miércoles, 26 de noviembre de 2014

¿Sabía usted que más de la mitad de los jóvenes consideran comunicarse con un desconocido a través de la Web como algo completamente normal?


 Es sumamente común que los padres de familia le repitan a sus hijos de forma constante que no se hablar con extraños, por lo que muchos crecieron con la idea de que el interactuar con un desconocido era una práctica “prohibida” y extremadamente peligrosa. Sin embargo, miles de personas se comunican todos los días con desconocidos a través de una de las herramientas más útiles que existen en el siglo XIX: el internet.

El internet, o mejor conocido como la “Web 2.0”, ha revolucionado la vida de todas las personas, en especial las relaciones interpersonales entre seres humanos. Ahora podemos comunicarnos no solo de “cara a cara”, sino que con el uso de este instrumento tenemos la oportunidad de hablar, compartir ideas y pensamientos, y encontrar entretenimiento utilizando distintas plataformas virtuales, como por ejemplo, chats, redes sociales y foros. Esta revolución de la comunicación nos ha vuelto capaces de relacionarnos con personas que no comparten absolutamente nada en común con nosotros: personas de nacionalidades que no teníamos ni idea que existían, y  de cualquier edad, raza, religión y cultura.  


¿Qué tan bien conocemos a nuestros “amigos”?


En la actualidad no se necesita tener una amistad para considerar a alguien como un “amigo”. Tomemos el ejemplo de Facebook: los amigos que tenemos generalmente superan los 500, y sin embargo, creo que la mayoría de las personas puede contar con el dedo de una mano quiénes son sus verdaderos amigos, lo que nos ha llevado a adoptar la tendencia de coleccionar “amigos” como si fueran sellos. Los demás simplemente se vuelven meros conocidos con los que interactuamos frecuentemente, ya sea comentando alguna de sus publicaciones, intercambiando una opinión o compartiendo información.

Entonces, es importante preguntarnos quiénes son los que obtienen mayor beneficio de este fenómeno. Según Goffman, un sociólogo estadounidense, esta nueva forma de interacción favorece a las personas con menos habilidades sociales porque les permite anticipar cómo quieren presentarse a sí mismos. De la misma forma, presenta ventajas para aquellos que manifiestan mayor grado de desconfianza hacia los otros, ya que pueden conocer a otras personas poco a poco y tienen un dominio total del ritmo en el que se desarrolla la conversación. Sin embargo, esta situación no se presenta cuando estamos personalmente frente a alguien, pues en ese caso, nosotros y la persona con la que nos comunicamos, somos obligados a responder de inmediato sin planeación previa, por lo que controlar la percepción que se tiene de nosotros es vuelve una tarea muchísimo más difícil.



            Por otro lado, es importante destacar que este fenómeno también presenta múltiples consecuencias para las personas que suelen interactuar con desconocidos de forma excesiva. Por ejemplo, el internet se puede volver una vía de escape para un individuo que está pasando por un problema emocional, como la depresión o el aislamiento, pensando que eso lo va a ayudar a mejorar su situación. Esto simplemente provoca un problema aún más grande, pues es posible que se presente una disminución de sus habilidades sociales y que se encuentre expuesto a vivir malas experiencias originarias de sus interacciones en línea.

Al mismo tiempo, muchas personas se acostumbran a tal grado a esta forma de comunicación que se sienten mucho más cómodos relacionándose con desconocidos a través de una plataforma virtual, lo que provoca que caigan en aislamiento.  

 ¿Existe algún rasgo que caracteriza a las personas que suelen frecuentar a desconocidos de manera habitual?


La interacción virtual, así como la “cara a cara”, es tan influyente que juega un papel importantísimo en nuestras acciones y decisiones. ¿Qué significa esto? Que las personas que suelen tener mayor contacto con desconocidos tienen un perfil diferente a las que no. La característica más importante de este grupo es que son usuarios que pasan más tiempo activos en la red y por lo tanto, consideran este tipo de conductas como algo completamente normal.

Un aspecto interesante es que las personas que frecuentan más este tipo de relaciones tienen una actitud más activa en cuanto a la creación de contenidos, lo que significa que la principal razón por la cual se conectan a Internet es para subir contenidos como información, vídeos, etc. Por otro lado, la interacción por medio de la Web replantea el concepto que estas personas tienen sobre cuáles son sus “grupos de pertenencia”, pues se identifican y confían mucho más en tales desconocidos que en los miembros de su misma comunidad.

Por otro lado, según un estudio realizado en la Universidad Complutense de Madrid, los hombres están mucho más dispuestos a extender las fronteras en sus interacciones, mientras que las mujeres se relacionan más seguido con personas que pertenecen a sus grupos cercanos. La educación también es un factor que influye en la frecuencia con la cual se llevan a cabo estas relaciones, pues los que cuentan con un bajo nivel educativo son más abiertos a interactuar con desconocidos, mientras que quienes obtuvieron un nivel más alto suelen limitarse a su entorno cercano cuando utilizan plataformas virtuales.

La era del Internet, o mejor conocida, la WEB 2.0, ha revolucionado las relaciones entre las personas de una forma que nunca nos hubiéramos imaginado. La comunicación ya no tiene fronteras, hemos sido capaces de alcanzar metas que en el pasado hubieran parecido imposibles. Con el avance tan veloz de la tecnología, las relaciones humanas se van a ir transformando cada vez más. Sin embargo, a pesar de que existen muchas teorías que dicen que algún día vamos a ser completamente dominados por las máquinas, ningún tipo de avance tecnológico va a ser capaz de sustituir la interacción directa entre humanos, pues es el rasgo más característico de la humanidad.




