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viernes, 6 de enero de 2017

Este año, AHORA SI…


Voy a empezar a ir al gym....para pagar la membresía, ir la primera semana del año, y nunca más volver a aparecerme.


Voy a bajar de peso y seguiré la dieta al pie de la leta…y a los pocos días de comer pura lechuga nos estamos atascando una pizza entera nosotros solos.


Van 6 días del 2017 y probablemente muchos ya nos desviamos del camino de lograr nuestros objetivos. Nimodo, tendremos que esperar al siguiente año, a ver si ahora sí los cumplimos.


¿Les suena familiar? Creo que demasiado.




¿Por qué somos así? ¿Por qué nos cuesta tanto trabajo tener la fuerza de voluntad de resistirnos a esa cucharadita de pastel? ¿Por qué es tan difícil pelear contra esa flojera que ahoga nuestra motivación de salir a correr en vez de quedarnos agusto viendo Netflix en la comodidad de nuestra amada cama?




La respuesta es simple, aunque no muy analizada: la gratificación instantánea.  


Primero que nada, hay que ponernos en un contexto del que ya se ha hablado demasiado: la era del mundo digital. Todos tenemos redes sociales, navegamos el internet más de lo que deberíamos, usamos aplicaciones y teléfonos inteligentes para hacer nuestra vida  más fácil,  todo con un último objetivo: ganar tiempo.




Estamos acostumbrados a tener todo con un simple click. En un instante. Puedo sacar mi celular, y en menos de 10 segundos puedo acceder a una amplia selección de películas, una base de datos de libros de cualquier tema, videos, mensajes de texto, juegos, mapas, etc. Lo que sea que se me ocurra, lo voy a encontrar, pues probablemente ya existe la aplicación.


No importa dónde y cuándo. Lo voy a obtener al instante. ¿Quiero comida ahorita mismo? Para eso están las cadenas de comida rápida. ¿No quiero hacer fila en Starbucks? Pago mi café desde casa y solo llego a recogerlo. ¿Necesito un taxi? Pido un Uber y en dos minutos ya estoy en ruta. ¿Quiero salir con alguien en este momento? Abro una aplicación que me conecta con otro usuario que está a menos de 1 kilómetro de distancia. ¿No quiero hacer fila en el super? Yo mismo hago mis compras en una caja autopago. ¿Quiero bajar de peso? Hago la dieta maravillosa de 3 días.


Todo tiene que ser lo más rápido posible. No hay tiempo para esperar. No hay tiempo para leer esta oración con calma y detenimiento, mejor veo los memes para saber de qué está hablando Alejandra y decirle que sí leí su artículo. Y en lo que leíste esta frase, ya checaste tu Facebook y tu correo porque no pudiste resistir la tentación de ver que hay detrás de ese número “1” rojo que te atormenta.




Estamos en una cultura obsesionada con el multitasking, y nos sentimos orgullosos de hacerlo. Mientras más actividades hagamos al mismo tiempo, nos sentimos más capaces, sin importar que han publicado una cantidad incontable de estudios que comprueban que el multitasking solo provoca que las actividades se realicen de forma torpe.


Sin embargo, sentimos esta necesidad de saber las cosas YA. Ahorita ya. Recibimos tanta información al mismo tiempo que, la verdad, no importa qué tan inteligente seas, no vas a ser capaz de procesarla toda. Y menos si estás enfocado en más de una actividad en el mismo momento.


Y luego, cuando no tenemos eso que queremos al instante, explotamos. Estoy intentando descargar una película, pero nada más no se carga, pues mejor me pongo a hacer algo más porque ¿cómo podría dedicar 5 minutos de mi día esperando ver solamente una película cuando podría estar checando mis 5 redes sociales, hablando por teléfono con mi mamá y haciendo tarea?


Las empresas, por supuesto, aprovechan esta necesidad que se ha vuelto tan inherente.  Amazon ya empezó a mandar paquetes con Drones para que lleguen el mismo día. Si el servicio al cliente no está disponible las 24 horas, no se la van a acabar con nuestras quejas. Si queremos internet rápido, hay que pagar por ello. Si no tenemos la paciencia para ver comerciales, nos suscribimos a una plataforma que solo nos de contenido a la más alta velocidad. No hay tiempo para la trivialidad que es la espera.


