lunes, 28 de julio de 2014

¿En realidad existe la libertad absoluta, o  simplemente es un concepto ilusorio que está condicionado por la sociedad y sus normas? Según el filósofo francés, Jean-Paul Sartre, el hombre está condenado a ser libre; condenado, porque no se ha creado a sí mismo, y por otro lado, es libre, porque una vez arrojado al mundo es responsable de todo lo que hace. Tomando como base este concepto, podemos definir a la libertad como una cualidad inherente de todo ser humano. No obstante, existen un gran numero de argumentos que externan que en realidad no somos seres completamente libres, sino que estamos condicionados por medio de factores culturales, sociales y/o naturales. El objetivo de este ensayo es analizar si realmente existen factores que nos limitan, definir cuáles son y determinar de qué forma condicionan la libertad del ser humano.

Primero que nada, es importante desglosar y definir detalladamente el concepto de la libertad. “La libertad es una característica propia del ser humano, es un atributo netamente humano y va íntimamente relacionado con la inteligencia” (García, 2012) La libertad se compone de esa facultad que posee todo ser vivo para llevar a cabo una acción de acuerdo a su propia voluntad. En otras palabras, quiere decir que por el simple hecho de ser humanos, contamos con la capacidad de raciocinio, a diferencia de los animales, somos aptos para tomar decisiones, ya sea para bien o para mal.

Es completamente cierto que nosotros no podemos decidir si nacemos ricos o pobres, si nacemos con piel blanca u oscura, etc; simplemente llegamos al mundo, y una vez que somos parte de la humanidad, somos responsables de todo lo que hacemos. Nos vamos formando como personas en base a las decisiones que tomamos, y estas definen quiénes somos y qué tipo de vida tendremos. Ortega y Gasset hace una distinción entre los tipos de libertad: la libertad “desde”, que es la libertad en la cual no podemos elegir nuestras circunstancias, retos ni capacidades, y la libertad “para”, que consiste en el modo en que afrontamos tales situaciones, el cual sí podemos elegir. Esto significa que a pesar de que no tengamos el poder de decidir cómo y bajo qué circunstancias llegamos a este mundo, sí tenemos la capacidad de elegir la forma en la que vamos a enfrentarnos a tales condiciones.

Se tiende a pensar que no contamos con una libertad absoluta porque estamos limitados y atados por las condiciones en las que nos encontramos. Por ejemplo, se podría considerar que un obrero está limitado en su libertad económica, porque a diferencia de una persona adinerada, este no cuenta con las mismas posibilidades de obtener ingresos equivalentes a los de la persona acaudalada. Sin embargo, a pesar de que las condiciones en las que este obrero se encuentra están fuera de su control, no significa que no pueda alcanzar más. Es capaz de superar sus límites y llegar más lejos si así lo desea, tomando decisiones encaminadas a tal objetivo. ¿Cuál sería una forma de afrontar sus circunstancias y lograr su meta? Educándose financieramente, desarrollando una cultura de ahorro o trabajando el doble. Como seres humanos tendemos a ver nuestro entorno como un obstáculo a nuestras metas, pero en realidad se trata de la forma en la que afrontamos tales condiciones y decidimos sobreponerlas para formarnos en la persona que deseamos ser.

Retomando este último ejemplo, muchos podrían argumentar que el obrero continúa siendo limitado por su entorno, pues como no tiene el dinero suficiente ni una posición económica ideal, no puede tener acceso a la educación financiera que requiere ni a la información necesaria para administrar su dinero. Probablemente el obrero no cuente con tal nivel de intelecto, pero sí puede razonar y reflexionar para encontrar una solución alterna. Imaginemos que nuestro obrero se dedica a la carpintería;  su nivel máximo de educación es de preparatoria, con dificultad se le puede llamar casa al lugar en donde vive con su familia de 2 hijos, y con mucho  esfuerzo, entre él y su esposa, apenas pueden alimentarla. Sin embargo, nuestro obrero tiene un talento nato para la carpintería y su esposa tiene la facilidad de persuadir a los demás. ¿Qué puede surgir de esto? Nuestro obrero, en sus tiempos libres, puede dedicarse a realizar trabajos artesanales, y la esposa, a venderlos, generando un ingreso extra y por lo tanto mejorando la calidad de vida de su familia. Tal vez, en un inicio no lleguen a estar al nivel económico de un millonario, pero si son buenos en lo que hacen, el éxito viene de la mano. Las condiciones en las que vive el obrero no son un límite, sino una oportunidad para alcanzar su meta.

