué es lo que sentimos y entablar conversación con el objetivo de responder las preguntas y desmentir los mitos que la persona tiene entorno a la salud mental. El diálogo es el punto clave. Es esencial expresarse detalladamente, e intentar que el otro se ponga en nuestros zapatos. Pero no puedo prometer que esto va a funcionar, pues cada persona es un mundo de ideas y opiniones que se han ido formando por diversas razones, y solo el tiempo dirá si cambian de parecer.
Por más duro que sea, no siempre vamos a poder contar con nuestra familia para poder salir adelante. Lo que sí podemos hacer es enfocarnos en las personas que sí entienden y crear una red de apoyo entorno a ellas. Debemos rodearnos de seres queridos en los que podamos contar no importa la hora y el momento. Es mucho más fácil que estar desgastando nuestras energías en personas que no van a cambiar de opinión.

Salir adelante requiere paciencia, amor, comprensión y apoyo incondicional. Debemos entender que uno no puede solo, que así como cualquier otra enfermedad, se requiere tiempo y tratamiento para que la persona pueda estar sana otra vez.

A todos ustedes que siguen escondiéndose en las sombras, no están solos, aunque se sientan como la persona más solitaria del mundo. Hay ayuda. Hay apoyo. No tengan miedo de hablar. Si alguien los rechaza, intenten de nuevo. Se sorprenderán de la cantidad de personas a su alrededor que están pasando por lo mismo que ustedes, y que al igual, tienen miedo. Entablen el diálogo. Inicien la conversación. Una vez que tomen ese paso, los problemas con los que están cargando se volverán más ligeros. Porque no necesitamos que alguien nos resuelva la vida, sino necesitamos que alguien esté a nuestro lado mientras nosotros mismos la resolvemos.

Gracias y hasta pronto.

Ella y yo
Alejandra Cerecedo Reyna

viernes, 4 de noviembre de 2016

One, two, three, four, five, six, seven, eight, nine, ten
One, two, three, four, five, six, seven, eight, nine, ten
One, two, three, four, five, six, seven, eight, nine, ten

Do, re, mi, fa, sol, la si, do
Do, si la sol, fa, mi, re, do
Do, re, mi, fa, sol, la si, do
Do, si, la, sol, fa, mi, re, do

Cada paso es un número.

Cada nota forma parte de un patrón. Un toque en la pierna derecha.

El dedo pulgar, el índice, el medio. Dedo pulgar, índice, medio. Meñique, anular, medio, índice, anular, medio, índice, pulgar. Una y otra vez. Una y otra vez. Una y otra vez. Una y otra vez. Una y otra vez. Una y otra vez.

Secuencias y patrones. Trazos. Tensión. Pensamientos que aparecen sin precedente. Dolor muscular. Insomnio. Ideas sin sentido. Pulso acelerado. Respiración limitada. Mareos. Miedo. Pavor. Pánico. Aislamiento. Prisión. Soledad. Eternidad.

Culpa. Culpa constante. Culpa todo el tiempo. Trazos. Secuencias. Patrones. Culpa. Trazos. Secuencias. Ideas. Pavor. Trazos. Secuencias. Pánico. Culpa.

“No eres suficiente”

“Pudiste haber hecho un mejor esfuerzo”

“No vales nada”

“No eres nadie”

“Solo eres una carga para los demás”

“Todos te odian”

“Eres un estorbo”

“Eres un fracaso”

“No le importas a nadie”

“Te lo mereces”

Les presento a “ella”. El repetir las frases anteriores es su pasatiempo favorito. Es una persona a la que veo todos los días en el espejo, y de la que casi no se absolutamente nada. “Ella” vive en mi cabeza, todo el tiempo. Es una voz constante, la voz de mi desorden obsesivo compulsivo.



Empecé a presentar los síntomas a partir de los 12 años. Por razones que no me podía explicar, me entró una idea de que tenía que contar las letras de cada palabra. Veía alguna palabra en un anuncio o en una oración, y tenía que contar las letras, de forma individual.