Ramesh Sitaraman, un profesor de computación en UMASS AMherst, examinó los hábitos de uso de internet de 6.7 millones de usuarios y descubrió que lo máximo que estaban dispuesto a esperar a que se cargara una página era dos segundos, después de eso, empezaban a abandonar la página. A los 10 segundos, la mitad de los usuarios probablemente ya estaba realizando otra actividad.


No tenemos paciencia. La tecnología, usada para mal, nos ha dado a entender que ya no debemos esforzarnos para obtener lo que queremos, ya no estamos acostumbrados a ello. Nos enojamos cuando contactamos a alguien y no nos contesta al segundo. No podemos dejar el celular un minuto, ni cuando estamos comiendo con nuestros amigos, ni cuando estamos en una conferencia, ni cuando estamos en el cine, porque no queremos perdernos de qué es lo que está pasando en este preciso instante en el mundo. Cuando estamos haciendo del baño y se nos olvida nuestro celular….ufff, qué manera de sufrir.




Después viene el momento cuando por alguna u otra situación, nos privan de nuestras pantallas. Como cuando algún profesor nos hace guardar el celular, creo que no tengo que ponerme a explicar la ansiedad que nos da estar separados de nuestros queridos celulares.  Y cuando no recibimos likes y comentarios a la hora de que publicamos una de nuestras fotos, en estas situaciones, es horrible, la mejor solución debe ser borrar el post! O cuando se va el internet…ni el fin del mundo parece tan dramático. Estamos tan entrometidos en la necesidad de la gratificación instantánea que empezamos a descuidar nuestras relaciones personales y a nuestra propia persona, que si se le dedica tiempo, nos va a proporcionar una gratificación a largo plazo.


Así como esperamos encontrar el mejor restaurantes cerca de nosotros en un abrir y cerrar de ojos, también esperamos que se cumplan nuestros objetivos. Esperamos cambiar de un día para otro, esperamos que otras personas cambien tan rápido como se carga una página web. Recuerden que Roma no fue construida en un día.


¿Y a qué hora voy a darme tiempo para respirar, para reflexionar en mi día y en cómo puedo mejorar la relación conmigo misma y con los demás? ¿Cómo voy a crecer y desarrollarme si ni siquiera tengo tiempo para analizar qué es lo que estoy haciendo bien y qué es lo que estoy haciendo mal?


Precisamente ayer intenté meditar por primera vez, y a los 5 minutos de mi meditación no me sentía relajada. Empecé a pensar: esto no sirve de nada, estoy respirando profundo y solo me siento más alterada. Estaba meditando para cumplir una meta, y quería cumplirla ya para sentirme bien por haberlo hecho. Hice el intentó de practicar la paciencia y de hacer meditación para mí y para mi bienestar. Les prometo que me pude relajar muy fácil después de eso.




Entonces, volviendo a nuestras metas del año nuevo. Hay que entender la presión de la sociedad actual que transmite el mensaje que si algo no es rápido no vale. Y no es que no seamos capaces de cumplir nuestros objetivos, sino que se nos ha enseñado que los resultados tienen que ser instantáneos. Y les prometo, todo lo que vale la pena en la vida toma mucho tiempo. Y no estoy hablando de meses, sino de años.


Así que si estás haciendo la dieta milagrosa de bajar 7 kilos en 7 días, y no los bajas, no significa que tu esfuerzo no sirvió de nada. Veamos cuál es tu perspectiva en 7 meses. Si te acabas de graduar y aún no has conseguido el trabajo de tus sueños, no significa que todo los años que dedicaste estudiando fueron tirados a la basura. No es hora de tirar la toalla solo porque no estamos recibiendo gratificación instantánea. No es tiempo de salirse del camino y de buscar otro. Lo bueno toma tiempo, lo bueno toma esfuerzo.


Imagínate que tu meta está en la cima de una montaña, y tu estás abajo. Muchas veces se nos olvida que tenemos que subir la montaña para llegar a la meta, y nos frustramos, por lo que decidimos quedarnos en el mismo lugar en el que estábamos. Ten paciencia contigo mismo y con tu desarrollo personal, al igual que con el crecimiento de las personas que te rodean.