PARA CONOCER MÁS:
MD Cáceres Zapatero, G Brändle, JA Ruiz San-Román (2013): “Comunicación interpersonal en la web 2.0. Las relaciones de los jóvenes con desconocidos”, en Revista Latina de Comunicación Social, 68. La Laguna (Tenerife): Universidad de La Laguna, páginas 436 a 456, recuperado el 8 de noviembre de 2014 de:  http://www.revistalatinacs.org/068/paper/984_Complutense/18_Caceres.html
Urban, T. (2013) The Great Perils of Social Interaction. Wait but Why. Recuperado el 9 de noviembre de 2013 de: http://waitbutwhy.com/2014/01/the-great-perils-of-social-interaction.html?doing_wp_cron=1415587990.3454530239105224609375


domingo, 9 de noviembre de 2014


Se dice que cuando alguien se está ahogando, nunca debemos intentar salvarlo cargándolo o abrazándolo; se le debe agarrar por los pelos. Por qué? Porque sucede lo inevitable: te ahoga junto con él. Se dice que al alcohólico o al drogadicto no se le debe cumplir su deseo de darle esa gota de alcohol que nos pide, ese miligramo de sustancia que su cuerpo necesita. Todas estas son palabras que simplemente se dicen, pero rara vez, vemos que se cumplan. Sentimos compasión, nos sentimos incapaces de decir que no, y nos entra un remordimiento horrible que vive en la frase “si no lo ayudo, se va a morir”.

Somos humanos, en nuestra naturaleza está ayudar, pero en nuestra naturaleza no existe decir “no”. No existe el “no” porque existen las emociones, eso es lo que diferencia al ser humano de las otras especies, es nuestra más grande debilidad y fortaleza; es lo que nos hace únicos.

Se dice que, así como el alcohólico, al ahogado y al drogadicto, al enfermo tampoco se le debe ceder. Porque no es el mismo; porque cedió y la enfermedad y dejó de estar en su cuerpo desde hace meses, pues ahora está en su mente, arraigada y alimentándose de cualquier fortaleza que pueda devorar.

La mente cambia cuando es consumida por la desesperación y la frustración. Cuando es afligida con ideas de que el tiempo se está acabando y que no hay forma de cambiar todo lo que hemos hecho, todo eso de lo cual nos hemos arrepentido. La enfermedad y la vida se complementan; trabajan en conjunto. La enfermedad le da ese último aviso a la vida, la vida se lo da al cuerpo. Sin embargo, el cuerpo no se la da a la mente, la mente lo planta ahí ella misma.

Cuando el ser humano es completamente controlado por esto, se le acabó la vida. No es vida pues él ya no está en control de ella. No es vida porque él simplemente se volvió un testigo de cómo pasa el tiempo y de cómo se le han acumulado los arrepentimientos, los “si hubiera”, y todas esas oportunidades estropeadas. La esencia de su persona está fuera de sí, él está viendo cómo se aleja, se aleja cada vez más, y sin embargo, no hace nada para alcanzarla.

No la detiene, no la bloquea, no la empuja de vuelta a donde partió. Simplemente deja que se distancie, convencido de que ese es su destino, un destino en el que él no tuvo palabra, un destino que otra persona construyó, que cuyos cimientos ni siquiera son propios.

Y así como el ahogado, el alcohólico y el drogadicto, el enfermo ya no tiene nada, ni siquiera se tiene a sí mismo. Sin embargo, aún tiene a un cuerpo que ya no es suyo y que se encuentra con cada instante más lejos de sí, por lo que necesita apoyarse de algo más, necesita fortaleza de una fuente externa, necesita sostenerse de un pilar que él mismo dejó ir cuando se perdió a sí mismo.

El enfermo busca la fuerza, el enfermo busca la alegría, busca la risa, busca la esperanza. El enfermo la encuentra, la absorbe; esta fuerza lo revitaliza, lo hace sentir que existe, lo hace sentir que la vida fluye por su sangre, que una vez más recorre sus venas, se vuelve adicto a esa sensación de volver a tener control sobre sí.

El enfermo está equivocado, esa fuente de vida no es suya, no le pertenece, y poco a poco, como sucedió antes, se aleja. Esta fuente, esta vida, se vuelve su droga. Al principio con poco bastaba, con un simple vistazo, un suspiro, era suficiente. Pero después eso ya no lo sació; necesitaba más vida, lo que había recibido no le bastaba, ahí seguía la sombra de la muerte intentando arrastrarlo.

El enfermo hace lo que sea por obtener más de esa fuente, por sacarle todo el jugo posible. Hace lo que sea, dice lo que sea, actúa sin filtros, actúa sin consideración. Se olvida del respeto, se olvida del amor, se olvida de toda emoción humana, pues la mente lo apodera, la mente le grita: “la necesito, dámela, consíguela, o este es tu fin”. Y él se deja controlar una vez más por ese destino que él no escribió, ese destino del que siempre se burló, del que nunca tuvo poder de decisión. Y llega el día que así como su cuerpo se terminó, esta nueva fuente cesa de existir, pues él le absorbió la vida, apagó su luz, la exprimió hasta su última gota.

Y el enfermo lo sabe, pero no lo acepta. Culpa a los otros, pues la necesidad de esa vida lo vuelve ciego a lo que está pasando a sus narices. Lo vuelve ciego ante todo lo que está dejando ir, todo lo que continua perdiendo. La enfermedad no le permite ver que está destruyendo todo lo que toca, que ese ha sido el camino que ha marcado toda su vida, que lo que está pasando son las meras consecuencias de sus acciones.