Piensen en cuántas palabras no hay alrededor de nosotros. Contaba todo lo que veía en publicidades, subtítulos, libros de texto, letreros. Contaba tanto que incluso tomaba en cuenta las palabras de las conversaciones que yo tenía con las personas y que las personas tenían entre ellos. Todo el día estaba contando, contando sin cesar. Era desgastante, pero no podía parar.

Un año después, el conteo excesivo tomó otro hábito. Ahora, tenía que dividir todo número que viera hasta llegar a su número primo. Por ejemplo, veía el número 120 en algún lado, y mi cabeza comenzaba a dividir hasta que llegara a la última posibilidad de división, que en este caso era 2. No importa lo grande que fuera el número, llegaba hasta su estado primo. Sin excepciones. No entendía por qué hacía esto. Lo único que sabía es que tenía que.

Después, el rango de cosas que contaba aumentaba con el tiempo. Semáforos, pasos, escalones, respiraciones, líneas en la banqueta, horas, minutos, segundos. Mi obsesión con el tiempo fue la que adquirió la mayor cantidad de poder. La idea de que podía controlarlo de alguna forma, y que tenía que, no se salía de mis pensamientos. Contaba cuántos minutos me tomaba hacer cualquier actividad, desde levantarme de la cama, vestirme, hasta el trayecto en carro del viaje hacia la escuela. Todo tenía que estar calculado. Sino, algo malo pasaría.

Al mismo tiempo, ideas sin sentido sobre perfección empezaron a frecuentar más por mi mente. Sentía una necesidad de tener todo planeado antes de hacerlo. Si las cosas no salían como esperaba, sentía que el mundo iba a explotar. No podía respirar.  Por ejemplo, si ese día quería llegar a la escuela a las 9:00 y llegaba a las 9:01 me sentía como el fracaso más grande por no haber previsto lo suficiente y por no haber cumplido mi orden mental inicial. Y si alguien me decía que iba a pasar por mi a las 7:00, y llegaba a las 7:03, ya no podía estar bien el resto del día, porque iba a estar pensando en que era mi culpa por no haber podido calcular el tiempo en el que esa persona iba a pasar. Y no solo eso, cualquier evento que no salía como esperaba, traía recuerdos de todos las otras situaciones en las que no había sido capaz de calcular correctamente, llevándome a un abismo de ideas de fracaso y a la destrucción de mi autoestima.

Y es donde empezó a desarrollarse “ella”. El ponerse expectativas tan altas, con situaciones imposibles de controlar, lleva, evidentemente, al constante fracaso. No entendía por qué siempre existía una voz en mi cabeza que me decía que todo lo que hacía estaba mal, y que si me equivocaba, todo iba a ser terrible.  Y aunque no sabía qué era “todo” la simple idea de imaginarlo me hacía hiperventilar.  “Ella” también me introdujo a la pesadilla de la duda.


“No cerraste la puerta de la casa. No cerraste el carro con llave”, eran oraciones que se repetían una y otra vez en mi mente. Y tenía que volver a revisar, una y otra vez. Y nunca podía estar verdaderamente segura.


Yo: ¿Puse la alarma a la hora correcta? Sí... ¿Pero sí la puse? Debería de checar….Muy bien, la alarma ya está puesta. Es hora de dormir.

Ella: Pero no pusiste la alarma.

Yo: Tienes razón, aún no he puesto la alarma, tengo que checar, porque no estoy segura si sí la puse. Perfecto, ya está puesta, ya me voy a dormir.

Ella: Pero la alarma no está puesta, ¿estás segura de que está puesta?

Yo: Sí, acabo de revisar, creo que sí la puse, pero espera, no estoy tan segura.
Ella: Si no suena no vas a poder ir a la escuela, y mañana van a hacer lo más importante de toda la semana, si no vas lo más probable es que repruebes. Si repruebas no tendrás una buena calificación y vas a ser una fracasada. Todos se van a avergonzar de ti, dejarán de ser tus amigos y vas a acabar viviendo en la calle.

