jueves, 2 de junio de 2016

"No puedo imaginarme descendiendo derrotado de la montaña".  George Mallory


Muchas personas me preguntan por qué subo montañas. La verdad es que yo misma me hago esta pregunta todo el tiempo. Llega un punto en que me cuestiono si estoy loca por querer arriesgar mi vida de tal manera  y de someterme a tantos retos emocionales. La verdad es que subir montañas no puede ser descrito en palabras. Es una sensación de libertad única e incomparable. Estar en la montaña te da una paz interior que no sentirás en ningún otro lado. Sin embargo, lo que sí puedo compartirles es lo que he vivido y aprendido en el poco tiempo que llevo haciendo esto. A continuación, les platico lo que la montaña me ha enseñado.



1. Creer en mí misma 
La montaña, sin importar cuál, sin importar cuántas hayas subido, siempre va a presentarte un reto, o por lo menos así ha sido para mí. En mi experiencia, el reto puede ser físico, como cuando te das cuenta que faltan horas, o cuando crees que estás a punto de llegar a la cumbre pero no es así, como cuando tus piernas ya no ceden y crees que vas a caer desmayado en cualquier segundo. El reto también puede ser mental, por ejemplo, cuando el único pensamiento en tu mente va algo así como: “ya no puedo más, no voy a poder llegar, no puedo hacerlo”.

Todos los que hacemos montaña nos hemos encontrado alguna vez en una de estas situaciones. Y lo más gratificante es ese momento en el cual el siguiente paso que das es en la cumbre, donde el resto del mundo se desenvuelve a tus pies. Esta es una sensación incomparable de victoria y paz, pues logras lo que pensaste que no podrías hacer, y te demuestras a ti mismo que eres capaz de hacer eso y todo lo que te propongas si así lo quieres. Te das cuenta de que, a pesar que no fue fácil, y a pesar de que te costó muchísimo esfuerzo, eres capaz de hacerlo, sin importar todos esos momentos en que pensaste todo lo contrario.

El vivir esto cada vez que decido salir a alguna montaña me ha dado la oportunidad de aprender a creer en mí misma, y a  tener la fortaleza de dar el siguiente paso cuando mi cuerpo y mi mente solo quieren detenerse y dar la vuelta. Y no solo en la montaña, sino en todos los aspectos de mi vida. Cuando me encuentro en una situación en la que pienso que no podré completar o llevar a cabo alguna tarea a cabo o alcanzar “x” meta, recuerdo los momentos en los que estaba en medio de la nada, rodeada de árboles y pensamientos negativos, pensando exactamente eso mismo. Y encuentro la fortaleza  de seguir en el hecho de que sí pude hacerlo.


2. Un error es solo un error
Las primeras montañas que subí fueron las más difíciles. Sin embargo, lo que más me hacía sufrir, al principio, eran las bajadas. No sé qué pasaba con mis tobillos, pero no eran lo suficientemente fuertes para sostener mi cuerpo. Me caía todo el tiempo, tanto que mis compañeros inventaron un juego que consistía en contar cuántas veces se caía cada uno de nosotros. Yo siempre ganaba, por supuesto.

Tantas caídas no fueron en balde. Aparte de fortalecer mi cuerpo y aplicar técnicas de bajada,  estar en el piso y levantarme me enseñó que no pasaba absolutamente nada. No sé por qué tenía tanto miedo de caerme. Lo veía como un error y me reclamaba constantemente por no hacer las cosas bien. Sin embargo, tanto regaño no sirvió de nada porque seguía cayéndome. No me quedó otra opción más que aceptar que lo único que podía hacer era levantarme y seguir caminando.

Empecé a aplicar esta filosofía al resto de las situaciones de mi vida cotidiana. Solía tomarme en serio cada error y cada fracaso tan a pecho que no era capaz de disfrutar mis logros y victorias. La montaña me enseñó a dejar ir los errores, me enseñó que no importa lo mala  o terrible que sea una situación, lo mejor que puedo hacer es levantarme y salir adelante.



3. Conocerme
Antes de empezar a subir montañas, pasaba todo el día preocupada y totalmente inmersa en situaciones triviales como calificaciones, tareas, responsabilidades que yo misma me inventaba, escenarios que creaba en mi cabeza y que nunca sucedían, y en personas que solo perdían mi tiempo. Aún más con el uso del celular; no me dejaba en paz esa necesidad de checar mensajes y estar al corriente con lo que mis amigos publicaban.

En la montaña no hay nada de eso. Solo somos ella y yo. El tiempo se detiene, y todas mis responsabilidades también. Al estar presente en esta soledad, me di cuenta que ya no me daba el tiempo de reflexionar sobre mi persona. Había dejado de ser mi prioridad. El estar sola con mis pensamientos me obligó a enfrentarme, a conocerme, a valorarme, y lo más difícil de todo, a quererme. Aprendí a escuchar a mi cuerpo, aprendí a ser honesta en lo que en verdad quería, y aprendí a aceptar mis errores.

La montaña se convirtió en mi lugar sagrado de meditación, donde tomo decisiones importantes con la mente clara y despejada, sin prisa y sin ansiedad.



4. Superar mis miedos
Como mencioné anteriormente, cada montaña presenta un reto. El lugar en donde he sentido más miedo, hasta la fecha, es en la montaña. Especialmente la primera vez que tuve que caminar en una cresta con un vacío infinito rodeándome. O esa vez que no sé ni cómo me atreví a aventarme al agua desde una altura de 14 metros. O la primera vez que hice rapel. Todas estas veces, y las sigue habiendo, lo único que quería hacer era llorar. Algunas veces sí lo hice. Lloré pensando que nunca lo lograría. Sentía que no podía respirar y que alguien tendría que rescatarme porque no podría hacerlo sola. Y sin embargo, todas estas veces pude lograrlo. Superé mis miedos y me superé a mí misma. Logré hacer cosas que nunca pensé que haría.