Probablemente las metas que te estás poniendo este 2017 no las vas a cumplir hasta el 2019 o el 2023, y eso no tiene nada de malo, es un proceso que debe seguirse. No tenemos que seguir dejando que el tiempo nos esclavice, al contrario, aprendamos a usarlo a nuestro favor.


No intentes comerte el mundo cuando no puedes ni disfrutar una comida con tu familia porque ya no aguantas las ganas de checar las notificaciones de tu teléfono.  Que tu meta de este 2017 sea, antes que nada, practicar la paciencia, y te prometo que vas a ser exitoso en todo lo que te propongas una vez que entiendas lo mucho que vale el tiempo. Si pensamos y actuamos a largo plazo, obtendremos resultados a largo plazo.




Así que, antes que sientas que lo que estás haciendo no está funcionando en absoluto, recuerda que la vida no funciona igual que las redes sociales ni que las maravillosas aplicaciones que nos resuelven tantos problemas. Por último, les deseo un año lleno de logros y lindas experiencias! Hasta la próxima.


Alejandra Cerecedo Reyna

viernes, 4 de noviembre de 2016

One, two, three, four, five, six, seven, eight, nine, ten
One, two, three, four, five, six, seven, eight, nine, ten
One, two, three, four, five, six, seven, eight, nine, ten

Do, re, mi, fa, sol, la si, do
Do, si la sol, fa, mi, re, do
Do, re, mi, fa, sol, la si, do
Do, si, la, sol, fa, mi, re, do

Cada paso es un número.

Cada nota forma parte de un patrón. Un toque en la pierna derecha.

El dedo pulgar, el índice, el medio. Dedo pulgar, índice, medio. Meñique, anular, medio, índice, anular, medio, índice, pulgar. Una y otra vez. Una y otra vez. Una y otra vez. Una y otra vez. Una y otra vez. Una y otra vez.

Secuencias y patrones. Trazos. Tensión. Pensamientos que aparecen sin precedente. Dolor muscular. Insomnio. Ideas sin sentido. Pulso acelerado. Respiración limitada. Mareos. Miedo. Pavor. Pánico. Aislamiento. Prisión. Soledad. Eternidad.

Culpa. Culpa constante. Culpa todo el tiempo. Trazos. Secuencias. Patrones. Culpa. Trazos. Secuencias. Ideas. Pavor. Trazos. Secuencias. Pánico. Culpa.

“No eres suficiente”

“Pudiste haber hecho un mejor esfuerzo”

“No vales nada”

“No eres nadie”

“Solo eres una carga para los demás”

“Todos te odian”

“Eres un estorbo”

“Eres un fracaso”

“No le importas a nadie”

“Te lo mereces”

Les presento a “ella”. El repetir las frases anteriores es su pasatiempo favorito. Es una persona a la que veo todos los días en el espejo, y de la que casi no se absolutamente nada. “Ella” vive en mi cabeza, todo el tiempo. Es una voz constante, la voz de mi desorden obsesivo compulsivo.



Empecé a presentar los síntomas a partir de los 12 años. Por razones que no me podía explicar, me entró una idea de que tenía que contar las letras de cada palabra. Veía alguna palabra en un anuncio o en una oración, y tenía que contar las letras, de forma individual.

Piensen en cuántas palabras no hay alrededor de nosotros. Contaba todo lo que veía en publicidades, subtítulos, libros de texto, letreros. Contaba tanto que incluso tomaba en cuenta las palabras de las conversaciones que yo tenía con las personas y que las personas tenían entre ellos. Todo el día estaba contando, contando sin cesar. Era desgastante, pero no podía parar.

Un año después, el conteo excesivo tomó otro hábito. Ahora, tenía que dividir todo número que viera hasta llegar a su número primo. Por ejemplo, veía el número 120 en algún lado, y mi cabeza comenzaba a dividir hasta que llegara a la última posibilidad de división, que en este caso era 2. No importa lo grande que fuera el número, llegaba hasta su estado primo. Sin excepciones. No entendía por qué hacía esto. Lo único que sabía es que tenía que.