Yo: Tienes razón, mejor debería revisar si sí puse la alarma. Ya estoy segura de que está puesta ya me voy a dormir.

Ella: ¿Pero qué si no suena? No la pusiste bien. ¿Estás segura de que va a sonar?

Yo: No, no estoy segura, pero mejor me levanto a revisar de nuevo.

En la preparatoria fue cuando empecé a pensar que había algo verdaderamente mal conmigo. Sentía un odio terrible hacia mi persona. ¿Por qué hacía todo el tiempo actividades sin sentido? ¿Por qué contaba? Por qué hacía tantas secuencias? ¿Por qué tenía que tocar ciertas cosas para sentirme mejor? Por qué pensaba en cosas tan tontas y exageradas? ¿Por qué no podía filtrar las imágenes terribles que pasaban por mi cabeza por días enteros?



¿Por qué eres así? ¿Por qué no puede ser normal? Me preguntaba eso todo el tiempo.

Estaba cansada de siempre oír esa vocecita y no poder hacer nada para callarla. Sentía que “ella” me tenía encerrada en una jaula. Y creía todo lo que me decía. Estaba segura de que yo no era suficiente, de que no valía nada, de que era un fracaso, y que todo era mi culpa, aunque no tuviera nada que ver conmigo.

Ideas como, “si no salvas el mundo no vales nada”, o “si no resuelves los problemas de todos eres una fracasada” y “todo es tu culpa, los problemas del mundo entero son tu culpa, y mereces sufrir por eso”.

Todo esto se presentó con mareos constantes, bolas de estrés en la espalda, problemas de respiración, dolores musculares, insomnio, desórdenes alimenticios. Y con los años, sumado de eventos específicos que desarrollaron aún más estas ideas y hasta nuevas, las obsesiones aumentaron, al igual que las compulsiones. Cada vez era más difícil salir de la casa, de convivir con las personas. El solo imaginarme lo que podría pasar, me convencía de que la mejor idea era quedarme debajo de las cobijas, donde estaría segura. El miedo era cada vez peor. El pánico nunca se iba. Ahí estaba siempre. Y a donde volteara “ella” estaba a mi lado.



Ya no podía soportar esa voz. Cada minuto, y cada momento del día estaba ahí. Juzgando todo lo que hacía. Criticando cada movimiento.

Llegó a un punto en donde dejé de dormir. Duraba horas haciendo patrones, contando y haciendo trazos específicos. Estaba viviendo solamente en mi cabeza y repitiendo los escenarios que producía sin voluntad en donde cosas terribles me iban a suceder a mí y a mi familia. Duraba noches sin dormir porque estaba segura de que tenía una enfermedad como cáncer. Sino simplemente repetía eventos triviales y los descomponía durante horas sin objetivo alguno, pensando en qué pudo haber salido diferente, y qué pude haber hecho yo para cambiar el desenlace. No podía de dejar de repetir, no sabía por qué. El cansancio era terrible. La vida se volvió tortura.

Y no podía decírselo a nadie porque “ella” me tenía convencida de que me merecía todo ese sufrimiento. Quería gritar, quería llorar, quería que alguien lo supiera; pero el miedo era demasiado fuerte. Entonces, entré en depresión. Dejé de comer. Dejé de intentar. Dejé de hacer un esfuerzo de pelear contra “ella” y simplemente dejé que me consumiera. La dejé hacer lo que quisiera. Y toqué fondo.

El 13 de abril del 2015 fui diagnosticada con trastorno obsesivo compulsivo. Ese momento cambió mi vida por completo. Había una razón detrás de esa voz que tanto detestaba. Existía ayuda. Tenía posibilidad. Había esperanza.