De nuevo, empecé a aplicar esta forma de pensar a las situaciones que se me iban presentando en la vida. ¿Por qué me preocuparía por una mala calificación si la preocupación y el miedo que sentí haciendo ese rapel no tenía comparación alguna? ¿Por qué me estresaría o perdería mi tiempo siento negativa por alguna circunstancia de mi trabajo cuando no puedo ni explicar el nivel de ansiedad que sentí cuando la piedra se movió mientras caminaba sobre la cresta? En la montaña he vivido tantas emociones que me he dado cuenta que no vale la pena darle importancia a situaciones pequeñas e insignificantes que si dejas que te afecten, te pueden llegar a consumir por completo sin que te des cuenta. Y creanme, desde que hago esto, mi vida es 100 veces más sencilla. Hay peores situaciones en las que uno se puede encontrar, entonces para qué desgastarse en lo que verdaderamente no tiene importancia.



5. Ser humilde
Todos los que están leyendo esto tienen baño, suelen comer en restaurantes, tienen una cama y cuarto donde dormir, y más ropa de la que necesitan. Me incluyo en este grupo. Sin embargo, en la montaña no hay nada de esto. En la montaña tampoco importa cuánto dinero tengas, o cuántos títulos hayas obtenido, pues en comparación a la grandeza de la naturaleza, tú solo eres un ser humano común y corriente.

Una de las lecciones más grandes que la montaña me ha enseñado es la humildad. En mis primeras salidas me obligaba a aguantarme las ganas de ir al baño durante todo el día. El simple hecho de pensar en bajarme los pantalones y hacer mis necesidades en la intemperie me quitaba las ganas. Sin embargo, un día tuve que hacerlo, y la verdad, no estuvo tan mal. Mi grupo y yo ahora lo tomamos en broma, y describimos este acto como nuestro contacto con la naturaleza. Lo mismo pasa con la comida. No nos podemos dar el lujo de llevar la comida más elaborada, de comer con platos, o de comer comida caliente, sino todo lo contrario. Sin embargo, comes con gusto, y es tal el esfuerzo que has hecho, que la comida sabe a gloria. Y el estar en la cumbre, viendo una vista impactante, y rodeado de personas increíbles con las que puedes compartir historias y sonrisas, hace que valga la pena.

Después está la dormida. A muchas personas les da miedo acampar por los animales que hay o por la incomodidad de la experiencia. Pero una vez que lo haces, te das cuenta que no necesitas todas las cosas que tienes para estar satisfecho. Te das cuenta que con una lata de atún y una casa de campaña, puedes ser más feliz que comiendo en los restaurantes más caros el resto de tu vida. Aprendes a apreciar y a valorar demasiado ese momento en el que puedes llegar a bañarte en una regadera o dormir en tu propia cama o ponerte ropa limpia. Al vivir esto, empecé a dejar ir las cosas, pues aprendí es que las cosas que tengas no tienen valor al menos que estés con las personas correctas para compartirlas y disfrutarlas.


6. Las verdaderas amistades
La montaña no sería igual sin las personas correctas a tu lado. He tenido la oportunidad de vivir todas experiencias con un grupo de personas que no solo son mis compañeros, sino mi familia. El estar con personas que solo quieren lo mejor para ti y que se esfuerzan y buscan que crezcas, es uno de los mejores regalos que la vida nos puede dar. Estas personas no piden nada a cambio, simplemente te felicitan y se emocionan junto contigo cada vez que superas un reto o logras superar tus miedos. Son personas que te dan ese aliento de motivación en el momento en el que quieres darte por vencido. Son personas que a pesar de haberte visto en tus peores condiciones, están ahí sin importar qué. Son personas que te toman de la mano mientras lloras. Y te das cuenta que junto con estas personas, eres capaz de lograr mucho más cosas que si lo intentaras hacer tú mismo.

Si quienes están leyendo esto han tenido la oportunidad de estar rodeados de seres humanos de este tipo, les ruego que nunca los dejen ir. Me di cuenta que en mi vida había personas que hacían todo lo contrario, que me hacían sentir mal de mi misma, y constantemente me pisoteaban. Si alguien no aporta algo positivo en tu vida, no tiene que ser parte de ella.
Aprendí que soy yo misma y soy mi versión más feliz rodeada de personas que sacan lo mejor de mí.






Esto, en resumen, es un recuento de las maravillosas experiencias que he vivido subiendo montañas. Ha sido difícil, ha sido cansado, pero lo volvería a hacer. No te quedes con las ganas, sube esa montaña simplemente porque puedes, y te aseguro que no te arrepentirás. Como dijo John Long, la cima es solo la mitad del camino.



jueves, 12 de mayo de 2016

Creo que una de las cosas más difíciles es aceptar que debemos dejar ir a esa persona a la que tanto nos hemos aferrado. Nos volvemos expertos en el arte del autoengaño cuando se trata de él o ella. Y es probable que estén pensando en alguien en específico mientras están leyendo esto. Lo que solemos hacer es justificar sus acciones, perdonarlos todas las veces que nos lastiman o nos hacen sentir mal de nosotros mismos, las cuales son muy frecuentes. Muchas veces nos hacemos la idea de que somos nosotros los que vamos a cambiar a esa persona, o que esa persona nos necesita y que es por eso que debemos aguantar todo el sufrimiento. Nos convertimos en pseudo superhéroes que no salvan a nadie, sino que hacen todo lo contrario.