Después, el rango de cosas que contaba aumentaba con el tiempo. Semáforos, pasos, escalones, respiraciones, líneas en la banqueta, horas, minutos, segundos. Mi obsesión con el tiempo fue la que adquirió la mayor cantidad de poder. La idea de que podía controlarlo de alguna forma, y que tenía que, no se salía de mis pensamientos. Contaba cuántos minutos me tomaba hacer cualquier actividad, desde levantarme de la cama, vestirme, hasta el trayecto en carro del viaje hacia la escuela. Todo tenía que estar calculado. Sino, algo malo pasaría.

Al mismo tiempo, ideas sin sentido sobre perfección empezaron a frecuentar más por mi mente. Sentía una necesidad de tener todo planeado antes de hacerlo. Si las cosas no salían como esperaba, sentía que el mundo iba a explotar. No podía respirar.  Por ejemplo, si ese día quería llegar a la escuela a las 9:00 y llegaba a las 9:01 me sentía como el fracaso más grande por no haber previsto lo suficiente y por no haber cumplido mi orden mental inicial. Y si alguien me decía que iba a pasar por mi a las 7:00, y llegaba a las 7:03, ya no podía estar bien el resto del día, porque iba a estar pensando en que era mi culpa por no haber podido calcular el tiempo en el que esa persona iba a pasar. Y no solo eso, cualquier evento que no salía como esperaba, traía recuerdos de todos las otras situaciones en las que no había sido capaz de calcular correctamente, llevándome a un abismo de ideas de fracaso y a la destrucción de mi autoestima.

Y es donde empezó a desarrollarse “ella”. El ponerse expectativas tan altas, con situaciones imposibles de controlar, lleva, evidentemente, al constante fracaso. No entendía por qué siempre existía una voz en mi cabeza que me decía que todo lo que hacía estaba mal, y que si me equivocaba, todo iba a ser terrible.  Y aunque no sabía qué era “todo” la simple idea de imaginarlo me hacía hiperventilar.  “Ella” también me introdujo a la pesadilla de la duda.


“No cerraste la puerta de la casa. No cerraste el carro con llave”, eran oraciones que se repetían una y otra vez en mi mente. Y tenía que volver a revisar, una y otra vez. Y nunca podía estar verdaderamente segura.


Yo: ¿Puse la alarma a la hora correcta? Sí... ¿Pero sí la puse? Debería de checar….Muy bien, la alarma ya está puesta. Es hora de dormir.

Ella: Pero no pusiste la alarma.

Yo: Tienes razón, aún no he puesto la alarma, tengo que checar, porque no estoy segura si sí la puse. Perfecto, ya está puesta, ya me voy a dormir.

Ella: Pero la alarma no está puesta, ¿estás segura de que está puesta?

Yo: Sí, acabo de revisar, creo que sí la puse, pero espera, no estoy tan segura.
Ella: Si no suena no vas a poder ir a la escuela, y mañana van a hacer lo más importante de toda la semana, si no vas lo más probable es que repruebes. Si repruebas no tendrás una buena calificación y vas a ser una fracasada. Todos se van a avergonzar de ti, dejarán de ser tus amigos y vas a acabar viviendo en la calle.

Yo: Tienes razón, mejor debería revisar si sí puse la alarma. Ya estoy segura de que está puesta ya me voy a dormir.

Ella: ¿Pero qué si no suena? No la pusiste bien. ¿Estás segura de que va a sonar?

Yo: No, no estoy segura, pero mejor me levanto a revisar de nuevo.

En la preparatoria fue cuando empecé a pensar que había algo verdaderamente mal conmigo. Sentía un odio terrible hacia mi persona. ¿Por qué hacía todo el tiempo actividades sin sentido? ¿Por qué contaba? Por qué hacía tantas secuencias? ¿Por qué tenía que tocar ciertas cosas para sentirme mejor? Por qué pensaba en cosas tan tontas y exageradas? ¿Por qué no podía filtrar las imágenes terribles que pasaban por mi cabeza por días enteros?



¿Por qué eres así? ¿Por qué no puede ser normal? Me preguntaba eso todo el tiempo.

Estaba cansada de siempre oír esa vocecita y no poder hacer nada para callarla. Sentía que “ella” me tenía encerrada en una jaula. Y creía todo lo que me decía. Estaba segura de que yo no era suficiente, de que no valía nada, de que era un fracaso, y que todo era mi culpa, aunque no tuviera nada que ver conmigo.