“La libertad es una afirmación de la persona, se vive, más no se ve, es la condición total de la persona, es fuente viva de ser.” (García, 2012) Cuando tomamos una decisión, ya sea buena o mala, es importante comprometernos con las consecuencias respectivas. La libertad va de la mano con la responsabilidad; somos seres humanos completamente responsables de las elecciones que tomamos y las consecuencias que estas conllevan. Si elegimos hacer mal, entonces nuestra decisión va a tener ciertas repercusiones. En este punto es cuando se presenta otro de los límites de la libertad. Se dice que somos libres hasta cierto momento porque solamente podemos ejercer nuestra libertad dentro de lo permitido, lo que consiste de factores culturales y sociales. La sociedad establece ciertas normas para asegurar una convivencia de paz y armonía entre los individuos que la componen, y si alguien no se comporta acorde a tales pautas, es castigado.

Por ejemplo, imaginemos que vamos manejando por una carretera y el límite de velocidad es de 80 km/h. Podemos decidir seguir tal lineamiento  o exceder la velocidad. Ese 80 no es nada más un número que existe para imponer una regla sin fundamento alguno, sino que es la velocidad máxima en la que aún no existe gran riesgo para la vida del conductor y las personas que se encuentran en el vehículo. “Según la Organización Mundial de Salud, el aumento de la velocidad promedio está relacionado con la probabilidad de la ocurrencia de un accidente de tránsito, como con la gravedad y consecuencias del mismo.” (Rueda, 2012) Si decidimos no respetar una norma de este tipo, estamos poniendo en peligro no solo nuestras vidas, sino la de terceros, por lo que es primordial castigar a quienes deciden tomar tal riesgo.

La sociedad no establece reglas y normas con el fin de limitar nuestra libertad, sino para que exista un orden y una sana convivencia entre los miembros de una sociedad. Por ejemplo, si no hubiera reglas, cualquier persona podría entrar a nuestra casa, tomar lo que quisiera e irse sin recibir algún tipo de sanción. El que existan tales pautas no significa que tengamos que seguirlas, aunque es lo ideal. Nosotros tenemos la libertad de decidir si queremos vivir siguiendo estas normas o si queremos actuar contra ellas. Al tomar una decisión estamos expresando que estamos dispuestos a afrontar las consecuencias de forma responsable. Antes de decidir debemos saber qué es lo que vamos a obtener de tal elección. Si decidimos matar o robar, debemos saber que tal acción trae como consecuencia un castigo, por lo que no nos queda otra alternativa más que la de responsabilizarnos por nuestros actos.

Nosotros tenemos la capacidad de elegir si queremos vivir en sociedad o si queremos convertirnos en ermitaños; en cualquier caso, hay reglas y normas que tenemos que cumplir para no alterar el orden establecido. Si decidimos ser parte de una sociedad significa que nos estamos comprometiendo a seguir las reglas y normas que esta impone. Si escogemos vivir en plena naturaleza, también debemos seguir las leyes decretadas por ella. No podemos modificar el orden de las especies animales ni meternos con la forma en la que ellos viven su vida, sino que debemos adaptarnos a ella. Es incorrecto simplemente llegar a cazarlos o destruir sus hábitats, pues si lo hacemos, ellos se van a defender y nos van a castigar, probablemente terminando con nuestras vidas por el simple hecho de poner la de ellos y la de sus crías en peligro.

Por otra parte, hay personas que le tienen miedo a su propia libertad, y por esta razón, ellos mismos se convierten en su propio límite. Ningún gobierno, presidente o figura autoritaria nos puede otorgar ni nos puede privar de nuestro derecho inherente de libertad. En los países del mundo que aún existen regímenes que controlan a poblaciones enteras, en donde las libertades de las personas son ofuscadas y completamente ignoradas, los ciudadanos se acostumbran a que se les diga qué hacer y son cegados por el miedo de simplemente pensar en cómo sería su vida si ellos pudieran elegir por sí mismos. Sin embargo, este miedo es una limitante que nos ponemos como seres humanos, pues se ha visto a través de la historia cómo muchos han peleado arriesgando sus y sacrificado todo lo que tienen con el fin conseguir la libertad que merecen.