¿De quién estoy hablando? Esta persona puede estar involucrada con nosotros ya sea de forma romántica, puede ser un amigo o amiga cercana e incluso algún miembro de nuestra familia. No importa el tipo de relación que tengamos con él o ella, es importante aceptar que mutuamente se está fomentando el desarrollo de una relación tóxica.  ¿Entonces por qué es que nos vemos tan influenciados por estos individuos?


Porque es una persona con la que nos sentimos diferentes; únicos. Creemos que es la sola persona que es capaz de entendernos tal y como somos. Nos hacemos la idea de que es el destino que nos hayamos encontrado con alguien tan especial y que es por esto debemos tolerarlo todo, pues no podemos darnos el lujo de perder tal oportunidad de tenerlo a nuestro lado.

Sin embargo, lo que no vemos es lo duro que es mantener una relación así sin ser vaciados de nuestra esencia. Debajo de todos los engaños y las mentiras que nos hacemos, sabemos que esta persona nos hace gran daño. Pero nos cuesta gran trabajo aceptarlo, por lo que nos mentimos una y otra vez hasta el punto en que olvidamos la verdad. Dejamos que esa persona nos trate como quiera, nos hable como quiera, y lo peor de todo, nos lastime como quiera.

Y es esta contradicción tan grande entre el sentimiento tan único que nos genera acompañado de esa sensación terrible de dependencia la que lo vuelve tan adictivo. Estamos seguros que nunca encontraremos una persona parecida y que es por esto que, no importa el sufrimiento, no podemos alejarnos. Pero lo que no pensamos es que la razón por la que logran tener tanto control sobre nuestra persona, sobre cómo nos sentimos y cómo actuamos, es precisamente porque nos conocen casi mejor que nosotros mismos. Sino, ¿cómo más lo harían? Somos nosotros mismos los que generamos esta dependencia. Le damos tanta importancia a lo que tal individuo piensa de nosotros que sin darnos cuenta, poco a poco, existimos para complacerlos.

Y no intento pintar a estas personas como monstruos que destruyen la vida de los demás. Por su puesto que no. Muy en el fondo, están lastimadas, y el tratarnos así, el usarnos de esa forma, es simplemente una manera de escapar, y al mismo  tiempo, lidiar con su dolor. Nos reclaman por no entregarles suficiente porque dentro de ellos solo hay un vacío infinito. Estas personas son como una droga. Y en el momento en que decidimos alejarnos, si es que lo hacemos, la necesidad de tenerlos cerca es como ninguna otra. En esos momentos de soledad, la vida parece terrible y los días parecen no tener sentido alguno. Sin embargo, después de algunas semanas nos damos cuenta de que ya no nos sentimos sofocados. Y pasa más tiempo, y la culpa se va y esa terrible necesidad empieza a disminuir. Pasan meses,  y nos damos cuenta que la vida sí es posible sin él o sin ella.

Yo sé que probablemente están pensando que no es tan fácil, que ambos han pasado por demasiado para dejarlo de forma tan drástica, o que serían personas terribles por hacer eso porque los necesitan. Es duro, claro que lo es. Y lo será por mucho tiempo. Probablemente recaigan en el momento en que esa persona pida verlos, o les mienta al decirles que todo va a cambiar. Pero con el tiempo se darán cuenta de que el ciclo se repite una y otra vez.

Las personas pueden cambiar, pero nosotros no podemos hacerlos cambiar. Y una vez que entendamos esto tendremos la suficiente fortaleza de decir que nosotros somos más importantes, y que el estar con personas que no nos hagan hacernos sentir así es una señal de que estamos haciendo algo mal. Y aunque logren esto, aún se preguntarán que estará haciendo, si alguna vez piensa en ustedes o si alguna vez lo podrán intentar de nuevo. Pero les prometo que no pasará de ahí, pues descubrirán que el vivir sin ese tipo de negatividad es una de las sensaciones más gratificantes. La vida va a seguir. Aprenderán a rodearse de las personas que sacan lo mejor de ustedes y que los motivan a siempre ser mejor.

No dejen que se pierda su identidad por intentar a salvar a otros. No es su obligación. Abran los ojos y dejen de engañarse. Tengan el valor de ponerse siempre primero, porque en esta vida, es lo más importante. Recuerden, como dijo el autor, John Greene, no puedes escoger si serás lastimado en este mundo, pero si puedes decidir quién te lastima.

martes, 29 de marzo de 2016

Silencio y oscuridad, las ideas abrumando Y engañando con soledad. Silencio y ansiedad tiempo pasado acechando Se confunde la verdad Silencio y malestar Su poder recuperando Pérdida total de claridad Silencio y tempestad En la noche dominando Solo queda esperar Silencio y suplicio Enfrentamiento al abismo
ese único abismo, 
en donde reside mi sanidad




jueves, 3 de diciembre de 2015

El ser humano ha buscado explicar las razones de su existencia desde el principio de los tiempos, y en un esfuerzo por responder preguntas tales como: ¿de dónde venimos?  ¿quién nos creó? y ¿por qué estamos aquí?, la inquietud se volvió tan grande que se tornó imposible vivir sin tener algún tipo de explicación para todas estas preguntas. Entonces, el humano, poco a poco, viendo lo que tenía a sus alrededores e intentando descifrar todo aquello que era capaz de percibir, empezó a crear conceptos que dieron inicio a la concepción que se tiene en la actualidad del mundo en el que vivimos.


