domingo, 9 de noviembre de 2014

La decisión final

No hay comentarios. :
 

Se dice que cuando alguien se está ahogando, nunca debemos intentar salvarlo cargándolo o abrazándolo; se le debe agarrar por los pelos. Por qué? Porque sucede lo inevitable: te ahoga junto con él. Se dice que al alcohólico o al drogadicto no se le debe cumplir su deseo de darle esa gota de alcohol que nos pide, ese miligramo de sustancia que su cuerpo necesita. Todas estas son palabras que simplemente se dicen, pero rara vez, vemos que se cumplan. Sentimos compasión, nos sentimos incapaces de decir que no, y nos entra un remordimiento horrible que vive en la frase “si no lo ayudo, se va a morir”.

Somos humanos, en nuestra naturaleza está ayudar, pero en nuestra naturaleza no existe decir “no”. No existe el “no” porque existen las emociones, eso es lo que diferencia al ser humano de las otras especies, es nuestra más grande debilidad y fortaleza; es lo que nos hace únicos.

Se dice que, así como el alcohólico, al ahogado y al drogadicto, al enfermo tampoco se le debe ceder. Porque no es el mismo; porque cedió y la enfermedad y dejó de estar en su cuerpo desde hace meses, pues ahora está en su mente, arraigada y alimentándose de cualquier fortaleza que pueda devorar.

La mente cambia cuando es consumida por la desesperación y la frustración. Cuando es afligida con ideas de que el tiempo se está acabando y que no hay forma de cambiar todo lo que hemos hecho, todo eso de lo cual nos hemos arrepentido. La enfermedad y la vida se complementan; trabajan en conjunto. La enfermedad le da ese último aviso a la vida, la vida se lo da al cuerpo. Sin embargo, el cuerpo no se la da a la mente, la mente lo planta ahí ella misma.

Cuando el ser humano es completamente controlado por esto, se le acabó la vida. No es vida pues él ya no está en control de ella. No es vida porque él simplemente se volvió un testigo de cómo pasa el tiempo y de cómo se le han acumulado los arrepentimientos, los “si hubiera”, y todas esas oportunidades estropeadas. La esencia de su persona está fuera de sí, él está viendo cómo se aleja, se aleja cada vez más, y sin embargo, no hace nada para alcanzarla.

No la detiene, no la bloquea, no la empuja de vuelta a donde partió. Simplemente deja que se distancie, convencido de que ese es su destino, un destino en el que él no tuvo palabra, un destino que otra persona construyó, que cuyos cimientos ni siquiera son propios.

Y así como el ahogado, el alcohólico y el drogadicto, el enfermo ya no tiene nada, ni siquiera se tiene a sí mismo. Sin embargo, aún tiene a un cuerpo que ya no es suyo y que se encuentra con cada instante más lejos de sí, por lo que necesita apoyarse de algo más, necesita fortaleza de una fuente externa, necesita sostenerse de un pilar que él mismo dejó ir cuando se perdió a sí mismo.

El enfermo busca la fuerza, el enfermo busca la alegría, busca la risa, busca la esperanza. El enfermo la encuentra, la absorbe; esta fuerza lo revitaliza, lo hace sentir que existe, lo hace sentir que la vida fluye por su sangre, que una vez más recorre sus venas, se vuelve adicto a esa sensación de volver a tener control sobre sí.

El enfermo está equivocado, esa fuente de vida no es suya, no le pertenece, y poco a poco, como sucedió antes, se aleja. Esta fuente, esta vida, se vuelve su droga. Al principio con poco bastaba, con un simple vistazo, un suspiro, era suficiente. Pero después eso ya no lo sació; necesitaba más vida, lo que había recibido no le bastaba, ahí seguía la sombra de la muerte intentando arrastrarlo.

El enfermo hace lo que sea por obtener más de esa fuente, por sacarle todo el jugo posible. Hace lo que sea, dice lo que sea, actúa sin filtros, actúa sin consideración. Se olvida del respeto, se olvida del amor, se olvida de toda emoción humana, pues la mente lo apodera, la mente le grita: “la necesito, dámela, consíguela, o este es tu fin”. Y él se deja controlar una vez más por ese destino que él no escribió, ese destino del que siempre se burló, del que nunca tuvo poder de decisión. Y llega el día que así como su cuerpo se terminó, esta nueva fuente cesa de existir, pues él le absorbió la vida, apagó su luz, la exprimió hasta su última gota.

Y el enfermo lo sabe, pero no lo acepta. Culpa a los otros, pues la necesidad de esa vida lo vuelve ciego a lo que está pasando a sus narices. Lo vuelve ciego ante todo lo que está dejando ir, todo lo que continua perdiendo. La enfermedad no le permite ver que está destruyendo todo lo que toca, que ese ha sido el camino que ha marcado toda su vida, que lo que está pasando son las meras consecuencias de sus acciones.

Pero no lo puede entender porque ya no puede sentir, ya no puede pensar, ya no puede hacer nada más que necesitar. Y el afrontarse con el hecho de que ya exprimió todas las fuentes que alguna vez encontró en su camino, lo hunde más en el regazo de la muerte. Ahora se encuentra completamente anclado a esa sombra de la que estuvo huyendo durante años; ahora ella lo alcanzó y lo está hundiendo a él.

Y el enfermo, así como el alcohólico, el drogadicto y el ahogado, en desesperación se intenta sostener de una luz, pues a su alrededor solo hay oscuridad. Y tiene miedo; tiene tanto miedo como nunca lo ha sentido en su vida. Ahí abajo todo es frío, todo es oscuro, todo es horrible. Y se da cuenta que él se metió en ese abismo, que dejó ir toda la luz que alguna vez existió en su vida, que se dejó llevar por el poder y la avaricia, que lo arruinó todo. Y se da por vencido, porque ya no vale la pena, porque ya lo perdió todo.

Pero el enfermo no sabe que no se ha perdido a sí mismo, aún se ve, a lo lejos en el horizonte, alejándose poco a poco, un punto diminuto entre la magnánima oscuridad que le grita ser rescatado. Pero está muy lejos y el enfermo está cansado, ya no quiere, ya tuvo suficiente sufrimiento. Pero esa luz es vida, esa luz es esperanza, y no hay nadie que la pueda ir a salvar más que él. Porque solamente se puede ayudar él mismo, porque el enfermo aún puede escribir las últimas palabras de su destino.

Solo queda una decisión más por tomar: seguir dejando que la sombra de la muerte lo arrastre como siempre lo ha hecho o morir intentando cultivar ese último rayo de luz que siempre ha estado ahí guiándolo mientras él lo ignoraba con fervor. El enfermo tiene dos opciones. El enfermo tiene 2 caminos. El enfermo tiene el poder de escoger. El enfermo, decide.



No hay comentarios. :

Publicar un comentario

 
© 2012. Design by Main-Blogger - Blogger Template and Blogging Stuff