lunes, 11 de mayo de 2015

Cada segundo, un ser humano en el mundo intenta cometer suicidio. Cada 40 segundos, uno de ellos lo logra.

Según la “Organización Mundial de la Salud”, cada año se suicidan casi un millón de personas. A pesar de estas estadísticas tan drásticas, la prevención del suicidio es una necesidad que no se ha abordado a falta de conciencia sobre la importancia de este problema y debido al tabú tan fuerte alrededor de este que provoca que no se hable abiertamente sobre el tema.

            La percepción que la sociedad tiene del suicidio ha evolucionado con el tiempo. En la antigua Grecia, el suicidio era visto como un acto de honor; como una expresión de arte a su máximo nivel. En China, también se consideraba un acto de honor y lealtad. En Japón, se realizaba esta acción a través de una ceremonial, motivada por una expiación o derrota. No fue hasta los tiempos de la Edad Media que surgió una mentalidad que rompió con las ideas anteriores y convirtió al suicidio en tabú, provocando la prohibición absoluta de este. Hasta hace aproximadamente 40 años, los católicos que cometían suicidio no tenían el derecho a ser enterrados en un cementerio, pues la Iglesia creía que el hombre no podía cambiar un destino que estaba solo en las manos de su dios.
En la actualidad, el concepto de suicidio ya no está ligado con la concepción de un crimen o pecado, sino que ha sido estudiado desde un punto de vista médico y social, resultando en el producto de un síntoma o enfermedad. Sin embargo, el tabú que rodea esta palabra no ha perdido su fuerza. A pesar de que existe una conciencia de que el suicidio está ligado con problemas tales como depresión y pérdida del sentido de la vida, la sociedad considera que el suicida es una persona cobarde que no pudo enfrentar sus miedos y prefirió tomar la salida fácil.

Esta mentalidad provoca que muchas personas que están teniendo pensamientos negativos hacia sí mismos tengan miedo de pedir ayuda o de hablar con alguien de cómo se sienten porque no quieren ser juzgados. Solemos hablar de lo que nos enoja y discutir sobre lo que no estamos de acuerdo, sin embargo, no acudimos a nadie cuando se trata de hablar de nuestros sentimientos más profundos, pues tenemos una inquietud muy grande de no ser escuchados o entendidos.
Si acudiéramos con personas capacitadas desde el principio no llegaríamos a un estado mayor, como por ejemplo, a una depresión profunda. El que alguien cometa suicido está directamente relacionado con su estado emocional. Hay gente que está triste o melancólica, y clasificamos su condición con expresiones como “está deprimido”. Sin embargo, esta etiqueta genera confusión, e influye en el momento en que la persona decide solicitar ayuda, pues esta no identifica los síntomas más comunes de un estado depresivo.
Puede ser que nos sintamos tristes por situaciones como el reprobar un examen o porque nuestro equipo favorito perdió la final de fútbol. Generalmente, en estos casos se nos olvida lo que pasó después de algunos días y continuamos como si nada hubiera ocurrido. El problema está cuando esta condición se prolonga más de 5 o 6 semanas y no se le da seguimiento.
Se le realizó una entrevista a José Luis Montes, psicólogo del Instituto Tecnológico de Monterrey, con el fin de entender este problema más a fondo. Comenta que hay ciertos parámetros que indican que una persona está deprimida. El estado depresivo se conforma de diferentes elementos, por lo general: tristeza, pérdida de interés en lo que antes le interesaba y hay una disminución clara en la actividad. Para este tipo de depresión existe una causa concreta, como por ejemplo, la muerte de un ser querido, un fracaso, una enfermedad, entre otras razones. Cuando se presenta una de tendencia de este tipo, se le puede dar seguimiento de diferentes maneras, como por ejemplo, con terapia psicoanalítica o terapia conductivo conductual. Una vez que se detecta el disparador del estado de animo, es mucho más fácil darme combatir el problema.
Sin embargo, es importante distinguir entre esta depresión y la que surge por sí sola. Cuando uno no sabe de dónde vienen los sentimientos de tristeza y tiene pensamientos negativos reiterados tales cómo “nada tiene sentido o “ya no puedo...”, es importante acudir de inmediato con ayuda profesional. En muchos casos, el problema está relacionado con una condición neuronal y se puede tratar con soporte bioquímico y por medio de terapias.