Los primeros hombres, al verse enfrentados a lluvias, tempestades, fuerzas de la naturaleza aterradoras, enfermedades extrañas, y, lo más difícil de todo, la muerte, eran incapaces de explicarse tales fenómenos. Fue a través de sistemas de creencias y la creación de instituciones religiosas que el hombre pudo encontrar un sentido en su vida y explicar lo que alguna vez pareció inexplicable.


Al creer que era un dios o una entidad superior la que tenía control total sobre el pasado, presente y futuro de la humanidad, la vida se volvió sumamente sencilla. Todo sucedía por que debía suceder, porque así fue como esta fuerza superior lo quiso. Sin embargo, el hombre, al sentir la necesidad de cumplir sus deseos, empieza a dar todo de sí para que esta fuerza actúe a su favor. Se sacrifica y deja a un lado su humanidad para complacer a este ser supremo, pues en su mente, está claro que esta práctica lo llevará a ser aprobado por esta entidad a la que alaba, y por lo tanto, va a poder estar satisfecho consigo mismo.


Esta idea de magnificar a un concepto divino se vuelve tan poderosa que define a la humanidad por muchos siglos. El hombre está seguro que la vida, en el ahora, es un puente que lo llevará a un lugar donde no existe el sufrimiento. Cree firmemente que existe la vida después de la muerte, y que para poder alcanzarla, es importante esmerarse y seguir el camino de la bondad, pues si uno cae en la tentación del mal, sufrirá eternamente.


Al estar atormentando por estas creencias, el hombre carga, de forma inconsciente,  el peso de una responsabilidad que dicta lo que debe de hacer desde el momento en el que llega a este mundo hasta el momento en el que lo deja. Se castiga a sí mismo, y al mismo tiempo, la sociedad lo sanciona cuando no cumple con el comportamiento que se espera de él.



Vive con un miedo inmenso de no ser digno de este lugar divino donde todas sus malas acciones serán perdonadas. Entonces, intenta, y fracasa. Intenta, y vuelve a fracasar. Se angustia. Se reclama. Y por más que lucha, se encuentra cargando sobre sus hombros una inmensa culpa, y a pesar de que lucha por cumplir con el estilo de vida impuesto por su sistema de creencias, no se libra de este peso, pues no se percata de que el peso es su misma humanidad intentado ser liberada.


El hombre crece con la idea de que el sufrimiento es necesario, y que tiene que cargar con ese peso, porque al final valdrá la pena. Debe hacerlo, aunque no quiera aceptarlo. Debe aumentar esa carga sobre sus hombros, porque merece el sufrimiento, lo merece para lo que viene más adelante. Sin embargo, estas ideas, a pesar de que aún tienen gran influencia en la actualidad, fueron perdiendo poder por acontecimientos tales como el desarrollo de la ciencia, la revolución industrial, el crecimiento de las masas, la expansión del comercio, y las ideas de filósofos tales como Karl Marx, Friedrich Nietzsche, Jean Paul Sartre, entre otros.


Dios ya no es el centro del universo, pues es sustituido por el hombre. Nietzsche recalca este hecho en su obra “La muerte de Dios”. Este filósofo alemán, en su tiempo,  hace una crítica profunda de la cultura, la religión y la filosofía de occidente a través de la creación de nuevos conceptos y la destrucción de los que integraban el sistema de pensamiento de su época.


Su crítica se dirigió especialmente a la moral cristiana, pues sostenía que esta suponía que el hombre era incapaz de distinguir entre lo bueno y lo malo. Nietzsche predica una reestructuración de esta moral y establece que para que esto se logre es necesario la muerte de Dios. En “Así Hablaba Zaratustra”, el filósofo se refiere a esto como “las tres transformaciones”. El espíritu se transforma en camello, el camello en león, y finalmente, el león en niño; esto es una representación metafórica de la transformación de hombre a superhombre.

El espíritu es, primeramente, un camello que reclama cargar las cosas más pesadas, porque cree que así, el espíritu será capaz de ser fuerte, sólido y repleto de respeto. ¿Y qué es lo que carga? Carga con la humildad, el sometimiento y el resentimiento hacia la vida.


“El espíritu sólido echa sobre sí todas estas cosas tan pesadas, y como el camello que corre cargado por el desierto, así corre el por su desierto”. (Nietzsche, 1993) Sin embargo, en el desierto solitario el espíritu se convierte en león; su objetivo ahora es conquistar la libertad y convertirse en el dueño de su propio desierto. Sin embargo, surge la duda, en forma de un dragón que se llama “Tú debes”, y se dirige hacia el león y le dice: “En mí brilla todo el valor de las cosas. Todos los valores han sido creados ya, y yo soy quien representa todos los valores creados.” El león lucha por la victoria, lucha por el “yo quiero”, simbolizando el hombre crítico que busca destruir los valores establecidos por la cultura occidental. Entonces, el poder y la fortaleza del león crea la libertad para la nueva creación.


Después, el espíritu se convierte en niño, quien representa la inocencia y toma la vida como un juego; es el niño quien cumple la tarea de crear los nuevos valores. Una vez llegado a este punto, se ha completado la transformación de hombre en superhombre. “El espíritu quiere ahora su propia voluntad; el que ha perdido el mundo quiere ganar su propio mundo” (Nietzsche, 1993).


Esto nos lleva directamente al concepto de la muerte de Dios. Para Nietzsche, Dios es una metáfora que representa lo absoluto; un todo que el hombre utiliza para darle un sentido a su existencia.