Pero no lo puede entender porque ya no puede sentir, ya no puede pensar, ya no puede hacer nada más que necesitar. Y el afrontarse con el hecho de que ya exprimió todas las fuentes que alguna vez encontró en su camino, lo hunde más en el regazo de la muerte. Ahora se encuentra completamente anclado a esa sombra de la que estuvo huyendo durante años; ahora ella lo alcanzó y lo está hundiendo a él.

Y el enfermo, así como el alcohólico, el drogadicto y el ahogado, en desesperación se intenta sostener de una luz, pues a su alrededor solo hay oscuridad. Y tiene miedo; tiene tanto miedo como nunca lo ha sentido en su vida. Ahí abajo todo es frío, todo es oscuro, todo es horrible. Y se da cuenta que él se metió en ese abismo, que dejó ir toda la luz que alguna vez existió en su vida, que se dejó llevar por el poder y la avaricia, que lo arruinó todo. Y se da por vencido, porque ya no vale la pena, porque ya lo perdió todo.

Pero el enfermo no sabe que no se ha perdido a sí mismo, aún se ve, a lo lejos en el horizonte, alejándose poco a poco, un punto diminuto entre la magnánima oscuridad que le grita ser rescatado. Pero está muy lejos y el enfermo está cansado, ya no quiere, ya tuvo suficiente sufrimiento. Pero esa luz es vida, esa luz es esperanza, y no hay nadie que la pueda ir a salvar más que él. Porque solamente se puede ayudar él mismo, porque el enfermo aún puede escribir las últimas palabras de su destino.

Solo queda una decisión más por tomar: seguir dejando que la sombra de la muerte lo arrastre como siempre lo ha hecho o morir intentando cultivar ese último rayo de luz que siempre ha estado ahí guiándolo mientras él lo ignoraba con fervor. El enfermo tiene dos opciones. El enfermo tiene 2 caminos. El enfermo tiene el poder de escoger. El enfermo, decide.



sábado, 13 de septiembre de 2014

Vida. Muerte. Existe una línea tan fina entre ambas. No puede existir una sin la otra, y sin embargo, cada una decide vivir en su propia burbuja, repitiéndose una y otra vez que solo existe ella y que no puede haber ninguna otra. La vida se dice que mientras ella exista es imposible la muerte. La muerte pelea constantemente consigo misma intentando convencerse fervientemente de que no es posible la vida, porque existe ella. Pero no es hasta que están frente a frente que se dan cuenta  de que se encuentran ante su propio reflejo; que la vida es la muerte, y la muerte es la vida, y que no existiría nada de no ser por esta triste y bella causalidad. Vivir es morir así como morir es vivir.


sábado, 23 de agosto de 2014

Desde hace un par de días me llamó bastante la atención ver a muchos de mis amigos y compañeros de escuela absorbidos por completo en sus teléfonos con rostros que reflejaban ansiedad, excitación y angustia al mismo tiempo.  Me daba cuenta que incluso se juntaban varias personas y que fuera lo que estuvieran viendo, los atiborraba de satisfacción y provocaba gran controversia. Al principio lo ignoré, pero con el paso de los días parecía que era lo único de lo que todo el mundo podía hablar: “Secret”.

Cuando pregunté qué era “Secret” y por qué todos estaban tan obsesionados con eso me dijeron que es una aplicación para celular que permite que te conectes por medio de tu perfil de Facebook, celular o correo electrónico, y publicar secretos que solamente tus amigos o conocidos que han descargado la aplicación podrán ver, pero sin embargo, a ellos no se les notifica quién es la persona que publicó el comentario, o en palabras más correctas, el secreto. Lo único que la aplicación nos permite conocer es si un amigo tuyo fue el que escribió el secreto o si fue un amigo de tu amigo. El uso de esta novedad es muy sencillo: simplemente lees secretos, comentas y si te gusta una publicación presionas un corazoncito. Sin embargo, nadie te dice que parte de la diversión es intentar descifrar de forma obsesiva quién pudo haber sido e incluso encontrarse con algún secreto personal que un “amigo” tuyo decidió contarle a toda la comunidad cibernética.


            Decidí hacerme una cuenta y ver por mi misma de qué se trataba toda esta habladuría. El primer paso fue sencillo: me registré por medio de mi cuenta de Facebook, pero después la aplicación me pidió mi número telefónico y hasta mi correo electrónico, todo con el fin de que pudiera enterarme de los secretos de un mayor número de “amigos”. Demasiada información solicitada solamente para leer “secretos”, no creen?

Al ver las publicaciones, observé que la mayoría eran trivialidades o comentarios con gran sentido del humor, como por ejemplo: “Un te amo nunca va a superar un ya te depositamos” o “Cuando veo una cucaracha en mi cuarto, lentamente agarro mi zapato, empaco y salgo de mi casa a iniciar mi vida en otro país.”  Sin embargo, mientras más leía, mi sonrisa iba desvaneciendo cada vez que me aparecía un comentario que decía algo como “[Nombre], descripción perfecta de zorra, puta y plana. Ánimo mija, lo gata mata carita.” o “[Nombre] nadie te quiere, túmbate el rollo y muérete pendeja.”
Esta forma tan “innovadora” de intercambiar información en línea le da la oportunidad al usuario de esconderse bajo un total anonimato. ¿Y esto a qué nos lleva? La respuesta es simple y es un concepto que creo que ya todos estamos hartos de escuchar: el ciberbullying.  Esta aplicación se creó con el fin de que el anonimato se usara de forma “positiva”. Creo que todos podemos estar de acuerdo en que el anonimato no se usó de forma positiva en el caso de Amanda Todd o en el de Sarah Lynn Butler (por mencionar algunos ejemplos), quienes cometieron el acto de suicidio a causa del acoso y abuso que  recibían constantemente por medio del internet, y por supuesto, de forma anónima.