Ideas como, “si no salvas el mundo no vales nada”, o “si no resuelves los problemas de todos eres una fracasada” y “todo es tu culpa, los problemas del mundo entero son tu culpa, y mereces sufrir por eso”.

Todo esto se presentó con mareos constantes, bolas de estrés en la espalda, problemas de respiración, dolores musculares, insomnio, desórdenes alimenticios. Y con los años, sumado de eventos específicos que desarrollaron aún más estas ideas y hasta nuevas, las obsesiones aumentaron, al igual que las compulsiones. Cada vez era más difícil salir de la casa, de convivir con las personas. El solo imaginarme lo que podría pasar, me convencía de que la mejor idea era quedarme debajo de las cobijas, donde estaría segura. El miedo era cada vez peor. El pánico nunca se iba. Ahí estaba siempre. Y a donde volteara “ella” estaba a mi lado.



Ya no podía soportar esa voz. Cada minuto, y cada momento del día estaba ahí. Juzgando todo lo que hacía. Criticando cada movimiento.

Llegó a un punto en donde dejé de dormir. Duraba horas haciendo patrones, contando y haciendo trazos específicos. Estaba viviendo solamente en mi cabeza y repitiendo los escenarios que producía sin voluntad en donde cosas terribles me iban a suceder a mí y a mi familia. Duraba noches sin dormir porque estaba segura de que tenía una enfermedad como cáncer. Sino simplemente repetía eventos triviales y los descomponía durante horas sin objetivo alguno, pensando en qué pudo haber salido diferente, y qué pude haber hecho yo para cambiar el desenlace. No podía de dejar de repetir, no sabía por qué. El cansancio era terrible. La vida se volvió tortura.

Y no podía decírselo a nadie porque “ella” me tenía convencida de que me merecía todo ese sufrimiento. Quería gritar, quería llorar, quería que alguien lo supiera; pero el miedo era demasiado fuerte. Entonces, entré en depresión. Dejé de comer. Dejé de intentar. Dejé de hacer un esfuerzo de pelear contra “ella” y simplemente dejé que me consumiera. La dejé hacer lo que quisiera. Y toqué fondo.

El 13 de abril del 2015 fui diagnosticada con trastorno obsesivo compulsivo. Ese momento cambió mi vida por completo. Había una razón detrás de esa voz que tanto detestaba. Existía ayuda. Tenía posibilidad. Había esperanza.

La mayoría de las personas asocian el trastorno obsesivo compulsivo (TOC) con el querer tener todo limpio y acomodado. Sino, piensan que es algo relacionado con la fobia hacia los gérmenes. También existe el repetido ejemplo de la persona que tiene que tener todo en orden simétrico y que si le mueves algo su mundo se sale de control. Sin embargo, el TOC es muchísimo más complicado que eso.

También veo a otros burlarse de esta enfermedad porque a ellos mismos les gusta organizar su ropa en orden y tener su cuarto recogido. Veo también fotos y cuestionarios en internet que tienen títulos como “Qué tanto TOC tienes?”, seguido de imágenes sobre sopas de letra desordenadas y de M&M's organizados en diferentes colores.


Sin embargo, el TOC no es un juego, no es una preferencia, es una condición que llega a definir por completo la vida entera de una persona, volviéndolo completamente disfuncional si llega a extremos. Personas con este trastorno tienen pensamientos e ideas, también conocidas como obsesiones, que provocan un nivel de ansiedad no manejable, y por lo tanto, la manera en la que intentan deshacerse de ella es a través de compulsiones (contar, limpiar, hacer secuencias, etc.) Sin embargo, estas compulsiones solo dan alivio a corto plazo, y al final terminan alimentando aún más a las ideas obsesivas, volviéndolo un círculo vicioso.

Los síntomas más comunes son el miedo excesivo a los microbios, necesidad de que haya orden, pensamientos prohibidos, el tener que verificar acciones y el conteo excesivo. Sin embargo, los miedos de cada persona son completamente diferentes. La diferencia que tiene alguien con tendencias algo obsesivas contra una persona con TOC es que esta no es capaz de controlar sus pensamientos ni sus acciones, y pasa la mayoría del tiempo consumido por estas ideas, volviendo su vida cada vez más miserable.