La creencia absoluta en esta entidad funciona para consolar a los hombres de la miseria y el sufrimiento que se presenta en el mundo; es una idea que se utiliza como refugio, pues el hombre no es capaz de aceptar la vida tal y como es. Al declarar que Dios está muerto, los hombres se encuentran frente a la oscuridad; ya no existe esa luz que antes los guiaba y le daba sentido a su ser. Surge una crisis de sentido y el hombre debe aprender a vivir sin este apoyo mediante la creación de nuevos valores y de una nueva moral. El hombre debe de dejar de ser hombre y convertirse en quien le da sentido a la vida: el superhombre.


“El superhombre es la afirmación enérgica de la vida y el creador y dueño de sí mismo y de su vida, es un espíritu libre”. (Olleta, 2010) Este lucha contra la moral impuesta por las religiones y busca sustituirla por una que surja desde lo más profundo de su ser. Crea valores fieles al mundo de la vida que le permiten expresar de forma adecuada su personalidad y riqueza.



No cree en ningún tipo de realidad trascendente, ni en Dios, ni en el destino. Para él, el sentido de la vida es el que uno mismo le da, y por lo tanto, acepta que la vida es finita. Entonces, recibe al sufrimiento, la enfermedad, y la muerte con los brazos abiertos, pues sabe que de estas experiencias puede salir enriquecido. Es por estas razones no le da importancia al placer ni al dolor, ni propio ni ajeno, pues pone por encima de todos el desarrollo de su voluntad y espíritu. Sin embargo, aparte de ser duro consigo mismo y con los demás, este hombre “evolucionado” ama la intensidad de la vida; aprecia la alegría, el entusiasmo, la salud y el amor, y puede ser magnánimo y generoso, como una muestra de la riqueza de su voluntad.


Es importante hacer mencionar que la doctrina de Nietzsche se relaciona frecuentemente con la ideología nazista. Se dice que Adolf Hitler tomó expresiones como la voluntad de poder y las características del superhombre como bases para su movimiento. Sin embargo, no se toma en cuenta que Nietzsche creó el concepto de superhombre mientras se encontraba en Italia huyendo de todo lo relacionado a lo “alemán”, pues estaba totalmente en contra del antisemitismo que iba tomando auge durante su época.


Nietzsche criticaba exhaustivamente todo lo relacionado con el sometimiento a normas tanto sociales y políticas; estaba en contra de aquello que implicara imposición y pertenencia a un grupo. Expuso los valores de la cultura contemporánea en los que se sustentaba la vida y criticó la estructura social de su tiempo. Fueron estas ideas las que lo llevaron a ser el primero en entender la filosofía como la metafísica de la vida.


Esta filosofía vitalista revolucionó la forma de ver el mundo. Antes existía una esperanza ciega en algo o en alguien; se creía firmemente que existía una fuerza superior que vinculaba a los hombres y que ordenaba todos los acontecimientos. Pero cuando Nietzsche impuso sus ideales, arrasó con los conceptos de unidad, certidumbre y semejanza.


“Nietzsche mostró que es un mito la idea de una realidad ordenadora racional. No hay una verdad ni un sentido único de la historia, sino que cada uno inventa el suyo. La posmodernidad se ha encargado de desenmascarar la seguridad de la ciencia, el poder de la razón, la certeza del pensamiento...todo ello son “falsos ídolos” que hay que derrocar”. (I.E.S Séneca)


Para darle fin a  esta crisis, Nietzsche propone la transvaloración de los valores, sin embargo, debemos estar conscientes de que aún no hemos llegado a esa etapa, y es probable que nunca lo hagamos. La sociedad se encuentra estancada de nuevo, probablemente aún más que en la época de Nietzsche.  Las antiguas creencias, que solían ser principalmente religiosas, se han sustituido por otras del mismo poder, como por ejemplo: el dinero, el trabajo, la política, la jerarquía, el progreso, etc. “El individuo actual en todo caso expresa una queja hacia esas instituciones y esos poderes sin rechazarlos, al contrario, defendiendo su existencia y su legitimidad pero “luchando” para se estructuren o se contemplen bajo su prisma ideológico”. (Besançon, 2014)


Y este mismo proceso se ha visto a través de la historia repitiéndose una y otra vez: las sociedades pasan de una forma mayoritaria de pensar a otra, sin que exista un periodo de transición, o como lo predicaba Nietzsche, la creación de nuevos valores. “Hemos sustituido los valores ficticios del platonismo y el cristianismo por otros, igualmente falsos.” (Caballero, 2014)


No se ve presente un cambio de pensamiento, sino un cambio de poder, de estructura y de autoridad. En la actualidad, la sociedad cree ciegamente en el estado, en las leyes y en los medios de información. Hoy, nuestros valores no son más que una imposición del mercado que inventa necesidades y valores para guiarnos al consumo. Entonces, ¿dónde queda lo que cree uno mismo?  


El poder está tan arraigado en la vida del ser humano que la influencia que tiene sobre nosotros es imperceptible, y a pesar de que sigue sucediendo este fenómeno, la sociedad se atreve a llamarse nihilista. Y se llama así porque las personas ya no creen en nada. Ya nada tiene sentido; no existe el bien ni el mal y la verdad es meramente subjetiva. Nos llamamos nihilistas porque hemos vuelto banal el arte, la cultura y la desgracia, cuando Nietzsche consideraba que sin esto, la vida sería un error.  Nos hemos acostumbrado a la diversidad de opiniones a tal grado que ya no le damos importancia a la novedad. Y esta forma de ver la vida va totalmente en contra de lo que predicaba este filósofo; hemos tergiversado su ideología, pues él creía firmemente que aquel que tiene un porqué para vivir se puede enfrentar a todos los cómos.