Antonio de Luna, un joven estudiante de 20 años, es sobreviviente de un intento suicida. Comparte que desde que estaba en la secundaria empezó a sufrir problemas de depresión y ansiedad. El ambiente en su casa era tenso; su padre sufría problemas mentales y peleaba con su madre frecuentemente. Antonio se empezó a retraer; la ansiedad iba aumentando cada vez más. Después empezó a dejar cicatrices en su piel.  La situación se agravó cuando entró a preparatoria: los pensamientos suicidas eran abrumantes y su nivel de ansiedad estaba por los cielos. Hablaba con sus amigos sobre cómo se sentía; les contaba que se sentía triste, que le interesaba la muerte. Sin embargo, nadie se hubiera imaginado que intentaría hacer algo aparte de divagar sobre la muerte. Ocho meses después, atentó contra su vida.
 Según José Luis Montes, cuando alguien empieza a explicarnos cómo se siente, los demás tendemos a minimizar sus sentimientos e ignoramos la gravedad de la situación haciendo comentarios como “anímate, no pasa nada” o “todo va a estar bien, no te preocupes”. Hay que saber distinguir entre tristeza y depresión, y ahí es cuando es necesario atender la situación.
No es sencillo para nadie tratar con una problemática. Sin embargo, si vemos que alguien se rompe la pierna, lo más lógico que haríamos es ayudarlo a caminar y llevarlo a un hospital. Entonces por qué nos paralizamos si alguien nos dice “me siento triste y tengo pensamientos suicidas”. Precisamente por el tabú que rodea la palabra “suicidio”, las personas se sienten intimidadas por las cuestiones relacionadas a la salud mental. Esto afecta directamente a la persona que está teniendo pensamientos negativos reiterados, pues como nadie intenta ayudarlo, se va hundiendo a tal punto que es muy probable que llegue a un punto de tanto sufrimiento que decide quitarse la vida.  
Antonio pensaba que si moría, ya no se sentiría triste. Pensaba que aunque  cumpliera 70 años y lograra cosas en su vida, no significaría nada a largo plazo. ¿Qué caso tenía entonces vivir?
Para poder combatir el problema, es necesario entenderlo. Cuando una persona habla de suicidarse, lo que en verdad está haciendo es pedir ayuda. Una persona en un estado muy profundo de depresión ni siquiera tiene las energías para quitarse la vida. José Luis Montes comenta que cuando la persona no habla de ello, es muchísimo más peligroso. Generalmente está muy reflexiva durante un periodo de tiempo, empieza a hablar de la muerte y suele despegarse de cosas que antes eran muy personales para ella. Los casos de suicidio exitosos han presentado primero una etapa depresiva y de desapego seguida de una de felicidad  y tranquilidad.  Entonces, ¿por qué se suicidaron si parecía que estaban mejorando?  Cuando el suicida toma la decisión de quitarse la vida, está tranquilo porque ha encontrado la solución a sus problemas y siente paz por el hecho de que pronto dejará de sentir dolor.

Antonio no podía dejar de pensar en que su vida era un terrible desastre. Acababa de chocar su carro. La niña que le gustaba lo acababa de rechazar. Su ansiedad estaba en el punto máximo. El 5 de abril del 2011 fue el día que decidió atentar contra su vida.  Antonio tenía solo 16 años. Estaba en el salón de clases cuando tomó la decisión. Había roto un escritorio por accidente. Esa fue la gota que derramó el vaso.
Ese día, su madre y su hermano saldrían de viaje. A su papá lo acababan de operar, por lo que estaría todo el día reposando. Era la oportunidad perfecta para terminar con el sufrimiento de una vez por todas. Volvió a su casa a despedirse de su mamá y su hermano. Robó una navaja de la biblioteca de su padre y tomó un cuchillo de la cocina. Después, subió a su cuarto y escondió ambas armas debajo de su almohada.
Es importante tomar en cuenta que matar a un ser humano no es fácil. Menos fácil es matarse uno mismo. Tenemos un instinto de supervivencia que se enciende cuando nos encontramos en una situación extrema de peligro. Si esto es un hecho, entonces ¿por qué siguen habiendo tantos suicidios en el mundo? Porque el suicido se lleva a cabo una vez que el individuo tiene un quiebre psicótico, provocando que llegue a un grado máximo de locura.  Pongamos el siguiente ejemplo: si una persona tiene un episodio esquizoide y empieza a ver alucinaciones se puede suicidar. Si está bajo la influencia de alguna droga como heroína o metanfetaminas, se puede cometer el acto tranquilamente una vez que pierde la noción de la realidad.
Antonio esperó a que su padre estuviera dormido para iniciar su plan. Bajó a la cocina y tomó dos cajas de sus antidepresivos. Se encerró en su cuarto.  Entró al baño, vertió las pastillas sobre su mano y se las tomó de un trago. Al hacer esto, sintió calma.  Sintió que estaba realizando algo importante. Sintió felicidad. Sintió adrenalina.
Se desvistió por completo y se metió a bañar con agua hirviendo con el fin de que fluyera su sangre más rápido. Después, tomó el cuchillo y la navaja e intentó cortarse las venas de sus muñecas. Sin embargo, por más fuerza que ponía, su piel no sangraba. No lograba encontrar la vena para terminarlo todo.  Antonio sentía desesperación, no se podía cortar, tendría que encontrar otra solución. Llevó la navaja a su yugular. El cuchillo no cortaba su piel. El agua seguía corriendo. Entró a al regadera y se sentó a esperar a que la vida saliera de su cuerpo. En ese momento, empezó a dudar. ¿Qué si las pastillas no hacían efecto? No había sido capaz de cortarse. Su plan había sido un fracaso. Ni siquiera pudo lograr matarse.  
A pesar de algunos patrones que se presentan, el suicido es imposible de generalizar. En unos casos se puede presentar una estructuración, donde el suicida va planeando a detalle la forma en la que lo va a hacer. Por otro lado, está el suicidio espontáneo, el cual es mucho peor pues no presenta tendencia alguna. Puede suceder que la persona va caminando por la calle y en eso tiene un quiebre psicótico y decide atravesarse frente a un carro. Todo depende de la persona. Lo único que todos los casos de suicidio tienen en común es que el punto en que el individuo toma la decisión, este ya no está consciente de lo que es irreversible.
En eso, sonó su celular. Era su mejor amiga. Antonio contestó. Ella le preguntó si estaba bien. Antonio se preguntó cómo es que ella supo que algo estaba pasando. Sin embargo, le mintió y le dijo que no había de qué preocuparse. Ella lo presionó hasta que él le confesó lo que hizo. Ella le rogaba una y otra vez que le dijera a su papá, que pidiera ayuda. Antonio estaba preocupado por lo que dirían al darse cuenta que no pudo suicidarse. Estaba seguro de que lo regañarían. En eso, empezó a sentir sueño. Se acostó. Le dijo a su mejor amiga que le diría todo a su papá en la mañana. Empezó a sentir una tranquilidad aterradora; las drogas habían hecho su efecto. Apagó su teléfono y cerró los ojos. Despertó la mañana siguiente en el hospital; alguien había salvado su vida.
José Luis Montes también menciona que muchos de los suicidas realmente no se dañan en el acto, pues ellos ya sufrieron anteriormente. El objetivo es dañar a otros con sus actos con el fin de que vivan el resto de sus días culpándose.
            Antonio quería ser recordado, se quería sentir como un mártir. Su meta era que la gente se sintiera culpable, que todos pensaran que debieron ser más lindos con él, que lo debieron de haber tratado mejor. Quería ser recordado como un “pobre genio incomprendido”.   Sin embargo, por razones que aún no se puede explicar, la vida le dio una segunda oportunidad.
El que alguien se suicide trae consigo numerosas consecuencias. Las familias del suicida se destruyen por completo. Se preguntan constantemente “por qué”, y el sentido de culpa es muy grande. Si los suicidas vieran cómo terminaría su familia, algunos la pensarían dos veces. El daño dura años, toda la familia requiere ayuda…sobre todo por los “no me di cuenta”, “yo pensé que..”. Es una situación muy difícil de superar.
Los padres de Antonio estaban devastados. El sentimiento de culpa que sentían era incomparable. Su padre quería culpar a los demás, no quería aceptar la realidad. No fue hasta que su esposa le gritó que era necesario que se diera cuenta que era su culpa que decidió aceptar la realidad. 