El trastorno obsesivo compulsivo es una condición de por vida. Es una lucha de todos los días. Cada momento es un reto, un esfuerzo de no dejarse consumir por el abismo de posibilidades que mi cabeza puede inventar. Sin embargo, es una vida de altas y bajas. Un día puede que sí sea funcional, y al día siguiente entro en un episodio obsesivo tan fuerte que no puedo hacer absolutamente nada.

En este mismo momento que estoy escribiendo, “ella” me está diciendo que todos ustedes van a pensar que estoy solo estoy haciendo esto por atención, que quiero que tengan lástima y me traten diferente, y que estoy exagerando.

Pero el hecho de que existe la posibilidad de que alguien que esté en la misma situación en la que estuve yo hace un año lea esto es lo que me motiva a dejar por un lado los miedos del “qué dirán”. Yo misma he podido salir adelante tras escuchar los testimonios de otros que pasaron lo mismo que yo, que siguen viviendo y que han sido capaces de salir adelante, sin importar lo dura que ha sido la lucha.

Todo lo que he compartido hoy es meramente una introducción a lo que es vivir con esta condición. En verdad, para mí es difícil ponerlo en palabras, porque la mayoría del tiempo  ni yo entiendo qué es lo que me está pasando ni por qué. Y luego existe otro factor: la falta de información que las personas tienen sobre las enfermedades mentales y el tabú que gira alrededor de ellas.
Poco después de que empecé a compartir mi condición con los demás, otros compartieron conmigo también sus historias. Tenía tanto miedo de que me juzgaran y que se alejaran de mí, pero lo que pasó fue increíble: me di cuenta que todos han sido afectados ya sea directa o indirectamente por una enfermedad mental. Y me di cuenta que si uno tiene el valor de empezar el diálogo, las personas van a entablar la conversación.

Espero que el compartir mi experiencia y la forma en la que esto ha afectado pueda ayudar a cambiar la perspectiva que se tiene sobre enfermedades mentales y a inspirar a alguien de tomar la iniciativa de buscar la ayuda que necesita.

"Ella y yo"

Gracias y hasta pronto.


jueves, 2 de junio de 2016

"No puedo imaginarme descendiendo derrotado de la montaña".  George Mallory


Muchas personas me preguntan por qué subo montañas. La verdad es que yo misma me hago esta pregunta todo el tiempo. Llega un punto en que me cuestiono si estoy loca por querer arriesgar mi vida de tal manera  y de someterme a tantos retos emocionales. La verdad es que subir montañas no puede ser descrito en palabras. Es una sensación de libertad única e incomparable. Estar en la montaña te da una paz interior que no sentirás en ningún otro lado. Sin embargo, lo que sí puedo compartirles es lo que he vivido y aprendido en el poco tiempo que llevo haciendo esto. A continuación, les platico lo que la montaña me ha enseñado.



1. Creer en mí misma 
La montaña, sin importar cuál, sin importar cuántas hayas subido, siempre va a presentarte un reto, o por lo menos así ha sido para mí. En mi experiencia, el reto puede ser físico, como cuando te das cuenta que faltan horas, o cuando crees que estás a punto de llegar a la cumbre pero no es así, como cuando tus piernas ya no ceden y crees que vas a caer desmayado en cualquier segundo. El reto también puede ser mental, por ejemplo, cuando el único pensamiento en tu mente va algo así como: “ya no puedo más, no voy a poder llegar, no puedo hacerlo”.

Todos los que hacemos montaña nos hemos encontrado alguna vez en una de estas situaciones. Y lo más gratificante es ese momento en el cual el siguiente paso que das es en la cumbre, donde el resto del mundo se desenvuelve a tus pies. Esta es una sensación incomparable de victoria y paz, pues logras lo que pensaste que no podrías hacer, y te demuestras a ti mismo que eres capaz de hacer eso y todo lo que te propongas si así lo quieres. Te das cuenta de que, a pesar que no fue fácil, y a pesar de que te costó muchísimo esfuerzo, eres capaz de hacerlo, sin importar todos esos momentos en que pensaste todo lo contrario.