En nuestra época, tenemos la mentalidad de que todo vale. Sin embargo, es importante preguntarnos si hemos hecho algún esfuerzo por superar esta etapa y llegar a otra en donde el sentido de la vida sea verdadero. La respuesta es no.  “Nietzsche aspiraba a que el hombre viviera la vida asumiendo tanto el placer como el dolor que conllevara, y no esta versión light y edulcorada que nos transmiten los anuncios, que son los púlpitos ideológicos de nuestro tiempo.” (Caballero, 2013). . No hemos llegado ni a los talones de este superhombre. No hemos podido superar este periodo nihilista porque no tenemos la más mínima intención de construir nuevos valores que nos permitan estar satisfechos con la vida. Y siendo realistas, esta idea, desafortunadamente, permanece como una utopía derrumbada y olvidada en los escritos de este pensador visionario.

Referencias
  1. Aquileana (2008) Friedrich Nietzsche: “Así Habló Zaratustra”: “Las Tres Transformaciones del Hombre”. Recuperado el 3 de diciembre de 2015 de: https://aquileana.wordpress.com/2008/05/06/friedrich-nietzsche-asi-hablo-zaratustra-las-tres-transformaciones-del-hombre/
  2. Nietzsche, F. (1991) “Así Habló Zaratustra”. Buenos Aires. Alianza. 1991.
  3. Schaum. (2005) “INFLUENCIA Y ACTUALIDAD DEL PENSAMIENTO DE NIETZSCHE”. Madrid. Recuperado el 3 de diciembre de 2015 de: http://www.acfilosofia.org/materialesmn/historia-de-la-filosofia/historia-de-la-filosofia-contemporanea/288-influencia-y-actualidad-del-pensamiento-de-nietzsche
  4. “Actualidad del pensamiento de Nietzsche.” IES Séneca. Recuperado el 5 de diciembre de 2015 de: http://www.iesseneca.net/iesseneca/IMG/pdf/4_actualidad_de_nietzsche.pdf
  5. Besançon. (2008) “¿Realmente vivimos en una sociedad y un periodo nihilista?” Revista Nada. Recuperado el 5 de diciembre de 2015 de: http://revistanada.com/2014/08/05/realmente-vivimos-en-una-sociedad-y-un-periodo-nihilista/comment-page-1/#comment-952
(2014) “Actualidad de Nietzsche”. Selectividad 2014.  Recuperado el 5 de diciembre de 2015 de:  http://selectividad2014jc.blogspot.mx/2014/05/nietzsche-actualidad.html

lunes, 14 de septiembre de 2015

La mayoría de las veces en las que estoy utilizando redes sociales, me encuentro con una gran cantidad de publicaciones que critican la corrupción existente en nuestro país. Veo cómo las personas juzgan a nuestro presidente y a nuestros políticos, y leo cómo exigen que rindan cuentas a sus ciudadanos, que sean transparentes y que se enfoquen en el progreso del país.
Estoy completamente de acuerdo que la situación de nuestro país no es la ideal. Sin embargo, estoy en contra con la idea de que solamente una persona y un organismo tiene responsabilidad total de todos los problemas en los que estamos sumergidos.


Estudios realizados por diversas instituciones tanto nacionales e internacionales demuestran que un 48% de los ciudadanos entrevistados piensan que la corrupción es enteramente fomentada por el gobierno. 30% mencionaron que tanto los ciudadanos, empresarios y el gobierno son actores directos en la propagación de este fenómeno. Sin embargo, solo 13% contestó que son los ciudadanos los que promueven este tipo de prácticas.


Me parece ridículo el porcentaje tan bajo de personas que cree que la responsabilidad yace en el ciudadano, y me decepciona el número tan alto de ciudadanos que están seguros de que la situación en la que estamos se le debe enteramente a las prácticas de sus gobernantes.


No me averguenza decir que yo soy parte de ese 13% que cree que la responsabilidad está en uno mismo. Me he dado cuenta que la gente a mi alrededor realiza acciones pequeñas y corruptas de forma tan seguida que se han vuelto parte de su comportamiento normal. Observo que les pagan a otros para que les hagan sus proyectos y tareas, que le pagan mordida al policía que los multó, y que toman cosas que no les pertenecen. Y por desgracia, estos son algunos de los ejemplos innumerables que definen el comportamiento de  nuestra juventud, y me incluyo en este grupo, pues alguna vez yo también he realizado alguna de estas acciones.




La razón por la que escribo esto es porque en mi universidad existe un grupo de estudiantes que consigue las respuestas de los exámenes de distintas materias y para venderlas a quienes aportan con medios económicos. A este fenómeno se le conoce como “mafia”, y su presencia es sumamente fuerte durante la temporada de parciales.


Quiero mencionar que, el Tecnológico de Monterrey, la universidad en la que actualmente curso mis estudios, enfatiza el desarrollo de sentido humano de sus estudiantes y de la práctica constante de la honestidad. Llevamos clases, como ética ciudadana, en las que nos inculcan valores, y en la que nos hablan sobre la falta de personas que hay con sentido de responsabilidad y honestidad y lo importante que es que nosotros seamos esos seres que realizarán un cambio significativo en la sociedad. Sin embargo, aunque sea difícil de creer, en ambientes donde se fomentan este tipo de comportamientos, la corrupción se ve más presente que nunca.