Antonio recibió muchas visitas en el hospital, sin embargo, se daba cuenta que todos lo trataban con lástima. Las conversaciones con los demás eran incómodas, nadie sabía qué decirle. Aparte, toda persona con la cual que entablaba algún tipo de contacto miraba con horror las cicatrices que había tallado en su piel. Él quería hablar con sus amigos como antes, pero al parecer todo había cambiado. Antonio estaba enojado con las personas por tratarlo tan bien, quería que todos simplemente dejaran de fingir. Eventualmente, pasó el tiempo y Antonio dejó de ser el centro de atención. Todos continuaron con su vida, y Antonio decidió hacer lo mismo.

La historia de Antonio es un ejemplo de lo que muchas personas están viviendo en la actualidad. Mientras estás leyendo estas palabras, alguien acaba de morir a causa de suicidio. Ese alguien podría ser tu hijo, tu padre o tu mejor amigo. Vivimos pensando que fenómenos como este le ocurren a otras personas, pero no a nosotros. Sin embargo, las estadísticas dicen todo lo contrario. Debemos empezar a hacer diálogo con los demás sobre este tema, y más importante aún, verdaderamente aprender a escuchar  lo que las personas alrededor de nosotros nos intentan comunicar.

Antonio actualmente está cursando su cuarto semestre de la carrera de “Ingeniería en ciencias computacionales”. Comparte que si ahorita tuviera la oportunidad de hablar con el Antonio de hace 4 años, le diría que las cosas mejoran, y que aunque sienta que es el problema más grande de la vida, tiene que afrontarlo con calma. Le diría que le gustaría enseñarle dónde está ahorita, enseñarle que está sano mentalmente y que tiene buenos amigos. Le diría que salió adelante, y que aunque parezca imposible en ese momento, la vida continua y los problemas se terminan. Le diría que es feliz.


Vivimos en una sociedad que valora lo superficial por encima de lo espiritual. Las personas han dejado de conectar entre sí mismas y por lo tanto han dejado de escuchar. Nos dejamos presionar innecesariamente por ideas como el “debo tener cierto peso”, “debo tener cierto celular”, “debo ser exitoso”, y los sentimientos los hemos arrumbado por completo en un cajón.
Debemos entender que el suicidio no es simplemente una “salida fácil”, ni tampoco una forma de escapar de los problemas. Es un acto que se comete cuando una persona ya no es capaz de ver otra opción de tan grande que es su sufrimiento. El hablar abiertamente sobre esta problemática es el inicio de una larga trayectoria hacia el cambio de mentalidad de una sociedad entera. Las personas que viven día a día sin un propósito necesitan urgentemente este cambio. Hagámoslos sentir que está bien hablar de cómo se sienten, hagámoslos sentir seguros de compartir con nosotros sus pensamientos. Hagámoslos perder ese miedo a ser juzgados. Hagámoslos saber que no tienen nada de qué estar avergonzados. Tú y yo tenemos el poder de salvar una vida. Entonces, ¿qué estamos esperando?
  