Otra de las consideradas limitantes de la libertad humana es la falta de conocimiento. Mientras tengamos mayor conocimiento y la capacidad de hacer un juicio crítico, tenemos una mejor oportunidad de tomar la decisión correcta. Sin embargo, tal información puede ser modificada, como es el caso de la manipulación por parte de los medios. Muchas veces nuestra decisión puede encontrarse limitada si recibimos información tergiversada que está enfocada a beneficiar a ciertas grupos y/o personas, en ves de cumplir su objetivo de informar de forma transparente y objetiva. Por ejemplo, si leemos una noticia titulada: “Obama es el peor presidente que ha tenido Estados Unidos” y en ves de investigar más a fondo y cuestionarnos la causa de tal aseveración, aceptamos que ciertamente sí es el peor presidente, nos vamos a hacer la idea de que él es el culpable de todos los problemas del país y todo lo negativo que escuchemos sobre Estados Unidos lo vamos a relacionar con él sin pensarlo. El problema es que no sabemos discernir entre la información que se nos proporciona y solemos dejarnos llevar por lo que escuchamos sin preguntarnos si es cierto o no. Sin embargo, a pesar de esta limitante somos libres de no creernos todo lo que nos dicen los medios, de cuestionar y de comparar distintas fuentes de información y analizar nuestras alternativas para tomar la decisión que más nos beneficie a nosotros  y a los que nos rodean.

El que elige lo malo es tan libre como el que elige lo bueno. Todos tenemos la libertad de decidir cómo vivimos, y esto se expresa en las decisiones que tomamos y en las acciones que realizamos. Nadie puede pensar ni decidir por nosotros, somos completamente libres de elegir siempre y cuando nos comprometamos a responsabilizarnos de las consecuencias.  Puede parecer que estamos atados por una innumerable cantidad de cadenas que no nos permiten ser libres de forma absoluta, pero a fin de cuentas, somos libres de decidir y de hacer lo que queramos. Si nuestra elección tiene algún tipo de repercusión, está en nosotros mismos aceptar y reconocerla. Así como dijo Ramón de Campoamor: La libertad no consiste en hacer lo que se quiere, sino en hacer lo que se debe.


¿Por qué solemos cometer el grandísimo error de siempre poner a una “persona” frente a nosotros mismos? ¿Qué tipo de poder tiene esa “persona” que hace que nuestra vida se vuelva insignificante si él o ella no está presente? ¿Cómo es posible que sin tener que realizar algún tipo de acción o pronunciar palabra alguna provoque que adquiramos un comportamiento en el que dejamos todo atrás a tal punto de volver nuestra dignidad casi inexistente con el fin de complacerla?  La verdad es que esa “persona”, en la que todos ustedes están pensando en este preciso instante, aunque están intentando con todo su ser negarlo, no le importa un carajo ahorita ni le importará después lo que hagan por ella.

Ahorita probablemente estén pensando “no es cierto, se comporta así porque está pasando por un momento difícil” o “expresa que le importo de una forma distinta” o “simplemente así es nuestra relación y ambos estamos de acuerdo con eso”, etc. ¿Cuánto tiempo más se van a seguir inventando excusas estúpidas solo para evitarse el dolor de abrir los ojos y darse cuenta de lo que ha estado pasado frente a sus narices todo este tiempo? Es hora de que se enfrenten a sus innumerables mentiras y tengan el valor de aceptar que simplemente se están engañando, por más difícil que sea de aceptar, justificando las acciones de otra persona que no los valora en absoluto.

Si le importas a alguien, te lo va a demostrar, y para esto no hay algún tipo de excepción.  Solemos entregar demasiado de nosotros mismos solo para sentir que la otra persona nos valora de la misma manera. Empezamos a hacer sacrificios pequeños que van aumentando con el tiempo y cuando menos nos damos cuenta, estamos completamente perdidos. Muchas veces, tal situación se agrava a tal punto que ya no sabemos ni quiénes somos de lo dependiente que nos volvemos de él o ella. Perdemos a nuestros amigos, nos alejamos de nuestra familia, descuidamos nuestra apariencia, y el tiempo que antes utilizabamos para nuestras actividades personales un día desapareció y se canalizó para complacer a otro.