Analicemos el ejemplo anterior con más detalle. Es semana de parciales. La mayoría de los alumnos están estresados. Muchos de ellos llevan días durmiendo poco. En eso, a un estudiante, llamémoslo, estudiante “X”, le llega un mensaje. Es de parte de un compañero, y le está ofreciendo las respuestas al examen que tiene que presentar el día siguiente.
“X” está cansado, lo único que quiere es que termine la semana. No le ha ido bien en los parciales anteriores, y esta es la oportunidad perfecta para salvar su promedio. Entonces, acepta, y obtiene calificación aprobatoria.


Las razones por las que “X” tomó esta decisión tienen sentido, no? Sin embargo, son suficientes para eximir su acción de haber aportado al crecimiento de la corrupción? Por supuesto que no.


Hay que tener en claro que la corrupción no solo es de quien te hace una oferta que va en contra de tus ideales, sino de quien la acepta. Al final, todo se define por la decisión que tomas.


Y si aceptas, y días después estás hablando sobre la ineficiencia de tu gobierno, con qué cara los juzgas si tú haces lo mismo, pero menor escala? Así como al estudiante “X” se le hizo fácil aceptar las respuestas, a un político se le hizo igual de fácil aumentarse el sueldo.


Y probablemente ese político empezó con acciones tan pequeñas como el copiarle las respuestas a su compañero durante un examen. Y como se dio cuenta que era fácil, que nadie se dio cuenta, y que no hubo consecuencias, decidió aplicarlo en todos los aspectos de su vida. La trampa te lleva el punto donde quieres estar en un abrir y cerrar de ojos. El esfuerzo y la dedicación, por otro lado, es un proceso muchísimo más tardado.


Entonces, si decidimos irnos por el camino de la trampa y la corrupción, tal vez obtendremos lo que sea que queramos, y tal vez, lo hagamos con tanta frecuencia que llegaremos al punto en donde ya no lo veremos como algo incorrecto, sino inteligente. La corrupción se convierte en un estilo de vida que se cultiva desde el primer momento en que preferimos irnos por el camino del menor esfuerzo que el del trabajo.


Todos tenemos la libertad de escoger, pero hay que tener en claro que nuestras acciones definen nuestra persona, y a la larga, nos definirán tanto que no podremos escondernos ni siquiera tras la hipocresía. Antes de empezar a juzgar tenemos que analizar si las acciones que hacemos son igual de coherentes que las acciones que exigimos. Si eres corrupto, no critiques a otros por serlo. Si estás en contra de la corrupción, entonces que lo demuestren tus acciones.


Debemos tomarnos el tiempo de analizar nuestras acciones y actuar sobre la responsabilidad que nosotros tenemos para combatir este fenómeno. Si queremos vencer la corrupción, evitemos ser corruptos. Así como dijo Leo Tolstoy, debemos de tener presente que “cualquier cosa es mejor que la mentira y el engaño”.


El cambio está en uno mismo, no en un organismo gubernamental, no en unos cuantos políticos, sino en nosotros. El futuro y el desarrollo de nuestro país está en nuestras manos. Y les ruego, porfavor, que no lo echemos a perder.

martes, 1 de septiembre de 2015

Si nos ponemos a pensar demasiado en el significado de la vida, concluimos que mientras más profundicemos en este proceso, nos damos cuenta de que en realidad no tiene sentido alguno. ¿Qué es la humanidad en comparación al universo? ¿Cómo podemos sentirnos únicos sabiendo que allá afuera existen miles y miles de galaxias y planetas que aún no hemos descubierto? Si lo vemos desde esa perspectiva, en realidad no somos nada. Meramente nos podemos comparar con un granito de arena en un desierto cuya magnitud ni siquiera podemos concebir.

Para que entiendan más sobre lo que estoy hablando, los invito a ver el siguiente video:



Increíble, ¿no?

Solemos cometer el error de poner al ser humano en un pedestal. Vemos al hombre como el más poderoso y el más fuerte de todas las especies, utilizando la excusa de que somos los únicos capaces de utilizar la razón y desarrollar pensamiento crítico. Sin embargo, ignoramos todas las otras cosas que nos hacen ser lo que somos. Nos separamos de todas las otras especies animales, olvidando que nosotros mismos también pertenecemos a ese grupo. Damos por hecho la perfección y el orden de la naturaleza, y en vez de maravillarnos con lo que el mundo nos ofrece día con día, nos enfocamos en tener más, en lograr más y en ser mejor que el otro.

Pero ese es el peor error que podemos cometer como humanos, pues la realidad es que todos somos parte de un sistema que depende de nosotros de la misma forma que  nosotros dependemos de él. Nos concentramos tanto en situaciones y problemas externos a nuestra esencia que empezamos un proceso irreversible de despersonalización, aunque creo que el término más apropiado sería deshumanización. Nos entrometemos tanto en trivialidades personales y en tener que cumplir obligaciones que olvidamos comunicarnos con los demás; dejamos de sentir, dejamos de expresar, y todo se vuelve un círculo vicioso de lograr y obtener todo lo que sea posible para poder ser valorados como persona.

Vivimos en una sociedad en la que le damos significado a nuestra existencia a través de éxitos y fracasos. Pero si nos ponemos a pensar, ¿qué significa el éxito y el fracaso en un mundo tan ajetreado como en el que nos encontramos. Con el tiempo, el ser humano ha tergiversado el concepto de éxito y lo ha confundido con la felicidad. Esto ha ocurrido debido a las reglas y concepciones que la sociedad ha establecido a través de los años.

Actualmente estamos en un sistema que espera que seamos lo que este quiere. Para ser un humano valorado, uno debe de sacar buenas calificaciones, uno tiene que tener un título, conseguir trabajo en una empresa prestigiosa, tener una familia, envejecer y morir. Ese es el concepto de una vida ideal, y claro, es el proceso de la vida de todos, pero, parece que lo que debemos hacer está escrito en un reglamento que si decidimos no seguir, habrá innumerables consecuencias.