Agradecimientos
Se le agradece al psicólogo José Luis Montes por compartir sus conocimientos sobre este tema tan delicado y por ayudarnos a tener una perspectiva más clara y objetiva sobre la forma en la que se le debe de dar seguimiento a esta problemática. Un agradecimiento muy grande también para Antonio de Luna por compartir su historia con nosotros, una historia que le da esperanza a muchos otros que están pasando por esta misma situación y que con su testimonio demuestra que las cosas en realidad sí se ponen mejor. Gracias por recordarnos que la vida sigue, y que siempre después de una tormenta, llegará la calma.

































lunes, 26 de enero de 2015

Solía ponerme a pensar seguido en cómo reaccionaría si un día estuviera caminando en la calle y alguien me tomara por desprevenida y me intentara asaltar. Pensaba en las diferentes historias que había oído alguna vez y en la forma en la que habían manejado ese tipo de situación; algunos me contaron que se quedaron en un completo estado de shock , otros que salieron corriendo, otros que se defendieron de su asaltante.

Tantas reacciones me hacían imaginar que estaba en los zapatos de estas personas valientes; me veía corriendo, defendiéndome, quedándome congelada. Sin embargo, creo que nunca pude definir en verdad la forma en la que reaccionaría en caso de verme enfrentada con un asaltante, porque como todos dicen, nunca sabes como vas a reaccionar en ese momento. 

Para todas las personas que se suelen hacer este tipo de preguntas de forma frecuente, les quiero decir lo afortunados que son por estar del lado de los que preguntan y no del lado de los que salieron de ello  y ahora continúan contándoselas a sus familiares y conocidos. Desafortunadamente,  me encuentro en este instante escribiendo esto con el fin de contar mi experiencia, y si es posible, lograr dejarlo en el pasado.

En fin, el 23 de enero de 2015 me asaltaron. Todo pasó demasiado rápido; iba caminando por la calle, detrás del cine,  cuando sentí a alguien que venía detrás de mí. Volteo, veo a un chavo de mi edad , aproximadamente, caminando detrás de mí. Venía bien vestido; chamarra de cuero, camisa blanca de vestir, peinado, como si fuera en camino a una fiesta.

En ese momento no pensé nada malo. Venía a una distancia razonablemente alejada de mí; y yo muy inocentemente pensé que simplemente íbamos caminando por la misma ruta. Claro, estos pensamientos pasaron por mi cabeza en 10 segundos y fueron interrumpidos cuando esta persona se me lanzó, me agarró por atrás, me tapó la boca y me aventó contra un carro. Primera lección aprendida: nunca confíes en las primeras apariencias.

Todo pasó tan rápido que no tuve ni tiempo de reaccionar. Recuerdo ver a mis alrededores: todo estaba oscuro, estábamos solo nosotros dos en la calle y me tenía detenida contra un carro prohibiéndome gritar o hacer algún tipo de movimiento. La situación en mi cabeza apuntaba solamente a una cosa: iba a ser violada.  

Para mi sorpresa, escucho que esta persona me habla directo al oído con una voz repugnante y me dice: “Mamacita, yo me voy a llevar tu celular.” Les voy a ser honestos, desde este momento casi no recuerdo nada más que el hecho de que mi cuerpo se empezó a consumir por una furia que nunca antes había sentido.  No puedo explicar lo enojada que me sentía; era tal grado que en me sorprendí a mi misma de las emociones tan fuertes que empecé a percibir. No tengo idea de qué hice, solo sé que de la nada tomé conciencia de que me estaba defendiendo. Sin embargo, en mi cabeza nunca estuvo la idea de que me debía defender; en mi cabeza no existía nada más que enojo. No hubo tiempo para la lógica. 

Segundos después me encontraba frente a frente con mi asaltante. Nos quedamos parados, viéndonos fijamente a los ojos durante los segundos más largos de mi vida. Mi furia había aumentado aún más; no sé ni cómo tuve el valor de pararme firmemente frente a él y verlo directamente a los ojos. En ese momento estaba retando a mi asaltante, retándolo a que me atacara.

Y ahora fue él el que se quedó en shock, fue él el que se quedó congelado, fue él el que no se pudo defender. Fue ahí cuando recobré la conciencia. Pensé: estoy detrás del cine, son las 8:30 de la noche, estoy segura que hay gente a metros de distancia que me puede escuchar. Y con todas las fuerzas que tuve, aún viéndolo directamente a los ojos, grité como nunca he gritado. Mientras gritaba sentía como si fuera otra persona quien estaba en mi cuerpo peleando por su vida y defendiéndose sin importar las consecuencias.

Creo que el grito que  produje alimentó mi enojo aún más porque en ese momento ya no sentí miedo,  no sentí pánico, no sentí desesperación, solamente furia en su estado más puro. Me convertí en alguien más, alguien que no sabía que existía en mi interior, alguien fuerte y valiente que no iba a permitir que un idiota me dejara traumada por el resto de mi vida solo porque le parecí presa fácil.
 Al terminar de gritar, fui yo quien atacó a mi asaltante. Fui  yo quien tomó el impulso y se aventó contra él. Fue él quién corrió, no yo. Fue él quien se intimidó, no yo. Fue él quien escapo, yo no. Y fue él quién fue derrotado, no yo.

Al encontrarme de nuevo, sola, en medio de una calle oscura, me di cuenta que había un pickup con dos hombres adultos saliendo del estacionamiento del cine viendo todo, viendo cómo me atacaron, viendo cómo me defendí y viendo cómo mi asaltante escapó. Viendo fijamente, como si fuera otra película como la que acababan de ver, como si no tuvieran la obligación de ayudarme. Creo que esto fue lo que más me decepcionó, me decepcionó todavía más que la persona que se quiso aprovechar de mí solamente porque se le hizo sencillo.