El objetivo de “Secret” es que los usuarios se expresen de forma abierta y honesta, y lo más importante, de manera respetuosa. Las guías de la aplicación NO RECOMIENDAN que se publiquen amenazas, que las personas se agredan entre sí, ni que se publique información personal de las personas. Sin embargo, está escrito de forma clarísima que Secret no es responsable por lo que los usuarios publican y que no garantiza que el contenido se va a atener completamente a lo que las guías, y enfatizo, recomiendan. En otras palabras, no se tiene ningún control sobre la información que está rondando ni existe el interés de hacer algo al respecto para prohibir publicaciones que pueden provocar daños severos tanto personales y emocionales.

El propósito de la aplicación puede ser muy visionario, pero la pregunta es si en verdad es posible que en una comunidad de anonimato total solamente se compartan ideas y comentarios sin la intención de dañar a alguien. En mi opinión, es totalmente utópico. El anonimato es un arma de doble filo de la que todos se aprovechan. Es muy fácil publicar un chisme del que te enteraste y más divertido aún agregarle más detalles a la historia, especialmente si esa persona te cae mal.  ¿Pero qué hay del después? No podemos simplemente lavarnos las manos y librarnos de toda consecuencia. Nunca sabes si tu comentario puede ser la razón por la que alguien ahora va a considerar seriamente la terminación de su vida.


Debemos actuar como seres humanos responsables y entender que cualquier decisión que tomemos tiene sus repercusiones, incluso cuando tenemos la oportunidad de no hacerlo, que es el caso que se presenta en “Secret” por medio del anonimato cibernético. Si tuviésemos la oportunidad de hacer lo mismo frente a esa persona, ¿cuál sería nuestra reacción? En verdad seríamos tan honestos o nos esconderíamos bajo una capa de cobardía tal y como lo hacen las personas que deciden hablar de los demás sin ponerse a pensar en las repercusiones de tal decisión. Tal vez podramos estar consumidos de envidia hacia una persona, o nos puede desagradar tanto que creemos que merece mal en su vida, sin embargo, nuestros sentimientos negativos hacia los demás no nos dan el derecho de meternos a manipular su vida. Debemos mostrar el mismo respeto hacia los demás tanto en la vida real como en el mundo cibernético, pues si no, nos convertimos en viles hipócritas. Este acto de incoherencia del mundo real contra el cibernético refleja que nosotros mismos no exigimos respeto. El hecho de que decidamos dañar a alguien y faltarle el respeto de tal manera solamente expresa que estamos de acuerdo con que los demás nos traten de la misma manera.  Como dice la frase célebre “Si quieres que te respeten hay que aprender primero a respetar.”



Referencias



lunes, 28 de julio de 2014

¿En realidad existe la libertad absoluta, o  simplemente es un concepto ilusorio que está condicionado por la sociedad y sus normas? Según el filósofo francés, Jean-Paul Sartre, el hombre está condenado a ser libre; condenado, porque no se ha creado a sí mismo, y por otro lado, es libre, porque una vez arrojado al mundo es responsable de todo lo que hace. Tomando como base este concepto, podemos definir a la libertad como una cualidad inherente de todo ser humano. No obstante, existen un gran numero de argumentos que externan que en realidad no somos seres completamente libres, sino que estamos condicionados por medio de factores culturales, sociales y/o naturales. El objetivo de este ensayo es analizar si realmente existen factores que nos limitan, definir cuáles son y determinar de qué forma condicionan la libertad del ser humano.

Primero que nada, es importante desglosar y definir detalladamente el concepto de la libertad. “La libertad es una característica propia del ser humano, es un atributo netamente humano y va íntimamente relacionado con la inteligencia” (García, 2012) La libertad se compone de esa facultad que posee todo ser vivo para llevar a cabo una acción de acuerdo a su propia voluntad. En otras palabras, quiere decir que por el simple hecho de ser humanos, contamos con la capacidad de raciocinio, a diferencia de los animales, somos aptos para tomar decisiones, ya sea para bien o para mal.

Es completamente cierto que nosotros no podemos decidir si nacemos ricos o pobres, si nacemos con piel blanca u oscura, etc; simplemente llegamos al mundo, y una vez que somos parte de la humanidad, somos responsables de todo lo que hacemos. Nos vamos formando como personas en base a las decisiones que tomamos, y estas definen quiénes somos y qué tipo de vida tendremos. Ortega y Gasset hace una distinción entre los tipos de libertad: la libertad “desde”, que es la libertad en la cual no podemos elegir nuestras circunstancias, retos ni capacidades, y la libertad “para”, que consiste en el modo en que afrontamos tales situaciones, el cual sí podemos elegir. Esto significa que a pesar de que no tengamos el poder de decidir cómo y bajo qué circunstancias llegamos a este mundo, sí tenemos la capacidad de elegir la forma en la que vamos a enfrentarnos a tales condiciones.