Esto es lo que pensamos: que si no hacemos lo que este "reglamento" exige de nosotros, no valemos lo suficiente como persona. Para mí esta idea es completamente errónea. ¿En verdad tiene algún sentido medir el valor de una persona por lo que hace o lo que no hace? ¿Acaso no estamos en un punto en que comprendemos que existe una diversidad grandísima de culturas, gustos y personalidades, y por lo tanto, aplicar esta idea es literalmente imposible? Entonces, ¿por qué seguimos tomando decisiones y caminos para satisfacer el "deber ser" en vez de el "quiero ser"?

Y vemos este fenómeno reflejado desde el momento en que nacemos. Por ejemplo, a un niño lo visten de azul mientras a una niña de rosa. A un niño le compran carros y soldados. A una niña Barbies y ositos de peluche. Yo no recuerdo haber formado parte de estas decisiones. ¿Alguna vez fuimos consultados? Por su puesto que no, pues la concepción del "deber ser" de la sociedad en la que hemos crecido lo estableció así.

Y esto que digo no es para pintar a la sociedad como un monstruo que destruye nuestras vidas. No, al contrario, somos seres sociales que necesitamos de sistemas para vivir de forma armoniosa e igualitaria, teóricamente, por supuesto. Debemos tener modales, tener buena higiene, no faltarle el respeto a los demás, etc, si no el mundo sería un verdadero caos. Pero estas actitudes y comportamientos no solo se ven reflejados en los casos anteriores, sino en todos los aspectos de nuestras vidas.

Empezamos a ver qué es lo que hacen los demás, de qué forma hablan, de qué forma visten, y aspirando a ser percibidos de la misma manera, hacemos exactamente lo mismo. Es completamente normal que observemos e imitemos comportamientos, pues somos influenciables por naturaleza. Pero le damos tanto poder a este fenómeno que en vez de desarrollar nuestro verdadero ser a su máximo potencial, nos convertimos en meras imitaciones de otros humanos.

Entonces, ¿hasta qué punto debemos respetar estas reglas sociales? ¿Hasta qué punto empiezan a interferir todas estas concepciones con nuestros planes personales?
Me gustaría que vieran el siguiente video para que se den cuenta de lo influenciables que somos:


El humano tiene una necesidad inherente de pertenecer. Es importante tener un sentido de unión y de entendimiento con el grupo en el que nos desarrollamos. Sin embargo, en muchos casos ese sentido de pertenencia es completamente falso. Somos partes de grupos, pero la mayoría de las veces, para ser parte de esos grupos dejamos de ser nosotros mismos y nos dejamos influir por ese "deber ser".

Aquí es donde entra el concepto de la felicidad. ¿Qué es lo que nos hace feliz? Quiero que reflexionen por un momento esta pregunta. Pueden contestar algo tan simple como ver a su abuelita reír, ver el atardecer, comer su platillo favorito, ver una temporada de una serie en un día, la verdad es que todas las respuestas son válidas. Sin embargo, malamente relacionamos la idea de felicidad con tener cantidades exuberantes de dinero, el último carro del año, el último iphone, la casa más grande del vecindario, etc. ¿Me equivoco?

Entonces volvamos otra vez a la pregunta de qué es lo que nos hace feliz. ¿Ser nosotros mismos y trabajar en cumplir nuestros sueños, o sacrificar nuestro verdadero ser con el fin de pertenecer a un sistema social complejo?
El resultado de esta pregunta está directamente relacionado con las prioridades de cada persona. Tal vez para unos es más importante ser vistos con admiración por sus logros y por las cosas materiales que tiene, y es totalmente válido. Sin embargo, el tener esta postura requiere de compromiso constante, pues la única forma de mantener este estatus es obteniendo más y más, pues si no ¿qué valor tiene uno? ¿Alguna vez nos detendremos? ¿En algún momento estaremos satisfechos?
Antes de contestar todas estas preguntas debemos tener claro qué es lo que vamos a ganar y qué es lo que vamos a perder al tomar una postura u otra. La triste realidad es que nos esforzamos más por pertenecer que por ser la persona que siempre hemos soñado ser. Decepcionante, ¿no? ¿Por qué dejamos que otros definan nuestro camino?
Hay que entender que hagamos lo que hagamos, la gente siempre va a hablar, ya sea de forma positiva o negativa. Esto es un hecho inevitable, así que no importa qué hagamos y qué no hagamos, va a haber alguien que te va a decir que estás mal, y no hay forma de escapar de este fenómeno.




Predicamos tanto la razón del ser humano y la mayoría del tiempo no nos cuestionamos por qué estamos haciendo lo que hacemos. Ahora quiero que se pregunten: ¿Cuándo fue la última vez que hicieron algo por si mismos? ¿Cuándo fue la última ocasión que se dieron el tiempo de apreciar su existencia y lo afortunados que son por tener vida? Puedo asegurar que muchos de ustedes tuvieron que hacer un recorrido largo para llegar a la respuesta.

Así que dejen de preocuparse por lo que alguien va a decir o no va a decir. Todos tienen ya demasiados problemas como para dedicarle demasiado tiempo a los de los demás. Disfruten sus vidas, hagan lo que los hace feliz y no lo que creen que los va a hacer feliz. 

Vive, y vive al máximo, porque solo hay una oportunidad de vivir esta vida, y solo tú tienes el poder de decidir cómo lo quieres hacer.



 
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