Claro, así como no sabes cómo vas a reaccionar cuando te asaltan, tampoco puedes saber cómo vas a reaccionar cuando eres el testigo de tal ataque. No los culpo; yo tampoco sé qué hubiera hecho. Sin embargo,  en ese momento en verdad necesitaba ayuda.  ¿Qué si mi asaltante hubiera traído un cuchillo o una pistola? Tuve suerte que no fue un desgraciado a quien no le hubiera afectado matar a alguien a sangre fría solo por sacarle dinero, que no fue alguien que hubiera de paso abusado de mí sexualmente. Tuve demasiada suerte de que pude salir de eso sola.

Pero si no hubiera sido así,  tal vez hubiera perdido mi vida, y estoy casi segura que los dos hombres del carro se hubieran quedado pasmados viendo, tal como lo hicieron cuando me atacaron, sin tener la valentía de hacer algo por un ser humano en peligro.  Segunda lección aprendida: las personas no siempre van a actuar de la forma en la que esperamos.

 Es en estos actos donde la crueldad del ser humano es reflejada; es con estos actos que uno pierde la fe en la humanidad. Sin embargo, no por estas personas voy a dejar que mi vida se detenga. No por esta personas voy a salir todos los días de mi casa con miedo. No por estas personas voy a dejar de confiar en los que me rodean. No por estas personas me voy a dar por vencida en la humanidad. ¿Por qué? Porque gracias a estas personas me pude dar cuenta que derrotarme no es tan fácil como ellos pensaron y que si alguien me quiere destruir, va a tener que llegar a los extremos para hacerlo. Porque sé que voy a poder contar conmigo misma incluso en las situaciones en las que peligre mi vida. Porque gracias a estas personas, aprendí la lección más importante de todas: creer en mí misma.



                                                                                                      

miércoles, 26 de noviembre de 2014

¿Sabía usted que más de la mitad de los jóvenes consideran comunicarse con un desconocido a través de la Web como algo completamente normal?


 Es sumamente común que los padres de familia le repitan a sus hijos de forma constante que no se hablar con extraños, por lo que muchos crecieron con la idea de que el interactuar con un desconocido era una práctica “prohibida” y extremadamente peligrosa. Sin embargo, miles de personas se comunican todos los días con desconocidos a través de una de las herramientas más útiles que existen en el siglo XIX: el internet.

El internet, o mejor conocido como la “Web 2.0”, ha revolucionado la vida de todas las personas, en especial las relaciones interpersonales entre seres humanos. Ahora podemos comunicarnos no solo de “cara a cara”, sino que con el uso de este instrumento tenemos la oportunidad de hablar, compartir ideas y pensamientos, y encontrar entretenimiento utilizando distintas plataformas virtuales, como por ejemplo, chats, redes sociales y foros. Esta revolución de la comunicación nos ha vuelto capaces de relacionarnos con personas que no comparten absolutamente nada en común con nosotros: personas de nacionalidades que no teníamos ni idea que existían, y  de cualquier edad, raza, religión y cultura.  


¿Qué tan bien conocemos a nuestros “amigos”?


En la actualidad no se necesita tener una amistad para considerar a alguien como un “amigo”. Tomemos el ejemplo de Facebook: los amigos que tenemos generalmente superan los 500, y sin embargo, creo que la mayoría de las personas puede contar con el dedo de una mano quiénes son sus verdaderos amigos, lo que nos ha llevado a adoptar la tendencia de coleccionar “amigos” como si fueran sellos. Los demás simplemente se vuelven meros conocidos con los que interactuamos frecuentemente, ya sea comentando alguna de sus publicaciones, intercambiando una opinión o compartiendo información.

Entonces, es importante preguntarnos quiénes son los que obtienen mayor beneficio de este fenómeno. Según Goffman, un sociólogo estadounidense, esta nueva forma de interacción favorece a las personas con menos habilidades sociales porque les permite anticipar cómo quieren presentarse a sí mismos. De la misma forma, presenta ventajas para aquellos que manifiestan mayor grado de desconfianza hacia los otros, ya que pueden conocer a otras personas poco a poco y tienen un dominio total del ritmo en el que se desarrolla la conversación. Sin embargo, esta situación no se presenta cuando estamos personalmente frente a alguien, pues en ese caso, nosotros y la persona con la que nos comunicamos, somos obligados a responder de inmediato sin planeación previa, por lo que controlar la percepción que se tiene de nosotros es vuelve una tarea muchísimo más difícil.



            Por otro lado, es importante destacar que este fenómeno también presenta múltiples consecuencias para las personas que suelen interactuar con desconocidos de forma excesiva. Por ejemplo, el internet se puede volver una vía de escape para un individuo que está pasando por un problema emocional, como la depresión o el aislamiento, pensando que eso lo va a ayudar a mejorar su situación. Esto simplemente provoca un problema aún más grande, pues es posible que se presente una disminución de sus habilidades sociales y que se encuentre expuesto a vivir malas experiencias originarias de sus interacciones en línea.

Al mismo tiempo, muchas personas se acostumbran a tal grado a esta forma de comunicación que se sienten mucho más cómodos relacionándose con desconocidos a través de una plataforma virtual, lo que provoca que caigan en aislamiento.  

 ¿Existe algún rasgo que caracteriza a las personas que suelen frecuentar a desconocidos de manera habitual?