El vivir esto cada vez que decido salir a alguna montaña me ha dado la oportunidad de aprender a creer en mí misma, y a  tener la fortaleza de dar el siguiente paso cuando mi cuerpo y mi mente solo quieren detenerse y dar la vuelta. Y no solo en la montaña, sino en todos los aspectos de mi vida. Cuando me encuentro en una situación en la que pienso que no podré completar o llevar a cabo alguna tarea a cabo o alcanzar “x” meta, recuerdo los momentos en los que estaba en medio de la nada, rodeada de árboles y pensamientos negativos, pensando exactamente eso mismo. Y encuentro la fortaleza  de seguir en el hecho de que sí pude hacerlo.


2. Un error es solo un error
Las primeras montañas que subí fueron las más difíciles. Sin embargo, lo que más me hacía sufrir, al principio, eran las bajadas. No sé qué pasaba con mis tobillos, pero no eran lo suficientemente fuertes para sostener mi cuerpo. Me caía todo el tiempo, tanto que mis compañeros inventaron un juego que consistía en contar cuántas veces se caía cada uno de nosotros. Yo siempre ganaba, por supuesto.

Tantas caídas no fueron en balde. Aparte de fortalecer mi cuerpo y aplicar técnicas de bajada,  estar en el piso y levantarme me enseñó que no pasaba absolutamente nada. No sé por qué tenía tanto miedo de caerme. Lo veía como un error y me reclamaba constantemente por no hacer las cosas bien. Sin embargo, tanto regaño no sirvió de nada porque seguía cayéndome. No me quedó otra opción más que aceptar que lo único que podía hacer era levantarme y seguir caminando.

Empecé a aplicar esta filosofía al resto de las situaciones de mi vida cotidiana. Solía tomarme en serio cada error y cada fracaso tan a pecho que no era capaz de disfrutar mis logros y victorias. La montaña me enseñó a dejar ir los errores, me enseñó que no importa lo mala  o terrible que sea una situación, lo mejor que puedo hacer es levantarme y salir adelante.



3. Conocerme
Antes de empezar a subir montañas, pasaba todo el día preocupada y totalmente inmersa en situaciones triviales como calificaciones, tareas, responsabilidades que yo misma me inventaba, escenarios que creaba en mi cabeza y que nunca sucedían, y en personas que solo perdían mi tiempo. Aún más con el uso del celular; no me dejaba en paz esa necesidad de checar mensajes y estar al corriente con lo que mis amigos publicaban.

En la montaña no hay nada de eso. Solo somos ella y yo. El tiempo se detiene, y todas mis responsabilidades también. Al estar presente en esta soledad, me di cuenta que ya no me daba el tiempo de reflexionar sobre mi persona. Había dejado de ser mi prioridad. El estar sola con mis pensamientos me obligó a enfrentarme, a conocerme, a valorarme, y lo más difícil de todo, a quererme. Aprendí a escuchar a mi cuerpo, aprendí a ser honesta en lo que en verdad quería, y aprendí a aceptar mis errores.

La montaña se convirtió en mi lugar sagrado de meditación, donde tomo decisiones importantes con la mente clara y despejada, sin prisa y sin ansiedad.



4. Superar mis miedos
Como mencioné anteriormente, cada montaña presenta un reto. El lugar en donde he sentido más miedo, hasta la fecha, es en la montaña. Especialmente la primera vez que tuve que caminar en una cresta con un vacío infinito rodeándome. O esa vez que no sé ni cómo me atreví a aventarme al agua desde una altura de 14 metros. O la primera vez que hice rapel. Todas estas veces, y las sigue habiendo, lo único que quería hacer era llorar. Algunas veces sí lo hice. Lloré pensando que nunca lo lograría. Sentía que no podía respirar y que alguien tendría que rescatarme porque no podría hacerlo sola. Y sin embargo, todas estas veces pude lograrlo. Superé mis miedos y me superé a mí misma. Logré hacer cosas que nunca pensé que haría.