Se tiende a pensar que no contamos con una libertad absoluta porque estamos limitados y atados por las condiciones en las que nos encontramos. Por ejemplo, se podría considerar que un obrero está limitado en su libertad económica, porque a diferencia de una persona adinerada, este no cuenta con las mismas posibilidades de obtener ingresos equivalentes a los de la persona acaudalada. Sin embargo, a pesar de que las condiciones en las que este obrero se encuentra están fuera de su control, no significa que no pueda alcanzar más. Es capaz de superar sus límites y llegar más lejos si así lo desea, tomando decisiones encaminadas a tal objetivo. ¿Cuál sería una forma de afrontar sus circunstancias y lograr su meta? Educándose financieramente, desarrollando una cultura de ahorro o trabajando el doble. Como seres humanos tendemos a ver nuestro entorno como un obstáculo a nuestras metas, pero en realidad se trata de la forma en la que afrontamos tales condiciones y decidimos sobreponerlas para formarnos en la persona que deseamos ser.

Retomando este último ejemplo, muchos podrían argumentar que el obrero continúa siendo limitado por su entorno, pues como no tiene el dinero suficiente ni una posición económica ideal, no puede tener acceso a la educación financiera que requiere ni a la información necesaria para administrar su dinero. Probablemente el obrero no cuente con tal nivel de intelecto, pero sí puede razonar y reflexionar para encontrar una solución alterna. Imaginemos que nuestro obrero se dedica a la carpintería;  su nivel máximo de educación es de preparatoria, con dificultad se le puede llamar casa al lugar en donde vive con su familia de 2 hijos, y con mucho  esfuerzo, entre él y su esposa, apenas pueden alimentarla. Sin embargo, nuestro obrero tiene un talento nato para la carpintería y su esposa tiene la facilidad de persuadir a los demás. ¿Qué puede surgir de esto? Nuestro obrero, en sus tiempos libres, puede dedicarse a realizar trabajos artesanales, y la esposa, a venderlos, generando un ingreso extra y por lo tanto mejorando la calidad de vida de su familia. Tal vez, en un inicio no lleguen a estar al nivel económico de un millonario, pero si son buenos en lo que hacen, el éxito viene de la mano. Las condiciones en las que vive el obrero no son un límite, sino una oportunidad para alcanzar su meta.

“La libertad es una afirmación de la persona, se vive, más no se ve, es la condición total de la persona, es fuente viva de ser.” (García, 2012) Cuando tomamos una decisión, ya sea buena o mala, es importante comprometernos con las consecuencias respectivas. La libertad va de la mano con la responsabilidad; somos seres humanos completamente responsables de las elecciones que tomamos y las consecuencias que estas conllevan. Si elegimos hacer mal, entonces nuestra decisión va a tener ciertas repercusiones. En este punto es cuando se presenta otro de los límites de la libertad. Se dice que somos libres hasta cierto momento porque solamente podemos ejercer nuestra libertad dentro de lo permitido, lo que consiste de factores culturales y sociales. La sociedad establece ciertas normas para asegurar una convivencia de paz y armonía entre los individuos que la componen, y si alguien no se comporta acorde a tales pautas, es castigado.

Por ejemplo, imaginemos que vamos manejando por una carretera y el límite de velocidad es de 80 km/h. Podemos decidir seguir tal lineamiento  o exceder la velocidad. Ese 80 no es nada más un número que existe para imponer una regla sin fundamento alguno, sino que es la velocidad máxima en la que aún no existe gran riesgo para la vida del conductor y las personas que se encuentran en el vehículo. “Según la Organización Mundial de Salud, el aumento de la velocidad promedio está relacionado con la probabilidad de la ocurrencia de un accidente de tránsito, como con la gravedad y consecuencias del mismo.” (Rueda, 2012) Si decidimos no respetar una norma de este tipo, estamos poniendo en peligro no solo nuestras vidas, sino la de terceros, por lo que es primordial castigar a quienes deciden tomar tal riesgo.

La sociedad no establece reglas y normas con el fin de limitar nuestra libertad, sino para que exista un orden y una sana convivencia entre los miembros de una sociedad. Por ejemplo, si no hubiera reglas, cualquier persona podría entrar a nuestra casa, tomar lo que quisiera e irse sin recibir algún tipo de sanción. El que existan tales pautas no significa que tengamos que seguirlas, aunque es lo ideal. Nosotros tenemos la libertad de decidir si queremos vivir siguiendo estas normas o si queremos actuar contra ellas. Al tomar una decisión estamos expresando que estamos dispuestos a afrontar las consecuencias de forma responsable. Antes de decidir debemos saber qué es lo que vamos a obtener de tal elección. Si decidimos matar o robar, debemos saber que tal acción trae como consecuencia un castigo, por lo que no nos queda otra alternativa más que la de responsabilizarnos por nuestros actos.

Nosotros tenemos la capacidad de elegir si queremos vivir en sociedad o si queremos convertirnos en ermitaños; en cualquier caso, hay reglas y normas que tenemos que cumplir para no alterar el orden establecido. Si decidimos ser parte de una sociedad significa que nos estamos comprometiendo a seguir las reglas y normas que esta impone. Si escogemos vivir en plena naturaleza, también debemos seguir las leyes decretadas por ella. No podemos modificar el orden de las especies animales ni meternos con la forma en la que ellos viven su vida, sino que debemos adaptarnos a ella. Es incorrecto simplemente llegar a cazarlos o destruir sus hábitats, pues si lo hacemos, ellos se van a defender y nos van a castigar, probablemente terminando con nuestras vidas por el simple hecho de poner la de ellos y la de sus crías en peligro.