La interacción virtual, así como la “cara a cara”, es tan influyente que juega un papel importantísimo en nuestras acciones y decisiones. ¿Qué significa esto? Que las personas que suelen tener mayor contacto con desconocidos tienen un perfil diferente a las que no. La característica más importante de este grupo es que son usuarios que pasan más tiempo activos en la red y por lo tanto, consideran este tipo de conductas como algo completamente normal.

Un aspecto interesante es que las personas que frecuentan más este tipo de relaciones tienen una actitud más activa en cuanto a la creación de contenidos, lo que significa que la principal razón por la cual se conectan a Internet es para subir contenidos como información, vídeos, etc. Por otro lado, la interacción por medio de la Web replantea el concepto que estas personas tienen sobre cuáles son sus “grupos de pertenencia”, pues se identifican y confían mucho más en tales desconocidos que en los miembros de su misma comunidad.

Por otro lado, según un estudio realizado en la Universidad Complutense de Madrid, los hombres están mucho más dispuestos a extender las fronteras en sus interacciones, mientras que las mujeres se relacionan más seguido con personas que pertenecen a sus grupos cercanos. La educación también es un factor que influye en la frecuencia con la cual se llevan a cabo estas relaciones, pues los que cuentan con un bajo nivel educativo son más abiertos a interactuar con desconocidos, mientras que quienes obtuvieron un nivel más alto suelen limitarse a su entorno cercano cuando utilizan plataformas virtuales.

La era del Internet, o mejor conocida, la WEB 2.0, ha revolucionado las relaciones entre las personas de una forma que nunca nos hubiéramos imaginado. La comunicación ya no tiene fronteras, hemos sido capaces de alcanzar metas que en el pasado hubieran parecido imposibles. Con el avance tan veloz de la tecnología, las relaciones humanas se van a ir transformando cada vez más. Sin embargo, a pesar de que existen muchas teorías que dicen que algún día vamos a ser completamente dominados por las máquinas, ningún tipo de avance tecnológico va a ser capaz de sustituir la interacción directa entre humanos, pues es el rasgo más característico de la humanidad.




PARA CONOCER MÁS:
MD Cáceres Zapatero, G Brändle, JA Ruiz San-Román (2013): “Comunicación interpersonal en la web 2.0. Las relaciones de los jóvenes con desconocidos”, en Revista Latina de Comunicación Social, 68. La Laguna (Tenerife): Universidad de La Laguna, páginas 436 a 456, recuperado el 8 de noviembre de 2014 de:  http://www.revistalatinacs.org/068/paper/984_Complutense/18_Caceres.html
Urban, T. (2013) The Great Perils of Social Interaction. Wait but Why. Recuperado el 9 de noviembre de 2013 de: http://waitbutwhy.com/2014/01/the-great-perils-of-social-interaction.html?doing_wp_cron=1415587990.3454530239105224609375


domingo, 9 de noviembre de 2014


Se dice que cuando alguien se está ahogando, nunca debemos intentar salvarlo cargándolo o abrazándolo; se le debe agarrar por los pelos. Por qué? Porque sucede lo inevitable: te ahoga junto con él. Se dice que al alcohólico o al drogadicto no se le debe cumplir su deseo de darle esa gota de alcohol que nos pide, ese miligramo de sustancia que su cuerpo necesita. Todas estas son palabras que simplemente se dicen, pero rara vez, vemos que se cumplan. Sentimos compasión, nos sentimos incapaces de decir que no, y nos entra un remordimiento horrible que vive en la frase “si no lo ayudo, se va a morir”.

Somos humanos, en nuestra naturaleza está ayudar, pero en nuestra naturaleza no existe decir “no”. No existe el “no” porque existen las emociones, eso es lo que diferencia al ser humano de las otras especies, es nuestra más grande debilidad y fortaleza; es lo que nos hace únicos.

Se dice que, así como el alcohólico, al ahogado y al drogadicto, al enfermo tampoco se le debe ceder. Porque no es el mismo; porque cedió y la enfermedad y dejó de estar en su cuerpo desde hace meses, pues ahora está en su mente, arraigada y alimentándose de cualquier fortaleza que pueda devorar.

La mente cambia cuando es consumida por la desesperación y la frustración. Cuando es afligida con ideas de que el tiempo se está acabando y que no hay forma de cambiar todo lo que hemos hecho, todo eso de lo cual nos hemos arrepentido. La enfermedad y la vida se complementan; trabajan en conjunto. La enfermedad le da ese último aviso a la vida, la vida se lo da al cuerpo. Sin embargo, el cuerpo no se la da a la mente, la mente lo planta ahí ella misma.

Cuando el ser humano es completamente controlado por esto, se le acabó la vida. No es vida pues él ya no está en control de ella. No es vida porque él simplemente se volvió un testigo de cómo pasa el tiempo y de cómo se le han acumulado los arrepentimientos, los “si hubiera”, y todas esas oportunidades estropeadas. La esencia de su persona está fuera de sí, él está viendo cómo se aleja, se aleja cada vez más, y sin embargo, no hace nada para alcanzarla.

No la detiene, no la bloquea, no la empuja de vuelta a donde partió. Simplemente deja que se distancie, convencido de que ese es su destino, un destino en el que él no tuvo palabra, un destino que otra persona construyó, que cuyos cimientos ni siquiera son propios.