De nuevo, empecé a aplicar esta forma de pensar a las situaciones que se me iban presentando en la vida. ¿Por qué me preocuparía por una mala calificación si la preocupación y el miedo que sentí haciendo ese rapel no tenía comparación alguna? ¿Por qué me estresaría o perdería mi tiempo siento negativa por alguna circunstancia de mi trabajo cuando no puedo ni explicar el nivel de ansiedad que sentí cuando la piedra se movió mientras caminaba sobre la cresta? En la montaña he vivido tantas emociones que me he dado cuenta que no vale la pena darle importancia a situaciones pequeñas e insignificantes que si dejas que te afecten, te pueden llegar a consumir por completo sin que te des cuenta. Y creanme, desde que hago esto, mi vida es 100 veces más sencilla. Hay peores situaciones en las que uno se puede encontrar, entonces para qué desgastarse en lo que verdaderamente no tiene importancia.



5. Ser humilde
Todos los que están leyendo esto tienen baño, suelen comer en restaurantes, tienen una cama y cuarto donde dormir, y más ropa de la que necesitan. Me incluyo en este grupo. Sin embargo, en la montaña no hay nada de esto. En la montaña tampoco importa cuánto dinero tengas, o cuántos títulos hayas obtenido, pues en comparación a la grandeza de la naturaleza, tú solo eres un ser humano común y corriente.

Una de las lecciones más grandes que la montaña me ha enseñado es la humildad. En mis primeras salidas me obligaba a aguantarme las ganas de ir al baño durante todo el día. El simple hecho de pensar en bajarme los pantalones y hacer mis necesidades en la intemperie me quitaba las ganas. Sin embargo, un día tuve que hacerlo, y la verdad, no estuvo tan mal. Mi grupo y yo ahora lo tomamos en broma, y describimos este acto como nuestro contacto con la naturaleza. Lo mismo pasa con la comida. No nos podemos dar el lujo de llevar la comida más elaborada, de comer con platos, o de comer comida caliente, sino todo lo contrario. Sin embargo, comes con gusto, y es tal el esfuerzo que has hecho, que la comida sabe a gloria. Y el estar en la cumbre, viendo una vista impactante, y rodeado de personas increíbles con las que puedes compartir historias y sonrisas, hace que valga la pena.

Después está la dormida. A muchas personas les da miedo acampar por los animales que hay o por la incomodidad de la experiencia. Pero una vez que lo haces, te das cuenta que no necesitas todas las cosas que tienes para estar satisfecho. Te das cuenta que con una lata de atún y una casa de campaña, puedes ser más feliz que comiendo en los restaurantes más caros el resto de tu vida. Aprendes a apreciar y a valorar demasiado ese momento en el que puedes llegar a bañarte en una regadera o dormir en tu propia cama o ponerte ropa limpia. Al vivir esto, empecé a dejar ir las cosas, pues aprendí es que las cosas que tengas no tienen valor al menos que estés con las personas correctas para compartirlas y disfrutarlas.


6. Las verdaderas amistades
La montaña no sería igual sin las personas correctas a tu lado. He tenido la oportunidad de vivir todas experiencias con un grupo de personas que no solo son mis compañeros, sino mi familia. El estar con personas que solo quieren lo mejor para ti y que se esfuerzan y buscan que crezcas, es uno de los mejores regalos que la vida nos puede dar. Estas personas no piden nada a cambio, simplemente te felicitan y se emocionan junto contigo cada vez que superas un reto o logras superar tus miedos. Son personas que te dan ese aliento de motivación en el momento en el que quieres darte por vencido. Son personas que a pesar de haberte visto en tus peores condiciones, están ahí sin importar qué. Son personas que te toman de la mano mientras lloras. Y te das cuenta que junto con estas personas, eres capaz de lograr mucho más cosas que si lo intentaras hacer tú mismo.

Si quienes están leyendo esto han tenido la oportunidad de estar rodeados de seres humanos de este tipo, les ruego que nunca los dejen ir. Me di cuenta que en mi vida había personas que hacían todo lo contrario, que me hacían sentir mal de mi misma, y constantemente me pisoteaban. Si alguien no aporta algo positivo en tu vida, no tiene que ser parte de ella.
Aprendí que soy yo misma y soy mi versión más feliz rodeada de personas que sacan lo mejor de mí.






Esto, en resumen, es un recuento de las maravillosas experiencias que he vivido subiendo montañas. Ha sido difícil, ha sido cansado, pero lo volvería a hacer. No te quedes con las ganas, sube esa montaña simplemente porque puedes, y te aseguro que no te arrepentirás. Como dijo John Long, la cima es solo la mitad del camino.



 
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