Tendemos a crear una realidad alterna en la cual nos imaginamos que a la otra persona sí le importamos, pero por alguna excusa tonta, no nos lo puede demostrar de la forma adecuada. Y ahí estamos, dando sin recibir nada a cambio, y  todo porque seguimos creyendo que algún día será diferente y que nuestro esfuerzo habrá valido la pena. Nos volvemos dependientes, nos volvemos unos adictos envueltos en la perdición del engaño. Tal sensación se convierte en nuestro motor, nos vuelve masoquistas. Nos gusta estar ahí, siendo despreciados y pisoteados, pero somos tan adictos que necesitamos de eso para sentirnos completos.

¿Quiénes seríamos sin estas personas? Probablemente nadie. Nos acostumbramos a que ellas definan quién somos, qué debemos hacer, qué nos debe de gustar, cómo nos debemos comportar, qué es lo que tenemos que pensar. Sin embargo, en ese momento estamos cegados por una neblina de felicidad artificial que no permite que nos demos cuenta de que simplemente nos están manipulando. Si alguien ve que a pesar de que te trate como si no valieras nada, sigues ahí a sus pies, se va a aprovechar de la situación y va a abusar de ella, trayéndote de aquí para allá para satisfacer sus intereses sin tomar en cuenta en algún momento los tuyos. Pero tristemente, a veces para nosotros es suficiente que él o ella nos diriga una sonrisa o nos exprese falsas palabras de afecto. Tal es nuestro sentimiento hacia ellos que estamos dispuestos a soportar incontables sufrimientos y derrotas solo por un simple momento de estos.

La pregunta es ¿en verdad vale la pena? Eso ya depende de cada quien. Pero, lo que sí puedo asegurarles es que no hay razón por la que tenemos que esforzarnos solo para que alguien nos valore ni tampoco tenemos que ser alguien que no somos para obtener la aprobación de esa persona a la que idolatramos. Y sí, “idolatrar” es la palabra correcta para describir lo que sentimos hacia esa persona especial porque cuando abrimos los ojos y aceptamos que no nos valoran y que nunca lo hicieron, se pierde ese encanto al instante. Cuando vemos a ese “ídolo” como en realidad es, se vuelve en un ser humano común y corriente, humano que no merece un segundo más de nuestro tiempo ni afecto.

Es sumamente difícil tener el coraje de decidir sacar de nuestras vidas a personas de este tipo. Son como parásitos que nos absorben poco a poco hasta que ya no queda nada de nosotros. El dolor más fuerte viene cuando nos damos cuenta de que nos perdimos por completo en el transcurso y que fuimos tan ciegos que permitimos que la situación llegara a tal punto. Es duro aceptar que uno se dejó de querer y apreciar por alguien que no le importó lo suficiente, pero por más sufrimiento que esto genere, es una oportunidad para empezar de cero, de reconstruir quién somos y ser quien queremos ser.

Es importante entender que si le importas a alguien te lo va a demostrar, sin exigir que cambies o que actúes de cierta forma. Le vas a importar y te va a valorar porque eres tú, porque tu valor como persona no es menor que el de alguien más, porque eres único, y porque mereces ser tratado con respeto simplemente por ser quien eres. Dejamos que nos traten como basura porque es tal el concepto que tenemos de nosotros mismos. Todos hemos tenido alguien así en nuestras vidas, incluso varias personas, y al dejarlas ir, nos quitamos un enorme peso de encima y le abrimos la puerta a otras personas completamente dispuestas a tratarnos de la forma que merecemos. Así como dijo Stephen Chbosky: “Aceptamos el amor que creemos merecer”. Dejamos que nos traten como basura porque es tal el concepto que tenemos de nosotros mismos. Debemos reconocer nuestro valor como persona y amarnos más que a nadie, porque si no es así, nunca vamos a ser capaces de darnos a respetar ni de darnos el valor del que somos dignos.


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