Y así como el ahogado, el alcohólico y el drogadicto, el enfermo ya no tiene nada, ni siquiera se tiene a sí mismo. Sin embargo, aún tiene a un cuerpo que ya no es suyo y que se encuentra con cada instante más lejos de sí, por lo que necesita apoyarse de algo más, necesita fortaleza de una fuente externa, necesita sostenerse de un pilar que él mismo dejó ir cuando se perdió a sí mismo.

El enfermo busca la fuerza, el enfermo busca la alegría, busca la risa, busca la esperanza. El enfermo la encuentra, la absorbe; esta fuerza lo revitaliza, lo hace sentir que existe, lo hace sentir que la vida fluye por su sangre, que una vez más recorre sus venas, se vuelve adicto a esa sensación de volver a tener control sobre sí.

El enfermo está equivocado, esa fuente de vida no es suya, no le pertenece, y poco a poco, como sucedió antes, se aleja. Esta fuente, esta vida, se vuelve su droga. Al principio con poco bastaba, con un simple vistazo, un suspiro, era suficiente. Pero después eso ya no lo sació; necesitaba más vida, lo que había recibido no le bastaba, ahí seguía la sombra de la muerte intentando arrastrarlo.

El enfermo hace lo que sea por obtener más de esa fuente, por sacarle todo el jugo posible. Hace lo que sea, dice lo que sea, actúa sin filtros, actúa sin consideración. Se olvida del respeto, se olvida del amor, se olvida de toda emoción humana, pues la mente lo apodera, la mente le grita: “la necesito, dámela, consíguela, o este es tu fin”. Y él se deja controlar una vez más por ese destino que él no escribió, ese destino del que siempre se burló, del que nunca tuvo poder de decisión. Y llega el día que así como su cuerpo se terminó, esta nueva fuente cesa de existir, pues él le absorbió la vida, apagó su luz, la exprimió hasta su última gota.

Y el enfermo lo sabe, pero no lo acepta. Culpa a los otros, pues la necesidad de esa vida lo vuelve ciego a lo que está pasando a sus narices. Lo vuelve ciego ante todo lo que está dejando ir, todo lo que continua perdiendo. La enfermedad no le permite ver que está destruyendo todo lo que toca, que ese ha sido el camino que ha marcado toda su vida, que lo que está pasando son las meras consecuencias de sus acciones.

Pero no lo puede entender porque ya no puede sentir, ya no puede pensar, ya no puede hacer nada más que necesitar. Y el afrontarse con el hecho de que ya exprimió todas las fuentes que alguna vez encontró en su camino, lo hunde más en el regazo de la muerte. Ahora se encuentra completamente anclado a esa sombra de la que estuvo huyendo durante años; ahora ella lo alcanzó y lo está hundiendo a él.

Y el enfermo, así como el alcohólico, el drogadicto y el ahogado, en desesperación se intenta sostener de una luz, pues a su alrededor solo hay oscuridad. Y tiene miedo; tiene tanto miedo como nunca lo ha sentido en su vida. Ahí abajo todo es frío, todo es oscuro, todo es horrible. Y se da cuenta que él se metió en ese abismo, que dejó ir toda la luz que alguna vez existió en su vida, que se dejó llevar por el poder y la avaricia, que lo arruinó todo. Y se da por vencido, porque ya no vale la pena, porque ya lo perdió todo.

Pero el enfermo no sabe que no se ha perdido a sí mismo, aún se ve, a lo lejos en el horizonte, alejándose poco a poco, un punto diminuto entre la magnánima oscuridad que le grita ser rescatado. Pero está muy lejos y el enfermo está cansado, ya no quiere, ya tuvo suficiente sufrimiento. Pero esa luz es vida, esa luz es esperanza, y no hay nadie que la pueda ir a salvar más que él. Porque solamente se puede ayudar él mismo, porque el enfermo aún puede escribir las últimas palabras de su destino.

Solo queda una decisión más por tomar: seguir dejando que la sombra de la muerte lo arrastre como siempre lo ha hecho o morir intentando cultivar ese último rayo de luz que siempre ha estado ahí guiándolo mientras él lo ignoraba con fervor. El enfermo tiene dos opciones. El enfermo tiene 2 caminos. El enfermo tiene el poder de escoger. El enfermo, decide.



sábado, 13 de septiembre de 2014

Vida. Muerte. Existe una línea tan fina entre ambas. No puede existir una sin la otra, y sin embargo, cada una decide vivir en su propia burbuja, repitiéndose una y otra vez que solo existe ella y que no puede haber ninguna otra. La vida se dice que mientras ella exista es imposible la muerte. La muerte pelea constantemente consigo misma intentando convencerse fervientemente de que no es posible la vida, porque existe ella. Pero no es hasta que están frente a frente que se dan cuenta  de que se encuentran ante su propio reflejo; que la vida es la muerte, y la muerte es la vida, y que no existiría nada de no ser por esta triste y bella causalidad. Vivir es morir así como morir es vivir.


sábado, 23 de agosto de 2014

Desde hace un par de días me llamó bastante la atención ver a muchos de mis amigos y compañeros de escuela absorbidos por completo en sus teléfonos con rostros que reflejaban ansiedad, excitación y angustia al mismo tiempo.  Me daba cuenta que incluso se juntaban varias personas y que fuera lo que estuvieran viendo, los atiborraba de satisfacción y provocaba gran controversia. Al principio lo ignoré, pero con el paso de los días parecía que era lo único de lo que todo el mundo podía hablar: “Secret”.