Por otra parte, hay personas que le tienen miedo a su propia libertad, y por esta razón, ellos mismos se convierten en su propio límite. Ningún gobierno, presidente o figura autoritaria nos puede otorgar ni nos puede privar de nuestro derecho inherente de libertad. En los países del mundo que aún existen regímenes que controlan a poblaciones enteras, en donde las libertades de las personas son ofuscadas y completamente ignoradas, los ciudadanos se acostumbran a que se les diga qué hacer y son cegados por el miedo de simplemente pensar en cómo sería su vida si ellos pudieran elegir por sí mismos. Sin embargo, este miedo es una limitante que nos ponemos como seres humanos, pues se ha visto a través de la historia cómo muchos han peleado arriesgando sus y sacrificado todo lo que tienen con el fin conseguir la libertad que merecen.

Otra de las consideradas limitantes de la libertad humana es la falta de conocimiento. Mientras tengamos mayor conocimiento y la capacidad de hacer un juicio crítico, tenemos una mejor oportunidad de tomar la decisión correcta. Sin embargo, tal información puede ser modificada, como es el caso de la manipulación por parte de los medios. Muchas veces nuestra decisión puede encontrarse limitada si recibimos información tergiversada que está enfocada a beneficiar a ciertas grupos y/o personas, en ves de cumplir su objetivo de informar de forma transparente y objetiva. Por ejemplo, si leemos una noticia titulada: “Obama es el peor presidente que ha tenido Estados Unidos” y en ves de investigar más a fondo y cuestionarnos la causa de tal aseveración, aceptamos que ciertamente sí es el peor presidente, nos vamos a hacer la idea de que él es el culpable de todos los problemas del país y todo lo negativo que escuchemos sobre Estados Unidos lo vamos a relacionar con él sin pensarlo. El problema es que no sabemos discernir entre la información que se nos proporciona y solemos dejarnos llevar por lo que escuchamos sin preguntarnos si es cierto o no. Sin embargo, a pesar de esta limitante somos libres de no creernos todo lo que nos dicen los medios, de cuestionar y de comparar distintas fuentes de información y analizar nuestras alternativas para tomar la decisión que más nos beneficie a nosotros  y a los que nos rodean.

El que elige lo malo es tan libre como el que elige lo bueno. Todos tenemos la libertad de decidir cómo vivimos, y esto se expresa en las decisiones que tomamos y en las acciones que realizamos. Nadie puede pensar ni decidir por nosotros, somos completamente libres de elegir siempre y cuando nos comprometamos a responsabilizarnos de las consecuencias.  Puede parecer que estamos atados por una innumerable cantidad de cadenas que no nos permiten ser libres de forma absoluta, pero a fin de cuentas, somos libres de decidir y de hacer lo que queramos. Si nuestra elección tiene algún tipo de repercusión, está en nosotros mismos aceptar y reconocerla. Así como dijo Ramón de Campoamor: La libertad no consiste en hacer lo que se quiere, sino en hacer lo que se debe.


¿Por qué solemos cometer el grandísimo error de siempre poner a una “persona” frente a nosotros mismos? ¿Qué tipo de poder tiene esa “persona” que hace que nuestra vida se vuelva insignificante si él o ella no está presente? ¿Cómo es posible que sin tener que realizar algún tipo de acción o pronunciar palabra alguna provoque que adquiramos un comportamiento en el que dejamos todo atrás a tal punto de volver nuestra dignidad casi inexistente con el fin de complacerla?  La verdad es que esa “persona”, en la que todos ustedes están pensando en este preciso instante, aunque están intentando con todo su ser negarlo, no le importa un carajo ahorita ni le importará después lo que hagan por ella.

Ahorita probablemente estén pensando “no es cierto, se comporta así porque está pasando por un momento difícil” o “expresa que le importo de una forma distinta” o “simplemente así es nuestra relación y ambos estamos de acuerdo con eso”, etc. ¿Cuánto tiempo más se van a seguir inventando excusas estúpidas solo para evitarse el dolor de abrir los ojos y darse cuenta de lo que ha estado pasado frente a sus narices todo este tiempo? Es hora de que se enfrenten a sus innumerables mentiras y tengan el valor de aceptar que simplemente se están engañando, por más difícil que sea de aceptar, justificando las acciones de otra persona que no los valora en absoluto.

Si le importas a alguien, te lo va a demostrar, y para esto no hay algún tipo de excepción.  Solemos entregar demasiado de nosotros mismos solo para sentir que la otra persona nos valora de la misma manera. Empezamos a hacer sacrificios pequeños que van aumentando con el tiempo y cuando menos nos damos cuenta, estamos completamente perdidos. Muchas veces, tal situación se agrava a tal punto que ya no sabemos ni quiénes somos de lo dependiente que nos volvemos de él o ella. Perdemos a nuestros amigos, nos alejamos de nuestra familia, descuidamos nuestra apariencia, y el tiempo que antes utilizabamos para nuestras actividades personales un día desapareció y se canalizó para complacer a otro.

Tendemos a crear una realidad alterna en la cual nos imaginamos que a la otra persona sí le importamos, pero por alguna excusa tonta, no nos lo puede demostrar de la forma adecuada. Y ahí estamos, dando sin recibir nada a cambio, y  todo porque seguimos creyendo que algún día será diferente y que nuestro esfuerzo habrá valido la pena. Nos volvemos dependientes, nos volvemos unos adictos envueltos en la perdición del engaño. Tal sensación se convierte en nuestro motor, nos vuelve masoquistas. Nos gusta estar ahí, siendo despreciados y pisoteados, pero somos tan adictos que necesitamos de eso para sentirnos completos.