La mayoría de las personas asocian el trastorno obsesivo compulsivo (TOC) con el querer tener todo limpio y acomodado. Sino, piensan que es algo relacionado con la fobia hacia los gérmenes. También existe el repetido ejemplo de la persona que tiene que tener todo en orden simétrico y que si le mueves algo su mundo se sale de control. Sin embargo, el TOC es muchísimo más complicado que eso.

También veo a otros burlarse de esta enfermedad porque a ellos mismos les gusta organizar su ropa en orden y tener su cuarto recogido. Veo también fotos y cuestionarios en internet que tienen títulos como “Qué tanto TOC tienes?”, seguido de imágenes sobre sopas de letra desordenadas y de M&M's organizados en diferentes colores.


Sin embargo, el TOC no es un juego, no es una preferencia, es una condición que llega a definir por completo la vida entera de una persona, volviéndolo completamente disfuncional si llega a extremos. Personas con este trastorno tienen pensamientos e ideas, también conocidas como obsesiones, que provocan un nivel de ansiedad no manejable, y por lo tanto, la manera en la que intentan deshacerse de ella es a través de compulsiones (contar, limpiar, hacer secuencias, etc.) Sin embargo, estas compulsiones solo dan alivio a corto plazo, y al final terminan alimentando aún más a las ideas obsesivas, volviéndolo un círculo vicioso.

Los síntomas más comunes son el miedo excesivo a los microbios, necesidad de que haya orden, pensamientos prohibidos, el tener que verificar acciones y el conteo excesivo. Sin embargo, los miedos de cada persona son completamente diferentes. La diferencia que tiene alguien con tendencias algo obsesivas contra una persona con TOC es que esta no es capaz de controlar sus pensamientos ni sus acciones, y pasa la mayoría del tiempo consumido por estas ideas, volviendo su vida cada vez más miserable.

El trastorno obsesivo compulsivo es una condición de por vida. Es una lucha de todos los días. Cada momento es un reto, un esfuerzo de no dejarse consumir por el abismo de posibilidades que mi cabeza puede inventar. Sin embargo, es una vida de altas y bajas. Un día puede que sí sea funcional, y al día siguiente entro en un episodio obsesivo tan fuerte que no puedo hacer absolutamente nada.

En este mismo momento que estoy escribiendo, “ella” me está diciendo que todos ustedes van a pensar que estoy solo estoy haciendo esto por atención, que quiero que tengan lástima y me traten diferente, y que estoy exagerando.

Pero el hecho de que existe la posibilidad de que alguien que esté en la misma situación en la que estuve yo hace un año lea esto es lo que me motiva a dejar por un lado los miedos del “qué dirán”. Yo misma he podido salir adelante tras escuchar los testimonios de otros que pasaron lo mismo que yo, que siguen viviendo y que han sido capaces de salir adelante, sin importar lo dura que ha sido la lucha.

Todo lo que he compartido hoy es meramente una introducción a lo que es vivir con esta condición. En verdad, para mí es difícil ponerlo en palabras, porque la mayoría del tiempo  ni yo entiendo qué es lo que me está pasando ni por qué. Y luego existe otro factor: la falta de información que las personas tienen sobre las enfermedades mentales y el tabú que gira alrededor de ellas.
Poco después de que empecé a compartir mi condición con los demás, otros compartieron conmigo también sus historias. Tenía tanto miedo de que me juzgaran y que se alejaran de mí, pero lo que pasó fue increíble: me di cuenta que todos han sido afectados ya sea directa o indirectamente por una enfermedad mental. Y me di cuenta que si uno tiene el valor de empezar el diálogo, las personas van a entablar la conversación.

Espero que el compartir mi experiencia y la forma en la que esto ha afectado pueda ayudar a cambiar la perspectiva que se tiene sobre enfermedades mentales y a inspirar a alguien de tomar la iniciativa de buscar la ayuda que necesita.

"Ella y yo"

Gracias y hasta pronto.


 
© 2012. Design by Main-Blogger - Blogger Template and Blogging Stuff