Cuando pregunté qué era “Secret” y por qué todos estaban tan obsesionados con eso me dijeron que es una aplicación para celular que permite que te conectes por medio de tu perfil de Facebook, celular o correo electrónico, y publicar secretos que solamente tus amigos o conocidos que han descargado la aplicación podrán ver, pero sin embargo, a ellos no se les notifica quién es la persona que publicó el comentario, o en palabras más correctas, el secreto. Lo único que la aplicación nos permite conocer es si un amigo tuyo fue el que escribió el secreto o si fue un amigo de tu amigo. El uso de esta novedad es muy sencillo: simplemente lees secretos, comentas y si te gusta una publicación presionas un corazoncito. Sin embargo, nadie te dice que parte de la diversión es intentar descifrar de forma obsesiva quién pudo haber sido e incluso encontrarse con algún secreto personal que un “amigo” tuyo decidió contarle a toda la comunidad cibernética.


            Decidí hacerme una cuenta y ver por mi misma de qué se trataba toda esta habladuría. El primer paso fue sencillo: me registré por medio de mi cuenta de Facebook, pero después la aplicación me pidió mi número telefónico y hasta mi correo electrónico, todo con el fin de que pudiera enterarme de los secretos de un mayor número de “amigos”. Demasiada información solicitada solamente para leer “secretos”, no creen?

Al ver las publicaciones, observé que la mayoría eran trivialidades o comentarios con gran sentido del humor, como por ejemplo: “Un te amo nunca va a superar un ya te depositamos” o “Cuando veo una cucaracha en mi cuarto, lentamente agarro mi zapato, empaco y salgo de mi casa a iniciar mi vida en otro país.”  Sin embargo, mientras más leía, mi sonrisa iba desvaneciendo cada vez que me aparecía un comentario que decía algo como “[Nombre], descripción perfecta de zorra, puta y plana. Ánimo mija, lo gata mata carita.” o “[Nombre] nadie te quiere, túmbate el rollo y muérete pendeja.”
Esta forma tan “innovadora” de intercambiar información en línea le da la oportunidad al usuario de esconderse bajo un total anonimato. ¿Y esto a qué nos lleva? La respuesta es simple y es un concepto que creo que ya todos estamos hartos de escuchar: el ciberbullying.  Esta aplicación se creó con el fin de que el anonimato se usara de forma “positiva”. Creo que todos podemos estar de acuerdo en que el anonimato no se usó de forma positiva en el caso de Amanda Todd o en el de Sarah Lynn Butler (por mencionar algunos ejemplos), quienes cometieron el acto de suicidio a causa del acoso y abuso que  recibían constantemente por medio del internet, y por supuesto, de forma anónima.

El objetivo de “Secret” es que los usuarios se expresen de forma abierta y honesta, y lo más importante, de manera respetuosa. Las guías de la aplicación NO RECOMIENDAN que se publiquen amenazas, que las personas se agredan entre sí, ni que se publique información personal de las personas. Sin embargo, está escrito de forma clarísima que Secret no es responsable por lo que los usuarios publican y que no garantiza que el contenido se va a atener completamente a lo que las guías, y enfatizo, recomiendan. En otras palabras, no se tiene ningún control sobre la información que está rondando ni existe el interés de hacer algo al respecto para prohibir publicaciones que pueden provocar daños severos tanto personales y emocionales.

El propósito de la aplicación puede ser muy visionario, pero la pregunta es si en verdad es posible que en una comunidad de anonimato total solamente se compartan ideas y comentarios sin la intención de dañar a alguien. En mi opinión, es totalmente utópico. El anonimato es un arma de doble filo de la que todos se aprovechan. Es muy fácil publicar un chisme del que te enteraste y más divertido aún agregarle más detalles a la historia, especialmente si esa persona te cae mal.  ¿Pero qué hay del después? No podemos simplemente lavarnos las manos y librarnos de toda consecuencia. Nunca sabes si tu comentario puede ser la razón por la que alguien ahora va a considerar seriamente la terminación de su vida.


Debemos actuar como seres humanos responsables y entender que cualquier decisión que tomemos tiene sus repercusiones, incluso cuando tenemos la oportunidad de no hacerlo, que es el caso que se presenta en “Secret” por medio del anonimato cibernético. Si tuviésemos la oportunidad de hacer lo mismo frente a esa persona, ¿cuál sería nuestra reacción? En verdad seríamos tan honestos o nos esconderíamos bajo una capa de cobardía tal y como lo hacen las personas que deciden hablar de los demás sin ponerse a pensar en las repercusiones de tal decisión. Tal vez podramos estar consumidos de envidia hacia una persona, o nos puede desagradar tanto que creemos que merece mal en su vida, sin embargo, nuestros sentimientos negativos hacia los demás no nos dan el derecho de meternos a manipular su vida. Debemos mostrar el mismo respeto hacia los demás tanto en la vida real como en el mundo cibernético, pues si no, nos convertimos en viles hipócritas. Este acto de incoherencia del mundo real contra el cibernético refleja que nosotros mismos no exigimos respeto. El hecho de que decidamos dañar a alguien y faltarle el respeto de tal manera solamente expresa que estamos de acuerdo con que los demás nos traten de la misma manera.  Como dice la frase célebre “Si quieres que te respeten hay que aprender primero a respetar.”



Referencias



 
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