¿Quiénes seríamos sin estas personas? Probablemente nadie. Nos acostumbramos a que ellas definan quién somos, qué debemos hacer, qué nos debe de gustar, cómo nos debemos comportar, qué es lo que tenemos que pensar. Sin embargo, en ese momento estamos cegados por una neblina de felicidad artificial que no permite que nos demos cuenta de que simplemente nos están manipulando. Si alguien ve que a pesar de que te trate como si no valieras nada, sigues ahí a sus pies, se va a aprovechar de la situación y va a abusar de ella, trayéndote de aquí para allá para satisfacer sus intereses sin tomar en cuenta en algún momento los tuyos. Pero tristemente, a veces para nosotros es suficiente que él o ella nos diriga una sonrisa o nos exprese falsas palabras de afecto. Tal es nuestro sentimiento hacia ellos que estamos dispuestos a soportar incontables sufrimientos y derrotas solo por un simple momento de estos.

La pregunta es ¿en verdad vale la pena? Eso ya depende de cada quien. Pero, lo que sí puedo asegurarles es que no hay razón por la que tenemos que esforzarnos solo para que alguien nos valore ni tampoco tenemos que ser alguien que no somos para obtener la aprobación de esa persona a la que idolatramos. Y sí, “idolatrar” es la palabra correcta para describir lo que sentimos hacia esa persona especial porque cuando abrimos los ojos y aceptamos que no nos valoran y que nunca lo hicieron, se pierde ese encanto al instante. Cuando vemos a ese “ídolo” como en realidad es, se vuelve en un ser humano común y corriente, humano que no merece un segundo más de nuestro tiempo ni afecto.

Es sumamente difícil tener el coraje de decidir sacar de nuestras vidas a personas de este tipo. Son como parásitos que nos absorben poco a poco hasta que ya no queda nada de nosotros. El dolor más fuerte viene cuando nos damos cuenta de que nos perdimos por completo en el transcurso y que fuimos tan ciegos que permitimos que la situación llegara a tal punto. Es duro aceptar que uno se dejó de querer y apreciar por alguien que no le importó lo suficiente, pero por más sufrimiento que esto genere, es una oportunidad para empezar de cero, de reconstruir quién somos y ser quien queremos ser.

Es importante entender que si le importas a alguien te lo va a demostrar, sin exigir que cambies o que actúes de cierta forma. Le vas a importar y te va a valorar porque eres tú, porque tu valor como persona no es menor que el de alguien más, porque eres único, y porque mereces ser tratado con respeto simplemente por ser quien eres. Dejamos que nos traten como basura porque es tal el concepto que tenemos de nosotros mismos. Todos hemos tenido alguien así en nuestras vidas, incluso varias personas, y al dejarlas ir, nos quitamos un enorme peso de encima y le abrimos la puerta a otras personas completamente dispuestas a tratarnos de la forma que merecemos. Así como dijo Stephen Chbosky: “Aceptamos el amor que creemos merecer”. Dejamos que nos traten como basura porque es tal el concepto que tenemos de nosotros mismos. Debemos reconocer nuestro valor como persona y amarnos más que a nadie, porque si no es así, nunca vamos a ser capaces de darnos a respetar ni de darnos el valor del que somos dignos.


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martes, 17 de junio de 2014


El cambio es bueno. Es doloroso. Es inevitable. Es parte de la vida. El cambio está fuera de nuestro control, fuera de nuestra decisión, y completamente fuera de nuestro alcance.  El cambio está en nosotros, el cambio está en los que están a nuestro alrededor, está dentro de las personas que nunca conocimos y que nunca vamos a conocer. Está en las personas que ya vivieron, las personas que aún viven y las personas que algún día tendrán la oportunidad de vivir. Está en el presente, estuvo en el pasado, estará en el futuro. El cambio está en mí, está en ti, está en todos, está en todo.

Sin embargo, podemos entender el cambio y podemos comprender que no depende de nosotros, que simplemente sucede y que no podemos hacer nada al respecto para volver al pasado ni para hacer que las cosas sean como antes. Vivimos  sujetos al pasado, sin poder entender porqué las cosas ya no son como antes, y nos perdemos de todo lo que está pasando en el momento. Y nos preguntamos ¿cómo es que dejamos ir todas esas emociones, esos recuerdos, esas memorias, que en un tiempo muy lejano nos llenaron de tantas alegrías, tantas risas, tantas lágrimas y tristezas? ¿Cómo es que de un segundo para otro cambia nuestra vida y lo único que nos queda hacer es ver, desde lejos, cómo nuestro mundo se desmorona poco a poco  sin que podamos hacer algo para detenerlo?

Simplemente sucede. Simplemente llega el día en que todo termina. Por más crudo que suene, nada dura para siempre, todo llega a su fin, así como la vida. Nace una especie y llega el día en que se extingue. Nacemos, vivimos y luego morimos. Es el ciclo natural de la vida. Estamos aquí de forma temporal. Las personas llegan a nuestras vidas por distintas razones, tal ves es para dañarnos o a enseñarnos una lección, pero una vez que cumplen su propósito, es tiempo de que sigan adelante en su propio camino. Sin embargo,  somos vulnerables de naturaleza. Somos tan vulnerables que no podemos evitar aferrarnos tanto a ciertas personas que ya no podemos continuar con nuestras vidas una vez que ya no están. No debemos volvernos dependientes a esas personas, sino simplemente ver ese compartir como lo que fue: un aprendizaje de vida, una experiencia que trajo consigo miles de emociones que nos han hecho quienes somos hoy. Si nos apegamos de más a las personas que nos importan, una vez que ya no están,  es difícil aceptar un cambio tan drástico con brazos abiertos. Lo que hacemos es invitar tal cambio con sufrimiento e incesantes preguntas que nunca vamos a poder contestar como: ¿qué hice yo para merecer esto? ¿por qué me sucede esto a mí? ¿por qué no pueden ser las cosas como eran antes? 

Nunca vamos a poder explicarnos las razones por las que nos sucede todo lo que no queremos que pase. Son experiencias que nos forman como seres humanos, nos proporcionan aprendizaje, nos conducen por un mejor camino. Las personas que por alguna razón ya no están en nuestras vidas es porque ya no necesitan estar ahí. Son personas que ya cumplieron su propósito y por lo tanto no es necesario profundizar más el lazo que compartimos con ellas. Tal vez fue alguien que nos dañó de forma incomparable, alguien que nos enseñó ese lado de la vida que nunca pensamos que existía, alguien que nos cambió la perspectiva de todo lo que pensábamos, alguien que nunca pensamos que un día dejaría de ser esa persona con la que uno compartía risas e historias, a quien le pedíamos su consejo, alguien por quien sacrificamos demasiado.

Es necesario ver qué es lo que nos dejaron esas personas y qué es lo que debemos absorber de esas experiencias, pues si no podemos controlar el paso de la vida, sí podemos aprender de esas experiencias, de nuestros errores, de nuestras relaciones y de todas esas amistades que tuvimos la oportunidad de tener, y utilizar todas enseñanzas para ser una mejor persona para nosotros mismos y para las personas que están por llegar. 

No sirve de nada estar perdido en un abismo de sufrimiento, dándole vueltas a un asunto que no está y que nunca estará bajo nuestro control. Es un ciclo natural de la vida, y la vida nunca se detiene por nadie, simplemente sigue, sin importar qué pase.   La vida no nos espera, la vida no funciona a base de favoritismos, no tiene preferencia sobre ciertos seres humanos. Simplemente continúa su paso, arrollando a quien se le interponga, pues su fuerza es tan grande que ningún ser será capaz de derrotarla. Una vez que entendamos este concepto tan simple, pero a la vez tan complejo, es más sencillo dejar ir a las personas. Si no están en tu vida, es por una razón, y aunque aún no la sepamos, las experiencias que vamos a seguir viviendo nos van a proporcionar la respuesta en un futuro.

Tenemos que dejar de culparnos a nosotros mismos por situaciones que están fuera de nuestro control. No podemos estar mortificándonos todos los días de nuestras vidas pensando en que si hubiésemos hecho algo diferente las cosas habrían resultado de otro modo.  Tal ves hubiera ocurrido exactamente lo mismo, aunque en diferentes condiciones, algo mucho peor, o como nos gusta creer, todo seguiría siendo igual. Tomemos como ejemplo el problema más común entre parejas. Tendemos a querer cambiar a una persona, obligándola a que se adapte a nuestras necesidades, gustos y costumbres, sin pensar que lo que estamos haciendo es crear una relación completamente enfermiza, lo que trae consigo una cantidad innumerable de problemas. Cuando esta pareja por fin se separa, y ambos se dan cuenta de que el sentimiento de soledad  y de culpa los puede consumir de tal forma que hace que olviden la razón principal por la que se separaron. Esto crea una dependencia hacia el otro y provoca que ambos se engañen a tal punto que empiezan a pensar que tal ves sí puedan volver a funcionar, cuando en verdad solo tienen miedo a estar solos y a afrontar su soledad. 

En este punto empiezan a aparecer los sentimientos de culpa y nos empezamos a decir que exageramos las cosas y que los problemas que parecían que llevaban a un callejón sin salida ahora parecen tener un sin fin de soluciones. Estos pensamientos y este lazo de dependencia hace que tomen la decisión de volver a la persona, lo que solamente lleva a que lleguen a la misma conclusión inicial: simplemente no son compatibles. Tal vez la separación definitiva sea dolorosa pero con el tiempo ambos se van a ir dando cuenta que solamente perdieron tiempo y crearon una ilusión intentando cambiarse. Como seres humanos nos gusta sobre analizar y pensar una y otra vez en ilusiones para remarcar que nosotros somos los culpables de lo que nos ha pasado, pero si nos ponemos a pensar a fondo en lo que pudo haber pasado, nos vamos a dar cuenta de que no podemos decir con exactitud cuál sería el resultado, pues todo depende de las circunstancias de nuestras acciones. 

Cuando tomamos una decisión no hay vuelta atrás, y eso conlleva a que afrontemos las consecuencias, nos guste o no. No podemos cambiar el pasado, tampoco volver a él ni acomodarlo de la forma que nos hubiese gustado. Aún si pudiésemos hacer eso, ¿qué sentido tendría la vida? Todo sería monótono, no habría sorpresas, ni decepciones, ni arrepentimientos o alegrías. Son estos detalles y emociones que no tomamos en cuenta los que hacen que la vida se sienta como un carrusel con colores que nunca habías visto, luces tan brillantes que no te permiten distinguir lo que está a tu alrededor y figuras tan extrañas y asimétricas que recobran una figura completamente distinta a la anterior con cada vuelta. Eso es lo bello de vivir, nunca sabes qué es lo que sigue ni qué es lo que te espera. Es irrelevante estar sumergido en las olas del hubiera. Debemos dejarnos llevar por la corriente y no nadar contra ella, y así permitir que en el camino la vida nos sorprenda, nos decepcione, nos provoque lágrimas tanto de alegría como de tristeza, nos derrote, nos rete, nos enamore y nos permita llegar a nuestro último aliento sin ningún arrepentimiento. En fin, todo es parte del paseo. 

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